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ESTADOS UNIDOS: Manual del perfecto neoconservador

WASHINGTON, 18 ago 2003 (IPS) - La definición de ”neoconservador”, como se denomina al sector del gobierno de Estados Unidos que hoy domina la política exterior, es esquiva, a pesar de la atención que los medios de comunicación le prestan a su doctrina.

La falta de puntería lleva a confundir el ala neoconservadora con las otras: la surgida de la maquinaria tradicional del Partido Republicano, representada por el vicepresidente Dick Cheney y el secretario de Defensa Donald Rumsfeld, y la Derecha Cristiana, a la que pertenece el fiscal general John Ashcroft.

Este sector ha llegado a dictar las ideas motrices de la diplomacia estadounidense desde oficinas clave en el Departamento (ministerio) de Defensa y en la Casa Blanca, a pesar de su enfrentamiento con el secretario de Estado (canciller) Colin Powell.

Una breve descripción de su origen y de sus principios básicos ayuda a distinguir a los neoconservadores de los otros sectores de la coalición ideológica que sustenta el neoimperialismo de George W. Bush.

El padrino de esta corriente, Irving Kristol, afirmó que un neoconservador es ”un liberal asaltado por la realidad”. De acuerdo con esta definición, los neoconservadores generalmente surgieron a la izquierda del espectro político, en algunos casos de la extrema izquierda.

Muchos, como el propio Kristol, tienen raíces trotskistas que aún afloran en su celo ideológico y en su capacidad de organización y de polémica.

El movimiento es predominantemente judío. La publicación mensual que dio origen al movimiento hace 35 años, Commentary, es publicada por el Comité Judío-Estadounidense.

De todos modos, el neoconservadurismo es minoritario en la comunidad judía estadounidense, de mayoría liberal en sus posturas tanto de política nacional como internacional. Varios prominentes católicos también han abrazado el credo neoconservador.

La política exterior postulada por la corriente neoconservadora ha sido tácticamente muy flexible en los últimos 35 años, pero persisten los temores que le dieron origen: al retorno del aislamiento de Estados Unidos durante la guerra de Vietnam entre los años 60 y 1975 y al que sufrió Israel entre 1967 y 1973.

Comenzaron a distanciarse de la Nueva Izquierda en boga en los años 60 al defender cierto ”realismo” en materia de política exterior, en consonancia con el pesimismo del filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679), para quien ”la condición (natural) del hombre es la guerra de todos contra todos.”

O, como decía Nicolás Maquiavelo (1469-1527), otro pensador favorito de los neoconservadores: ”Los hombres están más dispuestos al mal que al bien.”

Los neoconservadores toman esas ideas muy en serio, y por razones comprensibles. Para ellos, el Holocausto de los judíos europeos a manos del régimen nazi alemán es la experiencia seminal del siglo XX.

En este genocidio sin paralelo murieron familiares de cientos de miles de judíos estadounidenses, entre ellos parientes muy cercanos del subsecretario de Defensa Paul Wolfowitz.

Para los neoconservadores, como para la mayoría de los judíos, el Holocausto representa el mal absoluto, y los factores que alentaron el ascenso de Adolf Hitler en Alemania y las subsecuentes operaciones de exterminio deben ser combatidas a toda costa.

El ”momento que define nuestra historia fue, por cierto, el Holocausto”, dijo a la cadena británica BBC Richard Perle, ideólogo clave de la corriente neoconservadora y uno de los principales defensores de la guerra de Estados Unidos contra Iraq.

”Se trató de la destrucción, del genocidio de todo un pueblo, y del fracaso en responder a tiempo a una clara amenaza. No queremos que eso ocurra de nuevo. Si tenemos capacidad para detener a regímenes totalitarios, lo haremos, porque si fracasamos los resultados son catastróficos”, afirmó Perle.

Para los neoconservadores, el Acuerdo de Munich de 1938, por el cual Francia y Gran Bretaña permitieron a Hitler invadir Checoslovaquia, es el paradigma del entreguismo. Ese episodio condujo, según ellos, directamente al Holocausto.

En casi todos los conflictos en los que Estados Unidos estuvo involucrado desde los años 60 —desde Vietnam a América Central y de Yugoslavia a la ”guerra contra el terrorismo” en Iraq y en Afganistán—, los neoconservadores señalan el fantasma de Munich y representan al enemigo a la par de Hitler.

El Holocausto, Munich y el entreguismo son figuras recurrentes en esta retórica.

El resultado es una tendencia al maniqueísmo, que consiste en percibir el mundo como una lucha permanente entre las fuerzas del bien y el mal, la luz y la oscuridad, idea con la que concuerdan los neoconservadores, la Derecha Cristiana y el propio Bush.

Como dijo Michael Ledeen, cercano colaborador de Perle en el centro académico neoconservador American Enterprise Institute: ”Sé que la lucha contra el mal será eterna.”

Según esta corriente ideológica, tres grandes factores abrieron el camino al Holocausto: el fracaso de la liberal República de Weimar en impedir el ascenso de los nazis al gobierno alemán, el ”entreguismo” francés y británico y el aislacionismo de Estados Unidos, que mantuvo a este país fuera de la segunda guerra mundial al inicio del conflicto.

Los neoconservadores manifiestan devoción por los ideales demócratas y liberales, pero su actitud hacia ellos es ambigua, pues no vacilan en atacar el liberalismo, al que, junto con sus aliados de la Derecha Cristiana, suelen denominar ”humanismo secular”.

Se trata, según ellos, de una ideología cuyo ”relativismo” conduce a ”una cultura del entreguismo”, al nihilismo o a posturas aun peores.

Los neoconservadores consideran que el único modo de exorcizar el entreguismo es la construcción de un poderío militar capaz de derrotar cualquier enemigo, la anticipación constante de nuevas amenazas y la voluntad de prevenirlas.

Por eso, están a favor de grandes presupuestos de defensa, al igual que la dirigencia republicana más tradicional: ambas alas se asociaron en los años 70 para poner fin a la distensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética, cuyo paradigma eran los tratados de desarme.

Del mismo modo, se debe desconfiar de la paz y de los procesos de paz. ”La paz no viene de un 'proceso'”, dijo el editorialista de The Wall Street Journal Robert Pollock el año pasado, en una columna en que calificaba los años 90 de ”década de entreguismo”.

Según esta visión, la guerra es un estado natural de la Humanidad y la paz un sueño utópico que induce a la blandura, la decadencia y el pacifismo.

Esos valores están encarnados en el ex presidente Bill Clinton (1993-2001), cuya ”corrupción de la misión nacional, combinada con el mito de que la paz es normal, produce un solvente tan fuerte como para desvanecer la fortaleza de nuestras fuerzas armadas y la integridad de nuestros líderes políticos y militares”, escribió Ledeen en 2000.

Del mismo modo, no se puede negociar con el enemigo. ”Antes de que Estados Unidos pueda preocuparse de reconstruir Iraq, debe ganar militarmente, y de manera decisiva”, sostuvo en un editorial The Wall Street Journal antes de la guerra.

”La cultura árabe desprecia, sobre todas las cosas, la debilidad en un adversario”, suelen decir los neoconservadores, en un refrán que en el pasado se refirió a la hoy disuelta Unión Soviética, a China y a otros enemigos.

El compromiso de Estados Unidos con los asuntos internacionales es absolutamente indispensable para impedir la catástrofe, según los neoconservadores, que perciben ”el aislacionismo como opción por defecto” de la política exterior de Washington, en palabras de Ken Adelman, otro colaborador de Perle.

De hecho, muchos neoconservadores, temerosos de que el fin de la guerra fría derivara en el aislacionismo, ejercieron presión en los años 90 para que Estados Unidos mantuviera su compromiso con los asuntos internacionales, aun cuando eso significara apoyar los despliegues de tropas en el exterior de Clinton.

¿Por qué? Pues consideran más allá de toda cuestión que existen amenazas parangonables a la de Hitler en el mundo actual y que Estados Unidos es hoy lo más cercano a la bondad moral.

”Cometimos muchos errores desde el surgimiento de Estados Unidos como potencia mundial hace un siglo, pero hemos sido la mayor defensa del bien entre las naciones de la Tierra. Una reducción de nuestro poder o influencia dañará a nuestro país, a nuestros amigos y a nuestros principios”, dijo Elliott Abrams, miembro del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca.

Eso justifica e incluso requiere una política unilateral, libre del corsé de países extranjeros y tratados u organizaciones internacionales. ”Dejemos que (la Organización de las Naciones Unidas, ONU) se hunda”, escribió hace 15 años el columnista Charles Krauthammer, del diario The Washington Post.

Por ejemplo, permitir al Consejo de Seguridad de la ONU intervenir a comienzos de este año en el caso de Iraq fue ”una idea peligrosamente equivocada, que conduce inexorablemente a dar poder de decisión moral y hasta existencial en asuntos político- militares a países como Siria, Camerún, Angola, Rusia, China y Francia”, dijo Perle.

Este sentido de la superioridad moral estadounidense se aplica también sobre la denominada ”Vieja Europa”. ”En contraste con las potencias europeas, Estados Unidos nunca trató de apropiarse del mundo, sino que intentó hacer que el mundo se comportara mejor, fuera mejor”, afirmó Kelly.

Pero la superioridad moral de Washington, combinada con la posibilidad de ”catástrofes”, justifica incluso alianzas temporarias con regímenes cuestionables.

”En la segunda guerra mundial, estuvimos aliados tres años y ocho meses con el mayor asesino de la historia, el soviético Josif Stalin, porque teníamos un problema más inmediato, Adolf Hitler”, observó el ex director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) James Woolsey.

Esa flexibilidad táctica incluyó en el pasado la defensa de una dictadura militar con ribetes antisemitas en Argentina (1976- 1983), a pesar de que ”el destino de Estados Unidos y el destino de Israel son la misma cosa”, como escribió el neoconservador católico William Bennet.

La seguridad de Israel sigue siendo un punto fundamental para los neoconservadores, que a lo largo del diálogo de paz entre palestinos e israelíes iniciado en 1993, se han acercado al conservador partido Likud, al que pertenece el actual primer ministro Ariel Sharon y que se opuso a los acuerdos de Oslo.

No sólo la filiación judía de muchos de sus exponentes explica la alianza estratégica con Israel, sino también el sentido de imperativo moral tras el Holocausto imperante en los cristianos de esta corriente.

Los neoconservadores judíos hacen, incluso, la vista gorda ante ciertas ideas antisemitas de la derecha cristiana, cuya identificación con Israel se basa sobre una lectura de la Biblia ”cristiano-sionista” según la cual Dios concedió a los judíos el derecho a vivir en la Tierra Santa, al menos hasta el Apocalipsis y al segundo advenimiento de Jesucristo.

Los judíos no deben sentirse ofendidos por esta alianza. ”¿Por qué debería ser un problema para nosotros?”, se preguntó Kristol. ”Es la teología de ellos, pero es nuestro Israel.” (

 

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