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ESTADOS UNIDOS: El retorno de la guerra fría

Comentario de Jim Lobe

WASHINGTON, 24 mar 2001 (IPS)
- Las palabras “guerra fría” estaban en boca de todos en Estados Unidos luego de que el gobierno de George W. Bush anunciara la expulsión de 50 diplomáticos rusos, presuntamente en represalia por el espionaje que protagonizó un alto funcionario del FBI (Oficina Federal de Investigaciones).

Moscú reaccionó con la expulsión de un mismo número de diplomáticos estadounidenses, algo común durante la guerra fría y específicamente a mediados de los años 80 cuando el gobierno de Ronald Reagan denunciaba a la Unión Soviética como el “imperio del mal”.

Pero sería un error interpretar los hechos de esta semana como una cuestión bilateral entre Washington y Moscú. No parece una coincidencia que la expulsión de los diplomáticos rusos se haya anunciado el mismo día que Bush recibiera en la Casa Blanca al funcionario chino de mayor jerarquía en los últimos dos años.

“Parecería que el gobierno quiere enviar un mensaje a todos los interesados: 'somos duros, muy duros' “, dijo un colaborador del Congreso que trabaja para un integrante demócrata del Comité de Relaciones Exteriores del Senado.

La expulsión confirma un cambio decisivo frente a la diplomacia de negociación y cooperación que caracterizó al gobierno anterior de Bill Clinton.

Hace dos semanas, Bush rechazó el pedido del presidente sudcoreano y ganador del premio Nobel de la Paz Kim Dae Jung para que reanudara las negociaciones directas con Corea del Norte dirigidas a congelar el programa de misiles de largo alcance norcoreano.

Representantes del gobierno insisten en que intentan inyectar un “nuevo realismo” a la diplomacia estadounidense tras ocho años de lo que aseguran era una perspectiva “romántica”, sobre todo hacia China y Rusia, practicada por la administración de Clinton.

Pero los críticos de Bush creen que en estos dos meses su gobierno ha demostrado una nueva agresividad de la diplomacia estadounidense que podría incrementar las tensiones en todo el mundo, dada la hegemonía que ejerce este país en el planeta.

Los principales propulsores de esta política parecen ser el vicepresidente Dick Cheney y el jefe del Pentágono (Departamento de Defensa) Donald Rumsfeld, ambos veteranos de Washington que comenzaron sus carreras políticas en el gobierno de Richard Nixon, hace casi 30 años.

El secretario de Estado (canciller) Colin Powell es considerado el más conciliador hacia el resto del mundo, sobre todo hacia posibles rivales como China y Rusia.

Pero Powell parece aislado frente a Cheney, Rumsfeld y las fuerzas derechistas del Congreso empeñadas en colocar sus aliados ideológicas en altos cargos del gobierno, incluso en el Departamento de Estado.

John Bolton, ex funcionario de Reagan apoyado por Jesse Helms, el presidente ultraderechista del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, fue designado subsecretario de Estado para el Control de Armas y la Seguridad Internacional, uno de los puestos más influyentes de la cancillería.

Bolton, en casi total contraste con Powell, se opuso prácticamente a todos los tratados de control de armas firmados por Washington en los últimos 20 años. Su nombramiento confirmó a muchos expertos los límites de la influencia de Powell.

Así mismo, Powell parece no haber desempeñado papel alguno en el nombramiento esta semana de Otto Reich al principal cargo de la cancillería en relación con América Latina. Powell había recomendado a un candidato de carrera del servicio exterior.

Pero derechistas, liderados por anticastristas de la comunidad cubano-estadounidense, abogaron por Reich, un exiliado cubano quien, en el gobierno de Reagan, dirigió una oficina de propaganda encubierta para influir en la opinión pública estadounidense a favor de los contrarrevolucionarios nicaragüenses.

Así mismo, Reich ayudó a redactar la ley Helms-Burton para profundizar el embargo que Estados Unidos impuso hace 40 años a Cuba.

Powell también sufrió reveses en otros ámbitos. Bush lo avergonzó cuando rechazó la propuesta del sudcoreano Kim pocas horas después de que el propio Powell asegurara a la prensa que Washington reanudaría las negociaciones con Corea del Norte.

También fue obligado a endurecer su postura inicial ante Iraq, los Balcanes y la instalación de un sistema nacional antimisilístico (NMD).

De hecho, la instalación del NMD parece ser la prioridad en materia de política exterior del equipo Cheney-Rumsfeld y, según la CIA (Agencia Central de Inteligencia), podría provocar una carrera armamentista con China que también abarcaría a India, Pakistán, Medio Oriente y Rusia.

Powell también argumentó por una postura estadounidense más flexible en las negociaciones pendientes sobre el recalentamiento planetario y el Protocolo de Kioto —que procura reducir las emisiones de gases invernadero de los países industrializados—, pero fue rechazado por la Casa Blanca.

Tras la visita de Kim muchos se preguntan cuánto tiempo permanecerá Powell en el gobierno, mientras éste se inclina cada vez más hacia la derecha.

Mientras Powell sigue perdiendo batallas, Cheney y Rumsfeld ocupan importantes cargos en sus dominios con sus acólitos que comparten su sombría perspectiva ante el resto del mundo, especialmente de China, Corea del Norte, Irán, Iraq y Rusia.

Algunos de ellos son Paul Wolfowitz, el segundo de Rumsfeld, así como Douglas Feith y Stephen Cambone, sus representantes en el Pentágono.

También está “Scooter” Lilly, principal asesor de política exterior de Cheney quien fuera asesor de una comisión del Congreso que concluyó que China operó una vasta red de espionaje para conseguir secretos de guerra de Estados Unidos.

Dichas conclusiones fueron cuestionadas por gran parte de la comunidad científica y de los servicios secretos.

El gobierno de Bush percibe a China como su mayor amenaza de largo plazo y el próximo mes decidirá si venderá a Taiwan modernos destructores navales equipados con sofisticados sistemas de radar Aegis.

Esta semana, el viceprimer ministro chino Qian Qichen, quien se reunió con Bush el jueves, advirtió que dicha venta sería una “grave violación” de acuerdos previamente firmados entre Washington y Beijing, y que obligarían a China y Taiwan a buscar una “solución militar”. (FIN/IPS/tra-en/jl/da/aq/ip/01

 

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