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Haití-República Dominicana: ¿Exportación o explotación?

Montañas de alimentos dominicanos a la venta en un mercado callejero en Pétion-Ville, suburbio de Puerto Príncipe. Crédito: Jude Stanley Roy/HGW

Montañas de alimentos dominicanos a la venta en un mercado callejero en Pétion-Ville, suburbio de Puerto Príncipe. Crédito: Jude Stanley Roy/HGW

PUERTO PRÍNCIPE, 26 feb 2013 (Haiti Grassroots Watch) - “Yo compro todo entre Haití y República Dominicana: zanahorias, calabazas, berenjenas, repollos, pimientos, huevos, salame”, explica la dueña de un puesto repleto de productos en el mercado callejero de Croix des Bossales, en la capital haitiana. “La frontera nos da de comer”.

La comerciante –que no quiere dar su nombre por temor a los inspectores de impuestos– vende vegetales y otros alimentos en el mercado más grande de Puerto Príncipe.

Aquí, como en los supermercados haitianos, abundan montañas de pastas, huevos y plátanos, pilas de pasta de tomate, ketchup, mayonesa y otros alimentos procesados, todos dominicanos.

Haití tiene comida. Pero cada vez menos se produce en este país y una gran cantidad procede de la vecina República Dominicana, con la que comparte la isla de La Española, comprobó la investigación hecha para este artículo.

A los comerciantes les cuesta hallar productos nacionales. “Apenas si existen”, señala otra vendedora sentada junto a una torre de huevos envasados en cajas de cartón dominicano.


En otros comercios, las bolsas de cemento dominicano llegan hasta el cielo raso. En la mayor parte de las ocho tiendas que venden este producto y que visitó el equipo de periodistas de Haiti Grassroots Watch (HGW), los dependientes aseguraron que el importado es más barato que el nacional, aunque “de peor calidad”.

HGW no pudo hallar datos precisos de la cantidad de cemento que exporta el país vecino a Haití. Pero la Asociación Dominicana de Productores de Cemento Portland asevera que seis grandes empresas emplean a 15.000 personas y que su producto constituye 21 por ciento de las ventas nacionales al exterior.

Haití necesita esos productos. Pero, ¿el flujo comercial dominicano es una simple exportación, o el vecino está explotando la ocasión de una economía demolida por el terremoto de 2010?

Haití siempre tuvo una economía abierta. Los gobiernos posteriores a la independencia de 1804 raramente desarrollaron políticas de aliento a la industria y de modernización agrícola.

Las elites locales tendían a exportar productos básicos –café, cacao, índigo y azúcar– y a importar alimentos procesados y manufacturas. Más tarde, Haití no se sumó a la ola de sustitución de importaciones que adoptaron muchas naciones en América Latina, África y Asia, sobre todo en las décadas de 1950 y 1960.

Sin embargo, al menos hasta 1970, Haití era casi autosuficiente en rubros como vegetales, frutas, carne y cemento. A partir de entonces su balanza comercial fue cada vez más negativa.

“Seguimos un modelo que debilita a los sectores productivos para beneficio de los importadores”, explica el economista Camille Chalmers, profesor de la Universidad Estatal de Haití y director de una red de organizaciones que promueven un “desarrollo alternativo”.

República Dominicana tomó un camino diferente.

Su modelo data de “50 o 60 años atrás”, según María Isabel Gassó, presidenta de la Cámara de Comercio y Producción de Santo Domingo. “Durante un tiempo, hubo leyes que promovían la industria y la producción, así como las exportaciones y las zonas francas. Esas industrias han estado allí por años y se han beneficiado de varias políticas”.

A fines del siglo XX, las políticas económicas neoliberales –reducción de aranceles, privatización de empresas estatales y recortes de servicios sociales– costaron caro a la frágil economía haitiana.

Los aranceles a los alimentos y a otros productos agrícolas importados se redujeron por primera vez en 1982, y en 1995 fueron abatidos a valores de entre cero y tres por ciento. Hoy este país tiene los aranceles más bajos de toda la región del Caribe.

Esas reducciones fueron parte del acuerdo forjado en 1994 entre el exiliado presidente Jean-Bertrand Aristide, Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional (FMI), según el cual el mandatario pondría en práctica una serie de políticas de liberalización a cambio de ser repuesto en el cargo, del que había sido desalojado por un golpe de Estado en 1991.

Según el FMI, la balanza comercial pasó de 500 millones de dólares en 1995 a 2.200 millones en el año fiscal 2011-2012. Y de igual modo se ensanchó el “déficit” alimentario (monto dedicado a importar alimentos): de 242 millones de dólares en 2000 a 342 millones en 2007.

El Ministerio de Agricultura asegura que en 2005 Haití importaba 57 por ciento de sus alimentos, un porcentaje que hoy es mucho más elevado.

El director general del Ministerio de Comercio, Luc Espéca, está consciente de los daños de esas políticas. “Los productores locales no pueden vender lo que cultivan. Cuando uno trabaja duro para producir algo, pero luego no tiene ganancias, se desalienta”, dice.

Además, el gobierno de Aristide debió privatizar varias actividades, incluyendo la fabricación de cemento, pese a que el país posee todas las materias primas necesarias.

Pero los bajos aranceles y las importaciones no son la única razón de que la agricultura nacional no pueda satisfacer la demanda de una población en aumento. También contribuyeron la ausencia de inversiones y el anticuado sistema de tenencia de la tierra.

“Cuando regresé a Haití en 1976, hacíamos de todo: tuberías, cemento, etcétera”, recuerda el empresario Gérard Emile “Aby” Brun, vicepresidente de la empresa haitiana de construcción Tecina, quien lamenta que el país perdiera esa producción. Lo mismo pasó con la telefónica estatal, “el molino de trigo y con todo lo demás”, dice.

Brun atribuye parte de la culpa a los “capitalistas haitianos”, grupo que integra. “El capitalista teme la inestabilidad y la corrupción. No quiere correr riesgos y esperar 10 o 15 años para recoger ganancias”, describe. “De hecho, los industriales haitianos no tienen nada de industriales. Tres cuartos de ellos son comerciantes o vendedores minoristas”.

Mientras los productores dominicanos capitalizan esa debilidad, en particular desde el terremoto de enero de 2010, “el Estado haitiano no defiende a los actores económicos”, dice Chalmers.

La dirigente empresarial dominicana Gassó va incluso más lejos: “Me gustaría ver productos haitianos aquí, pero el gobierno de ese país es el que debe promover lo que sea necesario allí para que haya exportaciones”, dice. “Hace falta un plan. Cuando un barco zarpa sin destino, no llega a ninguna parte”.

Rodeada de montañas de vegetales dominicanos, la vendedora de Croix de Bossales no podría coincidir más. “Necesitamos un cambio, ¿pero de dónde va a venir? Todo lo que escuchamos son lindas palabras”, dice. “La gente debe tomar conciencia y entonces podremos rescatar a nuestro país de esta situación terrible”.

El 12 de enero de 2010, el sismo que mató a 200.000 personas y dejó sin viviendas a un millón, destruyó también ocho por ciento de los bienes de capital, según el Banco Mundial, y causó pérdidas de ocho millones de dólares solo en el sector agrícola, de acuerdo al gobierno. Hubo cosechas perdidas, infraestructura de transporte dañada y sistemas de riego severamente afectados.

La necesidad de alimentos y de otros productos para las víctimas y los miles de trabajadores humanitarios que llegaron poco después, fue una bendición para la agricultura y la industria del país vecino, “en especial para los productores de materiales de construcción”, indica Circé Almanzar Melgen, vicepresidenta de la Asociación de Industrias de la República Dominicana.

En 2000, apenas tres por ciento de las ventas dominicanas al exterior iban a la nación vecina. Nueve años después ese flujo era de 15 por ciento, indica el informe del Banco Mundial “Haití, República Dominicana: Más que la suma de las partes”, publicado en 2012.

A partir del terremoto, “las exportaciones dominicanas a Haití crecieron de forma considerable”: en 2009 sumaban 647,3 millones de dólares y en 2011 treparon a 1.018 millones, según la directora de Planificación y Desarrollo del Ministerio de Economía de República Dominicana, Magdalena Lizardo.

Gassó tiene claras las razones: “En primer lugar, usted necesita ciertos productos. Hay un mercado que está comprando, pero no hay proveedores que lo abastezcan. Si tenía fábricas e industrias que sufrieron (por el terremoto), entonces habrá más necesidad”.

* Haiti Grassroots Watch es una asociación entre AlterPresse, la Sociedad para la Animación de la Comunicación Social, la Red de Radioemisoras Comunitarias de Mujeres, la Asociación de Medios Comunitarios Haitianos y estudiantes del laboratorio de periodismo de la Universidad Estatal de Haití. Esta cobertura está financiada por la Unión Europea y coordinada por la Cátedra Unesco de Comunicación, Democracia y Gobernabilidad de la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra de República Dominicana. Este artículo fue publicado originalmente el 23 de febrero por la red latinoamericana de diarios de Tierramérica.

 


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