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Un paraíso hondureño que no quiere volver a enojar al mar

Uno de los barandales construidos por la comunidad de Santa Rosa de Aguán, los caminos de madera que comunican las viviendas con la playa, para preservar las dunas de la actividad humana. Crédito: Thelma Mejía/IPS

Uno de los barandales construidos por la comunidad de Santa Rosa de Aguán, los caminos de madera que comunican las viviendas con la playa, para preservar las dunas de la actividad humana. Crédito: Thelma Mejía/IPS

SANTA ROSA DE AGUÁN, Honduras, 25 mar 2014 (IPS) - En la desembocadura del río Aguán, en el Caribe hondureño, una comunidad garífuna, asentada en un paraíso natural y azotada hace más de 15 años por el huracán Mitch, da ahora ejemplo de adaptación al cambio climático.

“No queremos volver a enojar al mar, no queremos que nos vuelva a pasar lo que sucedió con Mitch, que se llevó muchas casas del pueblo, casi todas las que estaban a la orilla del mar”, dijo a IPS la lideresa comunitaria Claudina Gamboa, de 35 años.

Con parajes indescriptibles, casi como cuando llegaron a Honduras los primeros garífunas desde de la caribeña isla de San Vicente, el municipio de Santa Rosa de Aguán, en el departamento de Colón, fue fundado en 1886 y su población actual apenas supera los 3.000 habitantes.

Para llegar a este punto del Caribe central del país desde Tegucigalpa, IPS atravesó por unas 12 horas, total o parcialmente, al menos cinco de los 18 departamentos de Honduras,  hasta llegar a Dos Bocas, a 567 kilómetros al noreste de la capital.

Desde esa aldea en tierra firme, una pequeña embarcación conecta con Santa Rosa de Aguán, asentada sobre la arena, entre el mar y la desembocadura del Aguán, cuyo nombre en garífuna significa “aguas caudalosas”.

La mitad del camino en automóvil transcurre por pésimas carreteras, que se tornan amenazantes cuando oscurece. Pero al atravesar el río, entrada la noche, bajo un cielo estrellado y una brisa marina acariciando el pueblo, la travesía llega a su fin y deja de pesar.

Los garífunas llegados del mar

Los garífunas representan actualmente 10 por ciento de los 8,5 millones de habitantes de Honduras, a donde llegaron más de dos siglos atrás.

Herederos del mestizaje de los pueblos caribes, arawakas y africanos capturados y traídos a la región por barcos esclavistas europeos en el siglo XVII, que naufragaron frente a la isla de Yarumei, actualmente San Vicente, donde se asentaron.

De allí, entonces bajo dominio británico, fueron deportados en 1797 a la isla hondureña de Roatán. Después, los colonizadores españoles les permitieron asentarse en tierra firme y se diseminaron por la costa atlántica de Honduras y de otros países centroamericanos.

Aquí culminó en 2013 un proyecto de recuperación de dunas, impulsado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, a través del Programa de Pequeñas Donaciones (PPD) del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF, por sus siglas en inglés), así como por la Cooperación Suiza para el Desarrollo.

Durante tres años, el proyecto buscó generar condiciones que permitieran a la comunidad adaptarse a los riesgos del cambio climático y proteger el ecosistema dunar.

Al frente estuvieron 40 personas voluntarias de la comunidad, casi todas mujeres, quienes visitaban a cada vecino, para concientizarlos sobre la importancia de proteger el ambiente y sobre los riesgos del cambio climático.

“Las decían locas, porque la gente creía que quienes trabajaban en eso eran tontos, pero yo les pedía: ‘No hagan caso, sigan adelante’. Ahora tenemos más conciencia y se vio que los vientos ya no pegan tan fuerte”, dijo a IPS Atanasia Ruíz, ex vicealcadesa del pueblo (2008-2014) y sobreviviente del Mitch.

Ella y Gamboa consideraron que las mujeres fueron fundamentales en crear conciencia sobre el cambio climático y, gracias a su labor, el proyecto dejó huellas sobre las arenas blancas y sobre la gente del lugar.

Ahora sus habitantes entienden la importancia de proteger sus sistemas costeros y de conservar las dunas, y aprendieron a organizarse colectivamente para ello, detalló Gamboa. “Conmueve ver a nuestras ancianas recogiendo basura para el reciclaje”, ejemplificó.

Las lomas de arena actúan como barreras naturales de protección, que impiden que el viento o el agua de las olas del mar penetren con fuerza al pueblo cuando suceden eventos naturales.

“Cuando se enojó el mar nos pasó factura. Con el Mitch esto quedó pelado, quedó horrible”, recordó Gamboa.

Algunos se fueron del pueblo, explicó, “porque se nos dijo que no podríamos vivir aquí, que era demasiado vulnerable y que el mar siempre iba a entrar porque ya no tenía cómo taparse”.

“Pero otros nos quedamos y, con los conocimientos que nos dieron, sabemos cómo protegernos a nosotros y al pueblo”, acotó mientras mostraba orgullosa como la vegetación comienza a crecer en las dunas.

El mural de elementos reciclados, con que los pobladores de Santa Rosa de Aguán plasmaron su forma de vida y la belleza de la mujer garífuna, en una pared del centro comunal. Crédito: Thelma Mejía/IPS

El mural de elementos reciclados, con que los pobladores de Santa Rosa de Aguán plasmaron su forma de vida y la belleza de la mujer garífuna, en una pared del centro comunal. Crédito: Thelma Mejía/IPS

Los últimos días de octubre de 1998, el ciclón dejó a su paso por Honduras cerca de 11.000 fallecidos y unos 8.000 mil desaparecidos, junto con cuantiosos daños económicos y de infraestructura.

Santa Rosa de Aguán fue especialmente golpeada, con olas de unos cinco metros de altura. Al menos 40 personas fallecieron en la comunidad y otras nunca las encontraron.

La rehabilitación de sus dunas costeras incluyó la construcción de caminos de madera sobre la arena para protegerlas. También se demolieron viviendas de concreto destruidas por Mitch, para que su presión no impidiese la formación dunar.

El proyecto sumó el reciclaje, para limpiar la basura vertida en la orilla del mar y la que se encontraba en las calles de arena del municipio, cuyos habitantes se autodenominan  “aguaneños” y saludan a los visitantes con un “buiti achuluruni”, bienvenido en garífuna.

Lícida Nicolasa Gómez, es una joven garífuna de 18 años que prefiere que la llamen “Alondra”, porque así la conocen todos desde niña.

“Me encantó cuando me invitaron al proyecto de las dunas y el reciclaje, porque estábamos deforestándolas, pateándolas, destruyendo la vegetación, pero eso ya no lo hacemos más”, contó.

“Hasta un mural hicimos en una de las paredes del centro comunal, para recordar el pueblo que queremos”, añadió con una sonrisa que no cabía en su rostro.

La obra está elaborada con desperdicios de plástico, chapas o tapones de refrescos, tejas y otros materiales. En él se aprecia la belleza de las garífunas, la pesca, los cultivos de yuca y plátano y el mar y el sol radiante que caracterizan al pueblo

También está allí el deseo de vivir en armonía con un ambiente donde las elevaciones de hasta cinco metros de depósitos de sedimentos del mar se juntan con la desembocadura de un río cuya cuenca forma parte de la selva húmeda tropical hondureña.

Hugo Galeano, del PPD, dijo a IPS que la vulnerabilidad en Santa Rosa de Aguán se agudizó tras el paso del Mitch, afectando sus medios de vida: la pesca, la agricultura y la ganadería.

Para esta comunidad entre dos aguas, las inundaciones son una de las principales amenazas para la sobrevivencia de la comunidad, explicó el representante del programa del GEF.

Ricardo Norales, de 80 años, es consciente de ello. Aseguró a IPS que, si bien las dunas y su vegetación crecen, “la ubicación de nuestra comunidad sigue expuesta a las inclemencias del tiempo”.

“Con el proyecto vimos que ahora el viento no entra tan fuerte a nuestras casas, ni el mar tampoco como antes. Pero necesitamos mayor sostenibilidad en este tipo de ayudas”, advirtió.

De hecho, la historia de Santa Rosa de Aguán está marcada por el impacto de los fenómenos naturales, y entre 1870 y 2010 varios huracanes y tormentas tropicales la impactaron directa o indirectamente.

Mientras los cordones de dunas cobran nuevamente forma a lo largo de la playa y los alrededores, la comunidad ha colocado también barandales de madera para señalizar el camino al mar.

Así buscan evitar la destrucción de los montículos de arena y quieren ser un ejemplo de adaptación al cambio climático, construyendo alternativas de sobrevivencia.

Sus pobladores repiten que no quieren para su comunidad un “ayó”, un adiós en garífuna.

 

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