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Deforestación andina provoca “tsunami” amazónico

El río Beni, afluente del río Madeira, durante una crecida en 2011, algo más arriba de Cachuela Esperanza, donde el gobierno boliviano proyecta construir una central hidroeléctrica. Crédito: Mario Osava/IPS

El río Beni, afluente del río Madeira, durante una crecida en 2011, algo más arriba de Cachuela Esperanza, donde el gobierno boliviano proyecta construir una central hidroeléctrica. Crédito: Mario Osava/IPS

RÍO DE JANEIRO, 10 abr 2014 (IPS) - La deforestación, especialmente en los Andes de Bolivia y Perú, es lo que más eriza las inundaciones en la cuenca del río Madeira, que este año adquirieron rango de catástrofe en la Amazonia boliviana y en su desaguadero brasileño.

Así lo evalúa Marc Dourojeanni, profesor emérito de la Universidad Nacional Agraria de Lima, en contraste con ambientalistas y autoridades bolivianas, que insisten en culpar a las centrales hidroeléctricas brasileñas de Jirau y Santo Antônio por las inundaciones sin precedentes que castigaron el norteño departamento de Beni.

“No tiene lógica”, atajó Dourojeanni a IPS. Sería necesario revocar la ley de gravedad y la topografía para ignorar que, en este caso, los brasileños sufren más los efectos de lo que pasa en Bolivia que al revés, sin descartar los muchos pecados de las represas.

El Madeira (Madera en Bolivia y Perú) es el mayor afluente del Amazonas y recibe aguas de cuatro grandes ríos, cada uno con más de 1.000 kilómetros de extensión y cuencas que componen un área de drenaje de 903.500 kilómetros cuadrados, la superficie de Venezuela y casi el doble de España.

En Bolivia, con 80 por ciento de ese área,  dos tercios de su territorio captan aguas que escurren al Madeira por más de 250 ríos, en forma de embudo que desagua en Brasil. De Perú proviene el río Madre de Dios.

A esa vastedad se agrega el acentuado declive. Tres de sus grandes afluentes –Beni, Mamoré y Madre de Dios—, nacen en los Andes, entre 5.500 y 2.800 metros sobre el nivel del mar, y caen por debajo de los 500 metros en los llanos amazónicos bolivianos.

Esas pendientes “hace 1.000 años estaban cubiertas de bosques y ahora están peladas”, en gran parte por los incendios para abrir espacio a una agricultura de subsistencia, señaló Dourojeanni, agrónomo e ingeniero forestal, responsable de la División Ambiental del Banco Interamericano de Desarrollo en los 90.

La consecuencia son los torrentes de agua que llegan y se estancan en las llanuras bolivianas, anegándolas, y siguen a Brasil. Buena parte de esos llanos son inundables incluso cuando hay lluvias normales.

Este año, murieron en Bolivia 60 personas y se desalojaron 68.000 familias por los desbordes, en una repetición acrecentada de tragedias similares provocadas por los fenómenos El Niño y La Niña, antes de construirse las represas brasileñas.

La deforestación en laderas andinas entre los 3.800 metros de altitud, donde empiezan los bosques, y los 500 metros es enorme en Bolivia y en Perú, pero no aparece en las estadísticas oficiales, denunció Dourojeanni, también creador de la fundación peruana Pronaturaleza.

Sin barreras al declive, se arma un “tsunami en tierra firme”, que en el primer trimestre azotó seis departamentos bolivianos y el fronterizo estado brasileño de Rondônia.

Las viviendas de más de 5.000 familias brasileñas se inundaron por la crecida inusual del Madeira, especialmente en Porto Velho, capital de Rondônia, donde están las dos hidroeléctricas.

La carretera BR-364 quedó intransitable desde febrero, aisló el vecino estado de Acre por tierra y afectó el abastecimiento de alimentos y combustibles. Enfermedades como leptospirosis y cólera generaron a su tiempo más víctimas.

La búsqueda de culpables, también en Brasil, se dirigió a las represas. La justicia federal ordenó a las empresas propietarias de las centrales a apoyar a las víctimas con alojamientos adecuados, entre otras medidas.

Además, las empresas tendrán que hacer nuevos estudios del impacto de las represas, supuestamente responsables de agravar la crecida del río. Las dos centrales ampliaron su capacidad respecto del proyecto inicial sin hacer una nueva evaluación.

Empresas y autoridades intentan convencer a la airada población local de que la catástrofe no se agravó por los dos embalses recién llenados.

Unas lluvias tan intensas “solo ocurren cada 500 años”, y con una cuenca tan extensa acopiando agua es natural que se inunden las llanuras, como ocurrió también en casi toda Bolivia, arguyó Victor Paranhos, presidente de Energía Sustentable de Brasil, el consorcio que opera Jirau, la central más cercana a la frontera boliviana.

Desde 1967 se monitorea el flujo del Madeira y el nivel máximo registrado en Porto Velho fue de 17,52 metros en 1997, destacó Francisco de Assis Barbosa, responsable estadual de hidrología del Servicio Geológico de Brasil.

A fines de marzo, ese nivel alcanzó 19,68 metros, en un año “totalmente atípico”, acotó a IPS.

La pluviosidad extrema en la cuenca del Madeira tuvo como contrapunto la fuerte sequía en otras partes de Brasil, que generó una crisis energética y escasez hídrica en São Paulo.

Una masa de aire seco y caliente se estacionó en el centro-sur brasileño entre diciembre y marzo, bloqueando vientos que transportan humedad desde la Amazonia. La precipitación se concentró entonces en Bolivia y en Perú.

Estos eventos tienden a repetirse con más frecuencia a causa del cambio climático global, según climatólogos.

La deforestación afecta el clima y exacerba sus efectos. Convertir un bosque en un pastizal multiplica por 26,7 la cantidad de agua que escurre a los ríos y por 10,8 la erosión del suelo, constató, en 1989, un estudio de Philip Fearnside, del Instituto Nacional de Investigaciones de la Amazonia.

Eso significa que la mitad de la lluvia caída en pastizales va directa a los ríos, ampliando las crecidas y la sedimentación. Esta pérdida se reduce en proporción a la presencia de vegetación más alta y de raíces profundas, según mediciones de Fearnside en terrenos con declive de 20 por ciento en Ouro Preto D’Oeste, un municipio de Rondônia.

Cultivar la tierra “es peor” que los pastizales, porque “limpia todo el suelo”, eliminando incluso la hierba que alimenta al ganado y retiene algo de agua, comparó Dourojeanni.

Pero la ganadería compacta el suelo por el pisoteo del ganado, acelerando el escurrimiento, observó Fearnside, biólogo de origen estadounidense y nacionalidad brasileña que investiga la Amazonia desde 1974.

En su opinión, la deforestación “contribuye poco a las inundaciones bolivianas, por ahora”, porque “el grueso de los bosques siguen de pie”. Eso mismo sostiene el hidrólogo boliviano Jorge Molina, de la Universidad Mayor de San Andrés.

Pero Bolivia está entre los 12 países de mayor deforestación actual, reveló un estudio de 15 centros de investigación publicado por la revista estadounidense Science en noviembre. El país perdió 29.867 kilómetros cuadrados de bosques entre 2000 y 2012, indican imágenes satelitales y herramientas de Google.

La ganadería es un gran factor y se expandió principalmente en Beni, fronterizo con Rondônia. Allí habrían muerto 290.000 vacunos entre enero y febrero, según la federación ganadera local.

La avalancha hídrica amenaza incluso la eficiencia de las plantas hidroeléctricas. Santo Antôniotuvo que interrumpir su generación en febrero.

Eso explica el interés brasileño en construir otras centrales cuenca arriba, “más para regular el flujo del Madeira que por la energía”, sostuvo Dourojeanni.

Los planes incluyen, además de un proyecto fronterizo con Bolivia y la central Cachuela Esperanza en el bajo Beni boliviano, otra hidroeléctrica peruana en el lejano río Inambari, afluente del Madre de Dios, ejemplificó.

Los planes de Inambari y de otras cuatro hidroeléctricas peruanas, cuya concesión ganaron empresas brasileñas, se suspendieron en 2011 por la resistencia popular a su construcción.

 

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