ARGENTINA: Auge y caída del trueque

El colapso económico y social de Argentina impulsó en poco más de un año un crecimiento desmesurado del Club del Trueque y sacudió sus cimientos con inflación, desabastecimiento, falsificación de moneda y merma de socios.

El Club del Trueque comenzó a funcionar en Argentina en 1995 por iniciativa de un grupo de profesionales y ambientalistas. Apenas 30 ”prosumidores” (por productores y consumidores) dieron comienzo al intercambio informal.

En 1998, al comenzar el declive económico y aumentar el desempleo, el sistema experimentó un crecimiento inesperado.

Los organizadores idearon entonces la emisión de ”créditos”, una moneda con la que se compensaban los intercambios desparejos, y aparecieron prosumidores que, a cambio de adquirir alimentos o vestimenta, ofrecían variados servicios: albañiles, técnicos mecánicos, electricistas, informáticos, entre otros oficios.

En poco tiempo, la red comenzó a cosechar prestigio y se sumaron a ella profesionales como médicos, psicólogos, odontólogos, arquitectos o traductores de idiomas.

Apareció asmimismo el intercambio de terrenos, autos, casas, servicios turísticos y hasta préstamos para pequeñas empresas.

El sistema llegó a contar con casi tres millones de prosumidores y a beneficiar a 10 millones de personas, si se considera el grupo familiar de cada socio.

Unos 8.000 clubes de intercambio llegaron a funcionar en todo el país, y fue entonces cuando la red empezó a emitir señales de alarma.

”En octubre de 2001 tuvimos un aluvión de gente que quedó empobrecida por la crisis, sin ningúna contención social por parte del Estado, y los clubes decidieron abrirse masivamente a su ingreso”, explicó a IPS Rubén Ravena, uno de los fundadores del Club del Trueque.

En los cuatro años de depresión económica, el alcance de la pobreza creció de 31 a 53 por ciento de la población de 36 millones y el desempleo se elevó de 14 a 21,4 por ciento.

Aunque eran requisitos iniciales para asociarse al Club del Trueque tomar un curso de intercambio solidario y ofrecer un producto o servicio para intercambiar, estas exigencias se relajaron por la crisis, dando pie a las asimetrías.

Muchos nuevos socios ingresaban con el aporte de 50 créditos, pero no producían ni brindaban un servicio.

”Este problema persistió hasta marzo, es decir por seis meses, hasta que aparecieron los planes estatales (de asistencia) para jefes de hogar desocupados, y entonces muchos de los nuevos consumidores se fueron, dejando abundante moneda parasitaria”, explicó Ravena.

Pero este fenómeno no hubiera tenido repercusiones, si no se hubieran sumado hechos posteriores.

Los coordinadores de la inmensa red detectaron la circulación de créditos falsificados. La maniobra adquirió tal dimensión que casi 90 por ciento de los créditos circulantes eran falsos.

Debieron entonces emitir nueva ”moneda”, bajo estrictas medidas de seguridad para evitar las copias, pero el daño a la credibilidad del sistema era irreversible.

Los créditos perdieron valor y comenzó la inflación. ”Fue como si nos hubieran inoculado un virus”, lamentó Ravena.

Otra calamidad fue un robo en la sede central, en la localidad bonaerense de Quilmes, al sur de la capital. ”Con el robo perdimos respaldo monetario”, añadió.

Entre la falsificación y la moneda parasitaria, los precios se inflaron hasta 40 veces el valor inicial de un producto. ”Se vendían créditos por kilo”, comentó Ravena.

Simultáneamente, grandes productores de la red comenzaron a vender mercadería a gran escala fuera del sistema de los clubes, provocando desabastecimiento.

Los organizadores de la red también detectaron maniobras especulativas de algunos inescrupulosos que hacían acopio de créditos, o los vendían cerca de los clubes.

”Yo vendía mis tortas (pasteles) y me iba bien con los créditos, pero en un momento me di cuenta que no podía usarlos para comprar nada de lo que necesitaba para seguir preparando las tortas porque no había qué comprar, entonces tenía que usar mis pesos”, comentó a IPS Cecilia Vázquez, una ex prosumidora.

Este brusco cambio, que comenzó a advertirse a mediados de este año, redujo a 250.000 la cantidad de prosumidores consuetudinarios, y a apenas un millón los participantes del sistema. Los clubes son ahora 3.000, estimó Ravena.

”Hubo un momento en que los clubes se multiplicaban como las redes de lavandería u otras modas. Cada vecino fundaba uno y había muchos en unas pocas cuadras”, explicó. Entonces ”los socios mantenían a millones de personas sin refugio” que ahora pasaron, como golondrinas, a depender de la ayuda estatal.

Pese a todo, Ravena cree que la crisis del trueque forma parte de un proceso de crecimiento.

La fórmula para la recuperación es volver a los orígenes, cuando la red tenía pocos prosumidores preocupados por impulsar una economía solidaria que fomentara el trabajo y ayudara a los desempleados a recuperar su autoestima.

Las reglas de ingreso han vuelto a ser exigentes. Quien no produce no puede ser miembro de un club de trueque ni recibir créditos para ingresar al mercado.

Los socios deben defender la paridad de un crédito igual a un peso, para evitar la inflación y la especulación, y también se debe denunciar la venta de créditos.

”Nunca conseguimos que se apruebe en el parlamento una ley de trueque que está desde hace tiempo en ambas cámaras, pero al menos con la nueva moneda registramos el diseño como propiedad intelectual y entonces si la policía encuentra a una persona vendiendo nuestros créditos puede detenerla”, sostuvo Ravena.

Se trata de formas de control que permitirán un nuevo comienzo en Argentina al sistema de intercambio más antiguo de la humanidad. (FIN/mv/dcl/dv/if/02

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