Trabajadores egipcios, la piedra en el zapato del poder
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Trabajadores egipcios, la piedra en el zapato del poder

Los gobiernos que sucedieron al régimen de Mubarak mantuvieron las mismas restricciones a los derechos de los trabajadores. Crédito: Cam McGrath/IPS

EL CAIRO, 10 sep 2013 (IPS) - Fueron las duras restricciones a los derechos laborales impuestas en Egipto por el régimen de Hosni Mubarak (1981-2011) las que transformaron a Kareem el Beheiry, un otrora obrero poco comprometido, en un tenaz activista por los trabajadores.

En abril de 2008, El Beheiry fue arrestado en unas manifestaciones en Mahalla el Kubra, ciudad industrial 100 kilómetros al norte de El Cairo. La movilización era una respuesta a la represión del gobierno contra los reclamos de los trabajadores, que exigían mejores salarios.

El joven obrero utilizaba su celular para tomar imágenes de los enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y los manifestantes, hasta que la policía lo detuvo.

Las autoridades acusaron a El Beheiry de usar su blog sobre derechos laborales para instigar al levantamiento de Mahalla el Kubra, que se originó en la fábrica textil donde él trabajaba.

Tres personas murieron y otras cientos resultaron heridas en dos días de disturbios que se extendieron a toda la ciudad luego de que las fuerzas de seguridad ingresaron a la fábrica para desalojar a los miles de huelguistas.

El Beheiry, ahora de 28 años, recuerda vívidamente los dos meses que pasó en la cárcel, donde las autoridades lo maltrataron, lo privaron de alimento y lo torturaron con choques eléctricos.

Incluso después de su liberación, tuvo que librar una batalla legal para recuperar su empleo. El gerente de la fábrica lo había despedido por no presentarse a trabajar mientras estaba detenido.

La justicia falló a su favor, y en 2009 fue transferido a la oficina de una compañía estatal en El Cairo, donde tres meses después fue despedido bajo acusaciones falsas.

“Yo viajaba todos los días a El Cairo y firmaba, pero la administración destruyó mi registro de asistencia y dijo que nunca me había presentado a trabajar”, dijo. “Yo tenía una orden de la justicia (para ser readmitido), pero el gerente de la fábrica se negó a cumplirla”, añadió.

El caso de El Beheiry ejemplifica hasta qué grado el régimen de Mubarak estaba dispuesto a aislar y a intimidar a trabajadores disidentes.

El Estado toleraba cierto grado de oposición política, pero cuando se trataba de temas laborales, cualquier acción que pudiera fortalecer la intención de los trabajadores de crear un movimiento unido era rápidamente aplastada.

El régimen siempre utilizó a la Federación Egipcia de Sindicatos, colosal organización respaldada por el Estado con 24 grupos de trabajadores afiliados, para controlar a los obreros.

Cuando se convocaba a huelgas, el régimen las ahogaba y reprimía con policías y matones contratados. Si esto fallaba, llamaba al ejército.

“Mubarak solo conocía una forma de tratar las disputas laborales: la fuerza”, dijo El Beheiry.

El obrero ahora es gerente de proyectos de una organización no gubernamental que ayuda a los trabajadores a sindicalizarse. El Beheiry sostiene que la revuelta de Mahalla el Kubra en 2008 cambió las reglas del juego con el régimen de Mubarak.

El movimiento que emergió de las fábricas de esa ciudad despabiló a toda la clase trabajadora de Egipto, desatando una ola de huelgas espontáneas. Estas, a su vez, jugaron un papel clave en el levantamiento popular que derivó en el derrocamiento de Mubarak en 2011.

Pero las huelgas no terminaron con la caída de Mubarak, sino que continuaron y se propagaron durante los 18 meses siguientes, en los que los militares asumieron el poder transitoriamente, y durante el año siguiente, en que gobernó Mohammad Morsi, de la Hermandad Musulmana.

El Centro Egipcio de Derechos Sociales registró 1.400 acciones colectivas de trabajadores en 2011, y cerca de 2.000 en 2012. Además, anotó 2.400 protestas durante los primeros tres meses de este año, que coincidieron con el periodo de gobierno de Morsi.

Joel Beinin, profesor de historia de Medio Oriente en la estadounidense Universidad de Stanford, sostuvo que, pese a las pequeñas concesiones que hizo para poner fin las huelgas, Morsi dependió en gran medida del mismo aparato para reprimir el disenso y no mostró disposición a atender las raíces de los reclamos.

Los líderes de la Hermandad Musulmana están “tan comprometidos con el fundamentalismo del libre mercado, promovido por instituciones financieras internacionales, como lo estaba el régimen de Mubarak”, escribió.

“Cuando los trabajadores siguieron realizando huelgas y protestas, el gobierno de Morsi, como el régimen de Mubarak, por lo general escuchó sus demandas económicas, pero ignoró sus reclamos políticos y socavó su autonomía organizativa”, añadió.

Muchas demandas no son nuevas. En los últimos días del régimen de Mubarak, su programa neoliberal agravó el desempleo, redujo muchos beneficios sociales y amplió la brecha entre ricos y pobres.

Las condiciones económicas siguieron deteriorándose luego de la caída del régimen.

Los trabajadores siguen reclamando mejores sueldos, más seguridad laboral, pago de beneficios pendientes y un salario mínimo digno. También exigen que se reconozca su derecho de libre asociación, garantizado por tratados internacionales de los cuales Egipto es signatario.

Los trabajadores egipcios se han organizado en miles de sindicatos independientes desde el levantamiento de 2011, pero su legitimidad es cuestionada por una legislación que data de la era Mubarak y que solo reconoce a los que están afiliados a la Federación.

Adel Zakaria, editor de la revista sobre temas laborales Kalam Sinaiyya, señaló que, en vez de reformar o disolver esa organización controlada por el Estado, el gobierno de Morsi “intentó asociarse a ella para controlar a sus cuatro millones de miembros”.

A pesar de algunas señales prometedoras, como la designación de un veterano organizador de sindicatos como ministro de Trabajo, grupos de derechos humanos alertaron que el gobierno de Morsi ya estaba adoptando la forma de sus predecesores.

Morsi fue derrocado en julio por un golpe militar, pero la situación no cambió para los trabajadores.

En agosto, las fuerzas de seguridad rompieron una huelga de trabajadores de molinos que reclamaban salarios y beneficios impagos. Días después, policías antidisturbios pusieron fin a una protesta en una compañía petrolera, en la que los obreros reclamaban beneficios y mejores condiciones laborales.

Líderes huelguistas han sido despedidos, y varios acusados ante la justicia por violar leyes que limitan las acciones colectivas de trabajadores.

El nuevo gobierno intenta presentar a los huelguistas como contrarrevolucionarios y miembros de la Hermandad Musulmana.

El nuevo hombre fuerte de Egipto, el general Abdel Fatah al Sisi, llamó a los trabajadores a frenar a los “instigadores” de las huelgas, y prometió actuar con firmeza contra aquellos que obstaculicen la producción.

“Ayudaremos a socavar esta sedición”, afirmó. “No dejaremos que nadie interrumpa la producción, porque esa es otra forma de derribar al país”.

 


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