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Educarse, una heroicidad para niños indígenas bolivianos

Un grupo de niñas y niños indígenas de último curso de primaria, ante la escuela Miskhamayu Crédito: Marisabel Bellido /IPS

Un grupo de niñas y niños indígenas de último curso de primaria, ante la escuela Miskhamayu Crédito: Marisabel Bellido /IPS

MISKHAMAYU, Bolivia, 9 nov 2012 (IPS) - Antes de comenzar a salir el sol, Reinaldo inicia una caminata de dos horas hacia su escuela, en una pequeña comunidad rural indígena de Bolivia, a la que llega tras sortear intrincados senderos y atravesar ríos y quebradas.

Será ya de noche cuando logre volver a su hogar tras desandar el camino, cargado de libros y cuadernos y calzado con unas pequeñas sandalias que apenas lo protegen de las espinas y piedras que sortea a su paso, en una rutina diaria durante el curso escolar que repiten niñas y niños de remotas comunidades indígenas de los Andes bolivianos.

No hay caminos para llegar a la escuela de Reinaldo, localizada a unos seis kilómetros del poblado más cercano. Pero durante los dos días que IPS compartió en el lugar con los estudiantes, estos fueron llegando de distintos sectores de la accidentada orografía de la zona, uno tras otro, decididos a aprender en sus precarias instalaciones.

La Unidad Educativa Miskhamayu es una de las numerosas escuelas rurales desperdigadas por Bolivia, buena parte de ellas situadas en lugares aislados y de difícil acceso, donde variadas veces no llega ningún tipo de ayuda, ni del gobierno ni de las alcaldías de los municipios de los que forman parte.

A veces son infraestructuras de antiguas haciendas adaptadas para su nueva función, en ocasiones muy precarias, sin los servicios más básicos. Algunas carecen de puertas, ventanas y hasta techos y las clases se dan casi a la intemperie, mientras que contar con luz es una rareza.

Este es el caso actual de Miskhamayu. Años atrás fue uno de los más prestigiosos establecimientos educativos de los agrestes valles de sus contornos y era financiado por el famoso grupo folclórico boliviano Los Masis. Ahora, el centro depende del Estado y su abandono es patente.

Reinaldo, de 14 años, cursa el último nivel de educación primaria. Su familia vive en Molle Huata, a 12 kilómetros de Miskhamayu, y, como casi todas en la zona, se dedica a la agricultura y a la confección de afamados textiles.

Las dos comunidades están situadas a casi 3.300 metros sobre el nivel del mar, dentro del municipio de Tarabuco, en el departamento suroriental de Chuquisaca, cuya capital es Sucre, también capital oficial del país. Sucre dista de Tarabuco solo 65 kilómetros, pero el trayecto lleva dos horas, y desde allí a la comunidad son otras dos horas a pie.

Cuenta Reinaldo que tiene ocho hermanos, pero solo cinco estudian. Es otra situación que se repite: en promedio, 12,3 por ciento de la población infantil indígena del país está privada de educación, vale decir, nunca va a la escuela o la abandona sin aprobar algún curso, según un estudio del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

Pero la privación de escolaridad sube a 17,5 por ciento en el campo, según el estudio de este año. En Bolivia, 35 por ciento de su población es rural y en ella se concentra la mayor pobreza. Cifras oficiales indican que 75 por ciento de la población rural es pobre y de este porcentaje 64 por ciento vive con menos de un dólar diario.

La insuficiente escolarización indígena ocurre pese a que en Bolivia la educación primaria, de ocho años, es obligatoria y gratuita y el Ministerio de Educación ha logrado importantes mejoras en su universalización, según destacan Unicef y otros organismos internacionales.

Carmen Rosa Sánchez, profesora de Miskhamayu, explica que los problemas de infraestructura, la migración y la pobreza rural contribuyen a la deserción escolar indígena.

Pero subraya que el gran tropiezo para la educación en la población rural indígena es el lingüístico, en un país donde más de 60 por ciento de sus 10,6 millones de habitantes se reconoce como parte de alguno de los 36 grupos etnolingüísticos.

La mayoría de los 120 estudiantes de esta escuela pertenecen a la cultura Yampara Suyu y todos son quechuahablantes, mientras dentro del aula el aprendizaje es en la segunda lengua: el español.

"En los tres primeros años de primaria las clases son en la lengua materna, pero en secundaria la enseñanza es exclusivamente en castellano", detalla esta profesora de biología y agropecuaria, y el resultado es que los escolares "no nos entienden, porque su lengua vehicular es la de sus hogares".

En el área rural los niños tienen que aprender en dos lenguas a diferencia del área urbana donde el aprendizaje se da solo en su lengua materna, explica.

Los escolares del campo dominan su lengua en forma oral, pero les falta la escritura, lo que aumenta su complicación para un aprendizaje apropiado en dos idiomas, en los que tienen que tienen que leer y escribir.

"El contexto es netamente quechua y eso agrega dificultad, porque hay cambios de letras, les decimos una cosa y ellos entienden otra. Además también hay profesores monolingües (en español), que no están preparados para entender a los estudiantes y a la comunidad misma", recalca Leonardo Lucas, profesor de lenguaje y literatura.

El ministerio ha establecido planes para capacitar a todos los docentes en manejar dos lenguas, para mejorar la educación en las comunidades rurales y evitar la deserción escolar. Pero los resultados hasta ahora son limitados, coinciden varios de los 12 profesores de Miskhamayu.

Otro problema importante es al que se enfrentan los estudiantes que quieren seguir estudios secundarios y universitarios, como cuenta Nicolás Fernández, padre de ocho hijos.

"Todos van a la escuela, algunos están en la universidad, otros son profesionales, mis hijos anteriormente estudiaban aquí, en la unidad; pero solo habían cinco docentes de nivel secundario, por eso los llevé a Sucre donde estudian actualmente", dice.

En algunas escuelas con poca concurrencia es peor porque el alumnado se concentra en un solo ambiente, llamado multigrado, y un solo profesor enseña todos los cursos y todas las asignaturas.

Otro gran problema es que los centros primarios y secundarios pueden estar a 10 kilómetros o más de distancia de los hogares de los estudiantes, como le pasa a Reinaldo.

Para ellos se han consolidado internados rurales especiales, denominados yachaywasis (casas del saber, en quechua).

"Las yachaywasis cobijan a los niños, que viven muy lejos, vienen los domingos en la noche y se van los viernes en la tarde a sus domicilios. En el lugar tienen un tutor, que los apoya", explica Serrat Miranda, técnica de educación permanente.

Es parte de los esfuerzos del Ministerio de Educación por trasladar a los hechos lo que dice la Constitución de 2009, que declara a Bolivia como Estado plurinacional y que determina que el sistema educativo debe ser "intracultural, intercultural y multilingüe".

Para ello avanza con una nueva ley de educación que se ha marcado entre otros grandes objetivos atender las necesidades de los pueblos originarios, cuya atención tiene la dificultad adicional de que la mayoría es rural, se encuentra dispersa en asentamientos en ocasiones muy remotos y posee una gran diversidad cultural.

Mientras, proliferarán muchos casos como el de Reinaldo, de escolares infantiles y adolescentes que llegarán diariamente a sus aulas tras horas de caminata, y aguantarán frío dentro y fuera de ellas, sin entender siempre lo que tratan de enseñarle sus profesores.

Pero cuando a Reinaldo se le dice que es un héroe, niega varias veces con la cabeza, y asegura firme que "yo solo quiero aprender mucho, terminar el colegio y un día ir a la universidad".

 

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