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Una ruta nacional prohibida para palestinos

Un tramo de la ruta 443 cerca del cruce de Giv'at Ze'ev. Los alambres de púas forman una sección de la barrera israelí en Cisjordania. Crédito: Etan J. Tal CC BY 3.0

Un tramo de la ruta 443 cerca del cruce de Giv'at Ze'ev. Los alambres de púas forman una sección de la barrera israelí en Cisjordania. Crédito: Etan J. Tal CC BY 3.0

RUTA 443, Cisjordania, 30 dic 2013 (IPS) - Otro amanecer se levanta sobre la ruta 443. Todavía no es la hora pico para más de 40.000 residentes israelíes y colonos judíos que viajan a diario entre Jerusalén y el área metropolitana de Tel Aviv, pero sí lo es para cientos de trabajadores de la construcción palestinos que viven a lo largo de una de las principales vías de tránsito de Israel.

Para llegar en hora a las obras de construcción dentro de Israel, los palestinos se levantan en plena madrugada.

Unos 15 kilómetros de la 443, una carretera nacional de 28 kilómetros de extensión, serpentean por los territorios ocupados de Cisjordania, incluyendo cuatro por las afueras de Jerusalén oriental.

En un fallo histórico de 2009, la Corte Suprema de Israel anuló una orden militar que, desde hacía ocho años, prohibía el traslado de los palestinos por la ruta 443.

A pesar del fallo, “todavía no podemos usar la 443”, se quejó Seif al Jamal de Beit Surik, una aldea palestina próxima al puesto de control de Modi’in previo al ingreso a Israel. “Nos levantamos a las 3:30 en lugar de hacerlo a las seis de la mañana” para llegar a trabajar.

Para ingresar a Israel, el empresario Mohammad Farraj debe pasar por un puesto de control que bloquea el camino de acceso que une la aldea de Beit Sira con la 443, conducir por la ruta nacional unos metros, estacionar en el camino y cruzar Modi’in a pie.

Así son las vicisitudes del control militar israelí. Un simple viaje de 20 minutos se convierte en una travesía de dos horas. La ruta 443 es la historia de 46 años de ocupación de Palestina, escrita en carteles que dicen “Prohibido”.

A veces, los carteles no tienen lógica. “Está estrictamente prohibido cruzar la ruta salvo en un paso palestino claramente marcado”, advierte uno.

Pero no hay pasos de peatones en los cuatro carriles de la 443, y los vehículos pasan a toda velocidad. Así que los trabajadores literalmente corren por sus vidas para llegar al puesto de control.

En teoría, los palestinos pueden conducir a lo largo de la 443, pero en la práctica resulta una experiencia exasperante. Se puede pasar un día entero recorriendo la carretera sin detectar una sola matrícula palestina.

La ruta 443 fue construida en la década de 1980 para los conductores israelíes que querían evitar los habituales atascos matutinos y vespertinos de la Autopista 1, la carretera entre Jerusalén y Tel Aviv.

Por entonces, los habitantes de los 22 pueblos palestinos adyacentes unieron fuerzas con la Asociación por los Derechos Civiles en Israel (ACRI, por sus siglas en inglés) y solicitaron a la Corte Suprema que fallara en contra de la confiscación de tierras para el trazado de la 443.

La petición fue rechazada con el argumento de que la ruta 443 también estaba destinada a servir a los 35.000 palestinos que viven junto a ella.

Durante las negociaciones de paz de Oslo entre Israel y Palestina, en la década de 1990, mientras el camino hacia la pacificación parecía asegurado, los palestinos utilizaban la 443 para trasladarse al centro administrativo y económico de Ramallah.

Pero en 2000 estalló el levantamiento popular conocido como Intifada. En un plazo de dos años, siete israelíes murieron y decenas de personas fueron heridas por atentados palestinos cometidos en la ruta 443.

En consecuencia, las autoridades militares israelíes cerraron la carretera para el tránsito de vehículos palestinos.

Tras la promulgación de la orden militar, los aldeanos palestinos y ACRI presentaron una nueva petición a la Corte Suprema para impugnar la legalidad de esa prohibición, con el argumento de que el castigo colectivo no solo contradice las leyes internacionales humanitarias y de derechos humanos, sino también la decisión previa del propio tribunal.

Cuando la Corte revocó la prohibición, la sentencia hizo hincapié en que “no estaba autorizada y era desproporcionada”, y que “el libre movimiento constituye una libertad fundamental, y es un deber adoptar todas las medidas necesarias con el fin de preservarla en el territorio controlado por Israel”.

Sin embargo, la Corte ordenó simultáneamente a las Fuerzas de Defensa que encontraran “otro medio” para garantizar la seguridad de los israelíes.

“El comandante militar de la zona decidió adoptar medidas de seguridad tan restrictivas que en los hechos los palestinos deben ingresar a la carretera en un punto y descender en otro muy cercano”, señaló Tamar Feldman, de ACRI. “Además, el paso hacia Ramallah está cerrado”.

Las autoridades militares cumplieron con el fallo, pero siguen vigentes las mismas medidas de seguridad que se aplicaron durante la Intifada, subrayó Feldman.

“El veredicto se festejó como un logro de los derechos humanos, pero legitima la propia discrecionalidad de los militares mientras ofrece una sensación de justicia”, agregó.

Nada ha cambiado. Al conducir por la 443 a través de las colinas de Judea, es difícil escapar a la sensación de que uno está atrapado en un frente de guerra, a veces a ambos lados de la carretera.

Una red de vallas electrónicas, torres de vigilancia y muros de hormigón, que en parte se funde con la “muralla de seguridad” de Israel, aísla al conductor de posibles ataques de francotiradores, ocultando los minaretes de las mezquitas, como si la ruta 443 se extendiera dentro de Israel y no por la franja de tierras que los palestinos ven como parte de su futuro Estado.

Murales pintados confieren al conductor la ilusión de tener una pared con vista.

A los israelíes se les advierte que no ingresen a las aldeas palestinas. Si llegan a hacerlo por error, un cartel advierte, ominosamente, “¡Cuidado israelí! ¡Si llegó a este punto, erró el camino!”

Los caminos de acceso a la 443 desde las aldeas están clausurados con vallas, puertas metálicas, barreras de tierra y bloqueos de carreteras.

A los palestinos se los guía por rutas alternativas por debajo de la 443, algunas de ellas pavimentadas especialmente por Israel.

La mayoría de los automovilistas israelíes justifican la prohibición y el sistema de carreteras separadas, “para evitar que algún loco nos dispare”, opinan algunos.

“Capas de leyes, políticas y prácticas generaron un sistema de segregación y separación que discrimina a la población palestina”, según Feldman.

Conducir a lo largo de la 443 permite al viajero reflexionar sobre cómo la cuestión de la tierra dio forma al conflicto. Elementos incesantes de la ocupación israelí pasan por delante de los ojos, ya se trate del asentamiento judío de Horon Bet o de la prisión militar de Ofer, donde hay centenares de palestinos presos.

De vez en cuando, el clima es el que domina el territorio. Cuando a principios de este mes una tormenta de nieve azotó la zona, el paso por la 443 estuvo clausurado también para los israelíes.

Algunos automovilistas israelíes se sentían tan seguros que se detenían sin preocupación en el camino para deleitarse con las primeras nieves, muy cerca de la cárcel.

 
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