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Escolares separados de sus familias por el Talibán

Niñas en el albergue de una escuela en Peshawar. Sus padres las envían allí desafiando las amenazas del Talibán a la educación. Crédito: Ashfaq Yusufzai/IPS.

Niñas en el albergue de una escuela en Peshawar. Sus padres las envían allí desafiando las amenazas del Talibán a la educación. Crédito: Ashfaq Yusufzai/IPS.

PESHAWAR, Pakistán, 16 sep 2013 (IPS) - “Extraño a mi mamá y lloro todas las noches”, dijo a IPS el pequeño Afaq Ali, de ocho años, estudiante de quinto grado en la Escuela Pública Universitaria de Peshawar, capital de la provincia pakistaní de Jyber Pajtunjwa y centro administrativo de las Áreas Tribales Administradas Federalmente (FATA).

Los padres de Ali lo trasladaron en 2010 de su aldea de Pranghar, en la agencia de Mohmand, en las FATA, a una escuela en Peshawar, a 157 kilómetros de allí. Desde 2005, insurgentes del movimiento islamista Talibán han destruido sistemáticamente 120 escuelas en este distrito de Pakistán, en las FATA.

“Me siento extremadamente aburrido y solo, porque la mayoría de mis compañeros de clase son de por aquí y se quedan en sus casas con sus padres”, agregó Ali. “A causa de esto no puedo estudiar”.

Como él, hay muchos otros niños en las escuelas de Peshawar que echan de menos a sus familias. Sus parientes, que residen en distritos de las FATA afectados por la insurgencia, no tuvieron más alternativa que enviarlos a estudiar a otros lugares.

Zareen Gul, de la aldea Dande Darpa Khel, en Waziristán del Norte, está triste por tener que enviar a su hija Spogmay, de ocho años, a una escuela de Peshawar. Zapatero de profesión, todos los meses viaja 200 kilómetros para verla.

“Para nosotros fue una decisión muy difícil enviar a Spogmay a Peshawar, porque la extrañamos mucho”, dijo a IPS su madre, Reshma.

“Los insurgentes del Talibán son responsables de nuestros males. Queremos educación para nuestros hijos, pero ellos simplemente no lo permiten”, dijo Gul. Así que, aunque se le desgarre el corazón, está determinado a mandar a su hija a la escuela.

Estudiante de tercer grado en la Escuela Pública Umar Faruq de Peshawar, la propia Spogmay dijo tener maestros adorables y buenos amigos en ese centro educativo y en el albergue, pero ellos no pueden reemplazar a sus padres. “Quiero a mi padre, a mi madre y a mis hermanas. Vivir lejos de ellos es difícil. Pero estudiaré porque eso es lo que mis padres quieren”, explicó a IPS.

Peshawar tiene un total de 5.000 escuelas, 2.000 de ellas privadas. Estas ya están sobrecargadas de estudiantes locales. “A los albergues les resulta difícil alojar a más estudiantes”, dijo Saleem Kan, encargado del albergue Turangzai en la escuela Islamia de Peshawar.

“Es un sacrificio enorme haberle permitido a mi hija de 10 años quedarse en un albergue”. Gul Fam, trabajadora en su hogar de la aldea de Aka Jel.
Habitaciones previstas para albergar a dos personas ahora se asignan a cuatro estudiantes, señaló. “La situación se está volviendo cada vez más difícil, dado que cada año llegan más estudiantes de las FATA”, planteó.

Mohammad Fakhr Alam, funcionario de educación radicado en Peshawar, dijo que ellos registraron a unos 20.000 estudiantes de las FATA para su admisión en escuelas de Jyber Pajtunjwa en 2012. “Alrededor de 90 por ciento de los estudiantes de las FATA viven en albergues”, señaló a IPS.

Sin embargo, hay unos 10 niños y niñas procedentes de las FATA cuyos padres han alquilado alojamiento en Peshawar por el bien de la educación de los pequeños, agregó Alam.

Los talibanes han destruido 766 escuelas en la región hasta la fecha, dijo Ajtar Rasul, subdirector del Departamento de Educación de las FATA. Esto ha privado a casi 80.000 menores, principalmente niñas, de educación.

“Quienes pueden darse el lujo, envían a sus hijos a Peshawar y a otros distritos adyacentes en Jyber Pajtunjwa”, explicó Rasul a IPS. La mayoría de los niños quedan rezagados, sin una escuela a la que poder concurrir.

Cualquier empatía inicial que el Talibán pueda haber generado cuando en 2001 fue derrocado en Afganistán y obligado a cruzar la porosa frontera de 2.400 kilómetros hacia Pakistán, hace ya tiempo se ha convertido en indignación.

“Nos arrepentimos de la hospitalidad que le extendimos al Talibán y a sus amigos de (la red extremista) Al Qaeda cuando vinieron a buscar refugio aquí”, dijo Salamat Gul, un comerciante de vestimenta de 50 años en la aldea de Ghareebabad, en la agencia Bajaur, la más pequeña de las FATA, ubicada en el norte.

Los talibanes destruyeron 115 escuelas aquí. “Están determinados a privar a nuestros hijos de su educación”, aseguró Gul.

Doce niños de su familia, incluidos sus dos hijos e hija, así como nueve sobrinos y sobrinas, están en escuelas de Peshawar, dijo a IPS.

Salamat Gul viajó 120 kilómetros a Peshawar para hacer que dos de sus sobrinos fueran examinados por médicos. Ambos padecían fiebre, y sus familias estaban muy ansiosas al respecto, relató.

“No hay nadie que los cuide en el albergue”, explicó a IPS, mientras esperaba que sus sobrinos salieran de la Escuela Modelo de Peshawar.

El gobierno de Pakistán, con ayuda financiera de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, empezó construyendo 130 escuelas en las FATA en 2010 para asegurarse de que los alumnos volvieran a estudiar. “También hemos contactado a otras agencias donantes para reconstruir las escuelas dañadas por el Talibán a la brevedad posible”, dijo Rasul.

Mientras, quienes envían lejos a sus hijos piensan que es un sacrificio necesario para que los pequeños se eduquen.

“Es un sacrificio enorme haberle permitido a mi hija de 10 años quedarse en un albergue”, dijo Gul Fam, una trabajadora en su hogar de la aldea de Aka Jel, en la agencia Jyber, el distrito de las FATA ubicado al oeste de Peshawar que se considera el más alfabetizado.

La hija de Fam, Javeria Bibi, cursa el segundo grado de la Escuela Modelo de Peshawar, y vive en una pensión cercana. “Le va muy bien en sus estudios”, dijo a IPS la orgullosa madre. “Y no solo eso: también participa en deportes y actividades extracurriculares”.

Fam viajó 150 kilómetros hasta Peshawar para asistir a la función anual de la escuela de su hija, en la que ella también participaba.

Ahora espera que sus sacrificios fructifiquen y que cuando su hija crezca sea una educadora que ayude a formar a las nuevas generaciones cuando regrese a su hogar. “Sin educación, los habitantes de las FATA no pueden progresar”, dijo.

 

 
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