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EEUU camina sobre hielo delgado en Medio Oriente

El secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, dialoga con la prensa tras una reunión de ministros de Relaciones Exteriores del Grupo de Amigos de Siria, el 22 de octubre en Londres. Crédito: Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Commonwealth/cc by 2.0

El secretario de Estado de Estados Unidos, John Kerry, dialoga con la prensa tras una reunión de ministros de Relaciones Exteriores del Grupo de Amigos de Siria, el 22 de octubre en Londres. Crédito: Ministerio de Relaciones Exteriores y de la Commonwealth/cc by 2.0

WASHINGTON, 23 oct 2013 (IPS) - Nuevas e inesperadas tensiones en las relaciones de Estados Unidos con Arabia Saudita y Turquía, sus más estrechos aliados en Medio Oriente, exponen los desafíos del gobierno de Barack Obama para navegar en las aguas cada vez más turbulentas de esa región.

Neoconservadores, miembros del opositor Partido Republicano y otros halcones (ala más belicista de Washington) atribuyen esta situación a la tendencia de Obama a desentenderse de la región y a su renuencia a usar el poder militar para defender agresivamente los intereses de Washington.

Otros consideran que las nuevas fuerzas que se desataron con la invasión a Iraq en 2003 y la Primavera Árabe transformaron la región y están desafiando el control de Estados Unidos.

“Los estadounidenses ya no tenemos la capacidad de marcar tendencias en Medio Oriente”, admitió Chas Freeman Jr., diplomático retirado que se desempeñó como embajador en Arabia Saudita durante la Guerra del Golfo de 1991.

Pero “las ilusiones de omnipotencia imperial son difíciles de matar”, añadió.

“Los actores regionales están redoblando esfuerzos para convocar el apoyo de potencias externas”, dijo Freeman el martes 22 en la Conferencia de Políticos Árabes Estadounidenses, celebrada en Washington. “Esto podría generar sorprendentes realineamientos geopolíticos”, auguró.

La Casa Blanca recibió una bofetada la semana pasada cuando Arabia Saudita rechazó sentarse por primera vez como miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), arguyendo el fracaso de ese órgano para resolver el conflicto palestino-israelí y la actual crisis en Siria.

El impacto fue mayor el martes 22, cuando el diario The Wall Street Journal informó en su portada que diplomáticos europeos se habían reunido en Yeda con el jefe de inteligencia saudita, Bandar bin Sultan al Saud, exembajador de su país en Washington.

En ese encuentro, Bandar habría dicho claramente que el boicot al Consejo de Seguridad era “una respuesta para Estados Unidos, no para la ONU”.

Además, según fuentes del periódico, Bandar reveló que Riyadh no solo considera reducir su cooperación con Washington en el entrenamiento y en la provisión de armas a los rebeldes sirios, sino que también explora relaciones militares con otras potencias que sirvan más a los intereses sauditas.

Consultado al respecto en Londres, donde participaba de la reunión del grupo Amigos de Siria, el secretario de Estado (canciller) estadounidense, John Kerry, comentó que había mantenido una serie de reuniones con el ministro de Relaciones Exteriores saudita, Saud al Faisal.

En estos encuentros, señaló Kerry, llegaron a varios acuerdos sobre Siria y otros temas. El funcionario estadounidense aseguró tener “gran confianza” en que los dos países “seguirán siendo los importantes y estrechos amigos y aliados que hemos sido”.

Aunque las palabras de Bandar parecen ser por ahora solo una advertencia, es fácil notar que Washington y Riyadh se alejan cada vez más en estos y otros asuntos.

A la Casa Blanca no le agrada el respaldo de Riyadh a la represión de movimientos opositores en Bahrein y en Egipto, ni su lentitud para actuar contra los sauditas que apoyan financieramente a grupos afiliados a la red radical islámica Al Qaeda en Siria y en Iraq.

Por su parte, Arabia Saudita está preocupada por una posible distensión entre Estados Unidos e Irán, pues teme que Teherán recupere la primacía que gozaba en Medio Oriente, con apoyo de Washington, antes de la Revolución Islámica de 1979.

Mientras, en el frente turco, el gobierno de Obama quedó desconcertado por una serie de acontecimientos que muy probablemente complicarán sus vínculos con el único aliado de mayoría musulmana en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), si es que no lo hicieron ya.

David Ignatius, columnista del periódico The Washington Post, informó la semana pasada que el jefe de inteligencia turco había revelado a Teherán la identidad de 10 iraníes que realizaban espionaje para Israel.

De esta forma, Ankara puso fin a una larga historia de colaboración en inteligencia con el gobierno israelí, que comenzó a descarrilarse tras la ofensiva del Estado judío a Gaza en 2008 y 2009.

La prensa turca informó el martes 22 que Washington había cancelado el envío de aviones no tripulados Predator a Ankara en represalia por esa colaboración con Irán.

Aunque el gobierno del primer ministro turco Recep Tayyip Erdogan negó el informe de Ignatius, crecen las sospechas de que este se encuentra hoy más cerca de Teherán que de Tel Aviv.

Esto marcaría un cambio en la histórica rivalidad entre Turquía e Irán y confirmaría el fracaso de los esfuerzos de Obama para volver a estrechar los lazos entre turcos e israelíes.

Como si fuera poco, Turquía anunció sorpresivamente el mes pasado que eligió a una compañía china, y no a sus competidoras estadounidenses y europeas, para construir un nuevo sistema de defensa antimisiles. La firma está sujeta a sanciones de Washington por haber vendido equipamiento militar nada menos que a Irán.

Además, el sistema chino sería incompatible con el equipamiento utilizado por los miembros de la OTAN.

Incluso los simpatizantes de Erdogan y de su Partido de la Justicia y el Desarrollo reconocen que la alianza entre Turquía y Estados Unidos está en serios problemas.

“Considerando el historial de Turquía, ¿cómo puede la administración de Obama seguir diciendo que es un ‘socio modelo’ o siquiera considerarlo un aliado?”, escribió Steven Cook, especialista en asuntos turcos para el independiente Council on Foreign Relations.

“Hemos cruzado la línea del desacuerdo razonable y llegamos a un punto en el que Turquía está trabajando clara y activamente para perturbar los objetivos estadounidenses en Medio Oriente”, añadió.

La mutabilidad que caracteriza hoy a la región y las dificultades de Estados Unidos para navegar en ella quedan incluso mejor ilustradas con las cada vez más complejas relaciones que a su vez tienen los gobiernos de Arabia Saudita y de Turquía.

Unidos, al menos hasta ahora, en demanda de que Bashar al Assad abandone el poder en Siria, discrepan en el caso de Egipto.

Mientras Riyadh ayuda al régimen militar egipcio con miles de millones de dólares, Erdogan exige el regreso del derrocado presidente Mohammad Morsi y el fin de la represión contra la Hermandad Musulmana, movimiento trasnacional considerado una mortal amenaza por las monarquías de la región.

Y mientras Riyadh y sus aliados en el Golfo están cada vez más preocupados por la distensión entre Estados Unidos e Irán, Turquía parece tener la esperanza de poder reanudar a pleno sus lazos comerciales con su vecino del este.

Medio Oriente ingresa en una era de multipolaridad, donde la mayoría de los cambios son impulsados por fuerzas internas. “El simple mundo de las rivalidades coloniales de las superpotencias se desvaneció hace tiempo”, dijo Freeman.

“El concepto de que se está ‘con nosotros o contra nosotros’ ha perdido toda significación en el Medio Oriente actual. Ningún gobierno de la región está hoy dispuesto a confiar su futuro a extranjeros, mucho menos a una única potencia extranjera”, sostuvo.


El blog de Jim Lobe sobre política exterior de Estados Unidos se puede leer en
Lobelog.com.

 

 

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