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Áreas protegidas cubanas guardan vida para cuando el clima cambie

La extensa y brumosa área protegida del Valle de Mayabe, en la provincia cubana de Holguín, atípico en el Caribe. Crédito: Jorge Luis Baños/IPS

La extensa y brumosa área protegida del Valle de Mayabe, en la provincia cubana de Holguín, atípico en el Caribe. Crédito: Jorge Luis Baños/IPS

LA HABANA, 4 dic 2013 (IPS) - Las áreas protegidas son una caja fuerte de la biodiversidad y de su adaptación al cambio climático, pero en un país como Cuba, agobiado por su débil economía, los esfuerzos para ampliarlas y sostenerlas pasan medio desapercibidos.

“Constituyen un reservorio de biodiversidad genética de muchas especies. De ese fondo saldrán, ya adaptadas a las nuevas condiciones ambientales, muchas variedades de importancia económica para el futuro”, aseguró a IPS el biólogo Ángel Quirós.

Pero es poco conocido el “papel variado y complejo” que cumplen las áreas protegidas para enfrentar el recalentamiento global, consideró Quirós, del estatal Centro de Estudios y Servicios Ambientales.

Según Quirós, cada área ayuda a su manera a enfrentar desbalances climáticos ya presentes, como temperaturas más altas, aumento del nivel del mar y eventos meteorológicos nunca vistos, al estilo del huracán Sandy, que arrasó en octubre de 2012 el oriente cubano, otros países caribeños y el noreste de Estados Unidos.

Son zonas que “poseen grandes bosques que contribuyen a estabilizar los valores promedios de pluviosidad y temperatura”, ejemplificó el científico. “Los factores del clima van a ser extremos”, puntualizó.

Las inversiones cubanas para proteger el ambiente pasaron de 278 millones de dólares a 488 entre 2007 y 2012, pero los recursos son un permanente dolor de cabeza para los equipos encargados de las áreas protegidas.

Los trabajos de limpieza, monitoreo y vigilancia para evitar la caza, tala y pesca furtivas en el Refugio Animal Sur Batabanó, son cosas nuevas para Dielegne Quiñones, representante del Ministerio de Ciencia, Tecnología y Medio Ambiente en ese municipio del sudoeste cubano.

Es la primera vez que Batabanó tiene un área protegida (33 kilómetros cuadrados de superficie terrestre y marina) y  “ya hubo avistamientos de manatíes (Trichechus manatus) y jutías (Capromyidae)”, dijo satisfecha Quiñones a IPS.  “Pero necesitamos más recursos para fortalecer la vigilancia”, agregó.

La adolescente Daymí Castro, que vive en Surgidero, municipio del humedal costero de Batabanó, entiende que tener un área protegida “es importante para su comunidad”. “Por la escuela hacemos trabajos de limpieza y hemos participado en charlas educativas en los barrios cercanos para que la gente cuide la naturaleza”, dijo a IPS.

Para el joven biólogo Carlos Alberto Martínez, que atiende el parque de Los Mogotes de Jumagua, en la occidental provincia de Villa Clara, urge adaptar las áreas protegidas al cambio climático. “Hay muchas acciones por hacer, como el fortalecimiento de los bosques, en especial los manglares, que protegen las costas”, dijo a IPS.

El parque, donde se conservan ocho formaciones del cretáceo superior, produce algunos recursos, especificó Martínez, por la visita de las comunidades vecinas a un sendero ecoturístico y por la venta de yaguas, un tejido fibroso que desprende la palma real y resulta idóneo para empacar las hojas de tabaco.

En otras áreas protegidas se realizan talas selectivas y se vende la madera, entre otras formas nuevas de obtener ingresos, amplió.

Cuba estableció 23 nuevas áreas protegidas en 2012, con lo que 18,3 por ciento de sus 109.884 kilómetros cuadrados está bajo figuras de conservación.

La aspiración del estatal Centro Nacional de Áreas Protegidas (CNAP) es llegar a 24,4 por ciento del territorio con 253 zonas, que incluyan la plataforma insular marina hasta 200 metros de profundidad, bajo algún grado de protección.

Este archipiélago caribeño se compone de la gran isla de Cuba, la Isla de la Juventud, de menor tamaño, y decenas de pequeños cayos.

Cuba, con una naturaleza exuberante y muy endémica, incrementó a grandes saltos los territorios de preservación en el último quinquenio. En 2007 existían 35 áreas, eran 80 en 2011 y 103 al año siguiente, según la Oficina Nacional de Estadísticas e Información.

Además, el CNAP tiene identificados otros 150 espacios naturales, terrestres y marinos de gran importancia local, que esperan la aprobación del Consejo de Ministros para entrar en alguna categoría de protección.

Un estudio de la  Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), publicado en noviembre en la revista estadounidense Science, identificó 78 sitios de 137 áreas protegidas en 34 países, como claves para evitar la extinción de mamíferos, aves y anfibios.

De las 173.000 áreas protegidas analizadas, estos 78 sitios –38 de ellos en América Latina y el Caribe— acogen la mayoría de las poblaciones de más de 600 especies de esos animales, la mitad en peligro de extinción.

Los parques nacionales de Sierra Nevada (Colombia), Manu (Perú), Canaima (Venezuela), Islas Galápagos (Ecuador) y la Ciénaga de Zapata (Cuba) son algunos de los insustituibles, según el estudio, que hizo uso de la Lista Roja de Especies Amenazadas de la UICN y la Base de Datos Mundial de Áreas Protegidas.

El artículo insta a gobiernos y entidades ambientales a asegurar que todos esos sitios gocen del estatus de Patrimonio de la Humanidad, que otorga la Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco).

En las últimas dos décadas, el ambiente recibió poca atención en los países latinoamericanos y caribeños, resaltó el informe Panorama Social de América Latina 2012.

En promedio cada país destinó solo 0,2 por ciento del gasto público a actividades ambientales, de saneamiento, vivienda y agua potable, según el documento elaborado por  la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal).

En Cuba, la administración del Parque Nacional Los Caimanes, mayoritariamente marino y ubicado en la costa entre las provincias de Villa Clara y Ciego de Ávila, apuesta al trabajo comunitario para suplir la falta de dinero.

“Les brindamos alternativas económicas sostenibles y enfatizamos en la educación ambiental”, detalló Quirós. “Al reducirse las necesidades de la gente, baja el furtivismo y tenemos que gastar menos en vigilancia”, explicó.

Pero generar conciencia ambiental entre los pobladores de las áreas protegidas es tarea larga, comentó a IPS la jubilada María Elena Chirino, de 69 años, que ha vivido siempre en la Ciénaga de Zapata, el mayor humedal del Caribe insular, en el suroccidente cubano, actualmente reserva de la biosfera.

“En mi niñez, matábamos pajaritos, por ejemplo. Pero no recibíamos mucha educación para no hacerlo. Ahora… hay más idea de la importancia de lo que nos rodea, pero todavía nos falta”, valoró Chirino.

 
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