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Manglares cubanos gritan de sed

Manglares moribundos en Cayo Jutía, provincia de Pinar del Río. Crédito: Jorge Luis Baños/IPS

Manglares moribundos en Cayo Jutía, provincia de Pinar del Río. Crédito: Jorge Luis Baños/IPS

SURGIDERO DE BATABANÓ, Cuba, 20 oct 2013 (IPS) - En la década de 1960, el gobierno de Cuba consideró que el almacenamiento de agua dulce para enfrentar sequías y huracanes era un asunto de seguridad nacional, y comenzó a represar ríos. Esa política tiene hoy una víctima impensada: los manglares, que ya no pueden atajar el avance de las marejadas.

El mar se tragó el viejo camino que comunicaba la playa de Batabanó y la de Mayabeque, en el sudoeste de Cuba. En los últimos 50 años se perdieron más de 100 metros de tierra. El debilitado manglar, que recibe agua dulce a cuentagotas, no pudo evitarlo.

“Los mangles se deterioraron tanto que, en 2008, el huracán Ike empujó el mar un metro y medio costa adentro y ya no volvió a salir. Ha seguido avanzando”, describe Flora Yau, vecina de Surgidero de Batabanó, a IPS.

Este pueblo del municipio de Batabanó, en la provincia de Mayabeque y unos 70 kilómetros al sur de La Habana, está cansado de anegarse con cada viento que sopla del sur.

Lo más brutal aquí es la pérdida de terreno por la erosión. En algunos lugares el retroceso es de casi dos metros por año, y hay sitios ya sumergidos, como Punta Bujamey.

La debilidad de los manglares obedece en primer lugar a que no les llega como antes el agua dulce, represada tierra adentro, dice a IPS la investigadora y bióloga Leda Menéndez. “Los embalses cortan la circulación natural del agua”.

El manglar, que constituye 20 por ciento de los bosques de esta isla caribeña, necesita la unión y el movimiento constante de agua dulce y salada para desarrollarse, explica Menéndez.

La mayoría de los ríos cubanos están represados. En total hay 969 presas, según datos del estatal Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos.

Este vasto almacenaje de agua dulce obedece a una política de los años 60, cuando el gobierno consideró que se trataba de un asunto de seguridad nacional que permitiría enfrentar sequías y huracanes.

“En algunos sitios, si queremos que el manglar prospere, hay que darle un poco de agua de las presas”, propone Menéndez. Es un paso ineludible para fortalecer los bosques costeros, dice, que funcionan como escudo protector de la vida en tierra firme ante desastres naturales y otros fenómenos meteorológicos vinculados al cambio climático.

Además de la falta de agua dulce, estos ecosistemas que ocupan 4,8 por ciento del territorio cubano, se están transformando por la construcción de canales y diques, la tala, el sellado de los suelos y la contaminación industrial.

La mayoría de los ríos cubanos están represados. En total hay 969 presas, según datos del Instituto Nacional de Recursos Hidráulicos.

Cuatro especies, el rojo (Rhizophora mangle), el negro (Avicennia germinans), el patabán (Laguncularia racemosa) y el pseudomangle yana (Conocarpus erectus) se han explotado en Cuba para hacer carbón, durmientes para el ferrocarril o tanino para curtir cueros.

En todas las zonas tropicales de América los manglares son cruciales. Las 11 especies existentes en esta región están amenazadas por el turismo y la industria camaronera.

En Cuba, el Ministerio de Agricultura prohibió en diciembre de 2012 explotar los manglares, como medida de adaptación al recalentamiento global.

“El cambio climático ha sido el disparador del interés por conservar los manglares”, dice Menéndez. “Los seres humanos los necesitamos para salvaguardar los lugares donde se desarrolla la vida y la economía”, cuando se eleven el nivel del mar, la salinidad y la ocurrencia de eventos extremos.

En el contexto del calentamiento, los servicios ambientales del mangle se vuelven cruciales: evita la erosión de las costas, permite el desarrollo de la fauna marina, y por tanto de la pesca, impide la intrusión salina en terrenos agrícolas y fuentes de agua, detiene el avance de las inundaciones y conserva la biodiversidad.

“Si cortamos los mangles, el mar avanza con mayor intensidad”, explica a sus estudiantes de Batabanó el profesor de geografía Miguel Díaz.

Este problema es tema de enseñanza en las aulas de la zona, donde comunidades como Surgidero de Batabanó sufren sus consecuencias. Además de la pérdida de tierras, los suelos agrícolas cercanos a la costa son cada vez más salinos, y las inundaciones se vuelven el pan de cada día.

“Cuando vamos a recoger basuras, vemos que la arena está afectada porque se la roban para construir, talaron los árboles y hay más cosas dañadas”, lamenta la alumna Roxana Vitres, una de los 32 estudiantes de la escuela Bac-Ly de Surgidero, integrados a un programa de formación escolar en deberes y derechos ambientales.

“Nosotros hacemos inspecciones y alertamos a las autoridades de las incidencias”, dice Daniel Cruz, de 15 años.

Estos niños, niñas y adolescentes aprenden ecología, controlan y hacen saneamiento ambiental de la zona mediante el programa SOS Manglares, coordinado por el Museo de Historia de Batabanó, el nodo local de la organización no gubernamental Pronaturaleza y autoridades de la educación.

Efraín Arrazcaeta, coordinador de SOS Manglares y activista de Pronaturaleza, dice a IPS que “necesitamos un cuerpo fuerte de guardabosques para disminuir las incidencias y que se mantengan limpios los aliviaderos del Dique Sur”.

Esa obra, que se empezó a construir en los años 80, provocó la muerte de los bosques más grandes y productivos de la franja costera de 129 kilómetros al sur de La Habana, que incluye a Surgidero, según un estudio del estatal Instituto de Ecología y Sistemática.

Desde el año pasado, buena parte de los manglares de esta localidad están protegidos porque forman parte del Área de Refugio Animal Sur Batabanó. Sin embargo, siguen reportándose violaciones, porque en toda Cuba los sistemas de vigilancia ambiental son endebles y los montos de las multas por estos delitos, muy bajas.

 
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