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Enfermos de cáncer en Perú cuentan con Esperanza

Este artículo es parte de una serie sobre el impacto de las desigualdades sociales en el tratamiento del cáncer.

Claudia Alvarado, rodeada de sus padres y de sus esmaltes de colores, que junto con el Plan Esperanza la ayudan a afrontar el tratamiento contra la leucemia. Milagros Salazar/IPS

Claudia Alvarado, rodeada de sus padres y de sus esmaltes de colores, que junto con el Plan Esperanza la ayudan a afrontar el tratamiento contra la leucemia. Milagros Salazar/IPS

LIMA, 16 abr 2014 (IPS) - Tiene sus diminutas uñas de pies y manos pintadas con esmaltes de alegres colores, que contrastan con el grisáceo camino que ha transitado. A Claudia, de casi siete años, le tocó encarar desde que tenía tres una leucemia, que ha afrontado con ayuda de un programa estatal contra el cáncer en Perú: el Plan Esperanza. 

Como en el resto de América, el cáncer es la segunda causa de muerte en Perú, detrás de las enfermedades cardiovasculares. En este país de 30,5 millones de habitantes, cada año mueren por esta enfermedad 107 personas por cada 100.000 habitantes y se diagnostican 45.000 nuevos casos, según el Ministerio de Salud.

Se estima que 157 de cada 100.000 habitantes padecen de cáncer en el país. Para revertir estas cifras y el elevado costo del tratamiento de la enfermedad, Perú lanzó en noviembre de 2012 el Plan Esperanza, destinado a mejorar la atención integral del cáncer y garantizar los servicios oncológicos, principalmente a las personas con menos recursos económicos.

La historia de resistencia de Claudia Alvarado se entrecruza con la creación del Plan Esperanza. A la pequeña le diagnosticaron el cáncer a la sangre o leucemia en junio de 2010.

Desde entonces soportó exámenes, tratamientos, dolores, una vida temprana de privaciones, sin escuela, sin amigos, pero sí de viajes agotadores entre hospitales de Lima, la capital, y su norteño departamento de origen, La Libertad.

La niña vivía en Santa Rosa, un poblado de agricultores de arroz. Desde ahí, describió para IPS su madre, Ivon Sánchez, hay que atravesar “tres pueblos muertos” para llegar en un viaje de una hora en bus a algún hospital de la ciudad de Chepén.

De Chepén, Claudia pasó a un hospital en Chiclayo, capital de otro departamento norteño, Lambayeque, y de allí a Lima, Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas, todos de la sanidad pública.

En ese centro afrontó un tratamiento severo, cubierto totalmente por el estatal Fondo Intangible Solidario de Salud  (Fissal), que financia la atención de enfermedades de alto costo, como el cáncer, de los afiliados al Seguro Integral de Salud (SIS).

El SIS, también estatal, atiende a peruanos que acrediten estar en el cuarto o quinto quintil de pobreza, como la familia de Claudia.

El 3 de enero de 2012, Claudia presentó una recaída. Su madre recuerda que se quebró de tristeza y rabia porque sabía que la palabra “recaída” podía ser el eufemismo de un viaje sin retorno. Solo quedaba como opción el trasplante de médula ósea.

Las pruebas mostraron que el hermano de Claudia, Renzo, de 12 años, no era compatible como donante. Pensábamos que todo había acabado”, contó la madre. 

Pero en noviembre de 2012, el gobierno lanzó el Plan Esperanza y, ese mismo año, el SIS y el Fissal firmaron convenios internacionales con dos hospitales de Estados Unidos para hacer trasplantes de médula ósea a niños que no responden a la quimioterapia o presentan recaídas.

Claudia recibió el trasplante el 6 de septiembre de 2013 en el Children Hospital de Miami. La operación duró ocho horas y siguieron 28 días de fiebre alta, que llegaron a  los 40 grados centígrados.

La niña resistió y llegó a Lima con su madre en diciembre. Desde entonces sigue adelante, entre sonrisas y esmaltes de diferentes y vivos colores, en su casa alquilada en un distrito populoso en el sur de Lima, donde la visitó IPS.

La familia se trasladó a la capital para estar juntos y el padre, Fortunato Alvarado, cambió su trabajo de peón en una finca por el de taxista para atender los gastos.

Espera que pasen los 200 días críticos después de la operación, sin juegos que agiten su delgado cuerpo de 18 kilos y sin contacto con otros niños para evitar enfermedades. Toma sus medicinas con disciplina y alterna el sabor de caramelos de limón con la pastilla más amarga para pasar el mal trago.

Hasta fines de 2013, el Plan Esperanza registró 57.531 personas beneficiadas, mediante una inversión pública de 6,4 millones de dólares. El plan también incluye campañas universales para prevenir y diagnosticar la enfermedad.

Se han realizado 600.000 tamizajes (evaluaciones masivas tempranas) para detectar el cáncer y tres millones de personas recibieron consejería en todo el país, informó a IPS el oncólogo Diego Venegas, coordinador del Plan Esperanza.

“Lo importante es darles tratamientos completos, que puedan concluir la terapia para salvar sus vidas”, señaló.  De las personas diagnosticadas, 75 por ciento suelen tener la enfermedad en fase avanzada, por lo que el Plan incorporó la atención a domicilio.

En su parte de tratamiento, Venegas explicó que el Plan está destinado inicialmente a los casi 13 millones de personas beneficiarias del SIS. Las neoplasias más comunes cubiertas con los recursos del Fissal son las de cuello uterino, mama, colon, estómago, próstata, leucemias y linfoma.

Los tipos de cáncer no incluidos por Esperanza son igualmente tratados en forma gratuita a los afiliados al SIS mediante un aporte extraordinario.

 

Cada tratamiento cuesta en promedio unos 260.000 dólares.

En el caso de Claudia, los costos del trasplante en Miami, el viaje de la niña y de su madre y los seis meses de permanencia en Estados Unidos superan los 300.000 dólares, a los que hay que sumar el tratamiento previo y posterior de quimioterapias y medicinas.

Susana Wong, presidenta del Club de la Mama del Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas, ha visto desfilar por la organización a centenares de pacientes con carcinomas mamarios que se han beneficiado del Plan Esperanza.

“La gente ahora tiene una oportunidad para vivir porque el tratamiento es muy costoso. Cuando te detectan esta enfermedad, piensas que todo acabó, pero si encuentras que existe un programa que puede ayudarte, sigues adelante y luchas”, contó a IPS esta mujer a la que detectaron cáncer de mama en 2006.

El médico Miguel Garavito, jefe del Fissal, destacó que el financiamiento estatal se compensa por la cantidad de casos atendidos, principalmente de la población más pobre, y el éxito de los trasplantes.

“Perú es uno de los pocos países en el mundo que tiene esta cobertura financiera oncológica”, señaló a IPS.

El país aún construye un registro más preciso de los casos de cáncer debido a que sólo se tiene información de las tres ciudades más importantes: Lima, Arequipa y Trujillo.

Además, Venegas asegura que se necesita más personal, capacitación para conocer los avances en el tratamiento de la enfermedad y una mayor descentralización en la atención para beneficiar a los enfermos de las provincias.

Se está por formar una comisión multisectorial para enfrentar el cáncer desde sus diversos flancos, como la mejora en el acceso al agua potable y alcantarillado que tiene un impacto directo en la enfermedad.

Por ejemplo, en el central departamento de Huánuco, donde 70 por ciento de sus habitantes carecen de agua potable, la muerte por cáncer gástrico es de 150 personas por 100.000 habitantes, bastante por encima del promedio nacional. Este tipo de cáncer, según Venegas, está asociado a la calidad de agua que se consume.

El cáncer, como problema de salud pública, merece una respuesta contundente desde el Estado, al menos tan fuerte como el carácter de Claudia, que ha pasado más de la mitad de su vida enfrentando esta enfermedad, aferrada a sus esmaltes preferidos.

 
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