AMBIENTE-MÉXICO: La perversa patente del fríjol amarillo

Patentar un invento en Estados Unidos y usufructuar sus derechos representa en teoría un incentivo a la innovación y la ciencia. Pero en los hechos puede ser acicate para el robo, como sucedió con una variedad de fríjol mexicano.

Una variedad del fríjol amarillo común, Phaseolus vulgaris L., sujeta por años a una injusta patente. Crédito: Photo Stock (http://www.photostock.com.mx)
Una variedad del fríjol amarillo común, Phaseolus vulgaris L., sujeta por años a una injusta patente. Crédito: Photo Stock (http://www.photostock.com.mx)
Tras ocho años de trámites, la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos revocó a fines de abril la patente de un tipo de fríjol común (Phaseolus vulgaris L.) que había otorgado al estadounidense Larry Proctor, quien aducía haberlo inventado con dudosa evidencia empírica.

Fue un caso de biopiratería demostrativo de que el sistema de patentes de Estados Unidos "puede llegar a tener efectos perversos", dijo a Tierramérica Jorge Mario Martínez, de la oficina mexicana de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

Conseguir la anulación de la patente costó más de un millón de dólares en abogados, la intervención de activistas sociales, del gobierno de México y del Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), con sede en la occidental ciudad colombiana de Cali.

Además, representó pérdidas para los agricultores mexicanos, que no podían vender en Estados Unidos una leguminosa exactamente igual a la de Proctor, presidente de la empresa de semillas POD-NERS.
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Entre abogados y trámites, el supuesto inventor obtuvo ganancias con un fríjol que había comprado en un mercado de México en 1994.

Del paquete adquirido seleccionó los granos amarillos y los cultivó. Luego tomó los de mejor aspecto hasta lograr, mediante cruces, lo que describió como una población uniforme y única de color amarillo. En 1996 solicitó la patente, que le fue otorgada en abril de 1999 con el nombre de Enola.

En este caso, las normas de la Oficina de Patentes y Marcas de Estados Unidos fueron "un claro incentivo al mal comportamiento, a ganar a través de un engaño", señaló Martínez, quien coordinó el libro "Generación y Protección del Conocimiento: propiedad intelectual, innovación y desarrollo económico", presentado en abril por la Cepal.

El libro indica que el sistema estadounidense de patentes, el más desarrollado del mundo, fue creado para alentar la innovación y la investigación científica.

Sin embargo, con el paso del tiempo, muchas patentes se convirtieron en moneda de cambio entre corporaciones y en ingredientes de un mercado en que los países del Sur en desarrollo llevan las de perder, tanto por falta de innovación, como por escaso conocimiento y uso del instrumento de la propiedad intelectual.

"Sé de un costarricense a quien robaron su invento y consultó qué podía hacer, pues lo habían patentado en Estados Unidos. Se le aconsejó que mejor se olvidara del tema, a menos que estuviera dispuesto a pasar años gastando dinero en abogados y viajes sin que nada le garantizara la revocación de la patente", relató Martínez.

Según Silvia Ribeiro, investigadora y directiva del no gubernamental Grupo de Acción sobre Erosión, Tecnología y Concentración (ETC, por sus siglas en inglés), el fríjol mexicano exhibe con claridad lo "ruin" que puede ser el sistema estadounidense de patentes.

"En este caso actuaron sin ningún rigor, pues desde el principio nosotros advertimos como grupo que esa patente no tenía sentido. Fue el robo de un fríjol mexicano", expresó Ribeiro a Tierramérica.

La patente demostró que la biopiratería puede llegar a extremos, agregó. "Biopiratería" es un término acuñado por grupos ecologistas para definir el registro doloso de conocimientos ajenos y ancestrales sobre plantas o seres vivos originarios del Sur. Se atribuye en general dicha práctica a científicos y empresas del mundo rico.

Lograr la derogación de la patente del Enola parecía sencillo, así que el primer año y luego de recibir la queja de los agricultores y del ETC, intervino el gobierno de México ante la oficina estadounidense de patentes. Pero no tuvo éxito, pese a gastar 250.000 dólares en abogados.

El CIAT tomó la posta argumentando que era necesario defender los derechos de millones de campesinos latinoamericanos que cultivan esa leguminosa desde hace siglos.

El CIAT alberga la mayor reserva mundial de este alimento, con 35.000 variedades, 260 de las cuales son amarillas y seis idénticas al Enola.

El director general de ese centro, Geoffrey Hawtin, saludó la medida, pero repudió que haya tomado tanto tiempo. El demandado apeló a mecanismos legales para dilatar la decisión y seguir aprovechándose económicamente del fríjol, dijo.

"Sin necesidad, los agricultores han tenido que padecer durante ya varios años amenazas jurídicas e intimidaciones simplemente por sembrar, vender o exportar un fríjol cultivado durante generaciones", declaró.

Sin embargo, los datos disponibles no sugieren que el caso Proctor haya representado una debacle en México, pues el fríjol amarillo es poco exportado y poco consumido, a diferencia del negro.

La producción de fríjol, mayoritariamente negro, pasó en México de 887.808 toneladas en 2000 a 1,36 millones de toneladas en 2006. En ese mismo lapso, las exportaciones a Estados Unidos se incrementaron de 5.525 a 12.203 toneladas.

En cuanto a las importaciones, entre 2000 y 2006 se dispararon de 61.869 a 130.741 toneladas.

En México, 1,8 millones de hectáreas están sembradas con fríjol y 570.000 personas lo cultivan. Aunque es una labor antiquísima, su rendimiento promedio es de 731 kilogramos por hectárea, frente a 1,6 toneladas en Estados Unidos.

* El autor es corresponsal de IPS. Este artículo fue publicado originalmente el 17 de mayo por la red latinoamericana de diarios de Tierramérica.

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