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Huérfanos de Ruanda con futuro incierto

Deborah (de rojo), una adolescente de 14 años que perdió a sus padres siendo una niña pequeña, vive en el orfanato Centro Memorial de Gisimba, en Kigali, Ruanda. Crédito: Amy Fallon/IPS

Deborah (de rojo), una adolescente de 14 años que perdió a sus padres siendo una niña pequeña, vive en el orfanato Centro Memorial de Gisimba, en Kigali, Ruanda. Crédito: Amy Fallon/IPS

KIGALI, 16 jul 2014 (IPS) - Todos los días, Deborah, de 14 años, se despierta en un orfanato, donde vive y desde el que va a la escuela y vuelve. No importa cuándo ni por cuánto tiempo se vaya, siempre regresará al centro, ubicado én esta capital de Ruanda.

“Aquí es donde vivo, este es mi hogar”, confirmó la adolescente, sentada en un banco de madera junto a otros niños y niñas del orfanato Centro Memorial de Gisimba, donde había estado coloreando muy concentrada el nacimiento de una familia conocida: María, José y Jesús.

Deborah vivió con sus padres solo tres años, hasta que murió su madre. Su padre falleció dos años después. Ambos a causa del sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida). Sus cuatro hermanas y hermanos también viven en el orfanato, ubicado en el barrio capitalino de Nyamirambo.

Peter Gisimba y su esposa Dancilla fundaron el orfanato, que comenzó a aceptar niños y niñas que quedaron huérfanos por distintas circunstancias en los años 80. La pareja murió a fines de esa década, y la institución cambió a su nombre actual en 1990, cuando vivían allí unos 50 menores, su máxima capacidad.

"Décadas de investigaciones muestran que los orfanatos no pueden ofrecer la asistencia que necesitan los niños para desarrollarse en todo su potencial, lleva a trastornos de apego y genera retrasos en el desarrollo que pueden ser físicos, intelectuales, comunicacionales, sociales y emocionales”: Annet Birungi, consultora en comunicaciones.

La situación se mantuvo hasta 1994, cuando ocurrió el genocidio, y unas 700 personas se alojaron allí. “La gente dormía en los dormitorios, afuera, en todos los lados mientras estuvieran juntas”, recordó Elie Munezero a IPS.

Se estima que entre 800.000 y un millón de tutsis y hutus moderados fueron asesinados en una masacre que duró 100 días y que se inició tras la muerte de los entonces presidentes de Ruanda, Juvénal Habyarimana, y de Burundi, Cyprien Ntaryamira, cuando el 6 de abril de 1994 el avión donde viajaban fue derribado por un misil cerca de Kigali, para impedir que firmaran un acuerdo de paz.

En la actualidad, unos 125 jóvenes viven en el orfanato. “Todas las generaciones”, explicó Munezero, de 50 años. “Bebés, niños pequeños, adolescentes y adultos jóvenes”, detalló. El más pequeño tiene dos años y los dos mayores, 30. Alrededor de 40 por ciento tiene menos de 16 años.

Deborah y sus hermanos son algunos de los 2.171 menores que se estiman viven en los 29 orfanatos en este país de África oriental, indicó Annet Birungi, consultora en comunicaciones de la Comisión Nacional para la Infancia y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef).

Nueve años en un orfanato, como es el caso de Deborah, no sorprende a Birungi, quien mencionó los alarmantes resultados de la Encuesta Nacional sobre la Atención Institucional, realizada por el Ministerio de Género y Promoción de la Familia (Migeprof, en inglés) entre 2011 y 2012, y organizaciones como Hopes and Homes for Children (HHC). El estudio reveló que 13,6 por ciento de las niños y los niñas acogidos en instituciones hace más de 15 años que viven allí.

Vivir en una institución asistencial puede dejarles secuelas de por vida. Los más vulnerables son los de cero a tres años.

“Décadas de investigaciones muestran que los orfanatos no pueden ofrecer la asistencia que necesitan los niños para desarrollarse en todo su potencial, lleva a trastornos de apego y genera retrasos en el desarrollo que pueden ser físicos, intelectuales, comunicacionales, sociales y emocionales”, explicó Birungi.

Además, apuntó, en esas instituciones existe “abuso, negligencia, violencia física y sexual, aislamiento y marginación son comunes”.

Antes de la época colonial, existía la cultura de tratar “a cada niño como propio”, indicó.

“Los menores eran de la comunidad y cuando una madre moría, era responsabilidad de las tías y los abuelos y amigos de la familia hacerse cargo de los huérfanos”, abundó Birungi.

Se estima que la masacre de 1994 dejó por lo menos un millón de niños y niñas sin madres. Durante y después del genocidio, las mujeres se hicieron cargo de forma informal de niños del grupo étnico contrario. En ese momento, se las alentó a ser “malayika mulinzi” (ángel guardián); operaron sistemas de “parentesco y de asistencia de cuidado tutelar”, aunque fuera de forma informal.

Entonces surgieron la mayoría de los orfanatos que existen en la actualidad, pero la mayoría carece de planes de egreso para quienes alcanzan la edad prevista.

Además, la idea de que es mejor que niñas y niños estén institucionalizados en vez de con familias sustitutas deriva en que se los deje en los orfanatos. Si bien es verdad que algunos de los centros ofrecen refugio, alimentos, vestimenta, salud y educación, también es cierto que no pueden ofrecer el amor de una familia.

Actualmente, no hay luz ni agua en Gisimba. Ambos servicios fueron cortados debido a facturas sin pagar, reveló Munezero. “Nada funciona”, añadió con desesperación.

Uno de los grandes problemas de los menores institucionalizados es que puede haber algunos que tenga algún familiar vivo. “Puede seguir llamándole huérfano, pero no lo es”, reconoció Munezero.

El Foro de Políticas Infantiles de África, una organización independiente sin fines de lucro indicó que la mayoría de los llamados “huérfanos” que adoptan los extranjeros en África, tienen por lo menos uno de sus padres vivo.

Ruanda suspendió en agosto de 2010, de forma temporal, la adopción internacional para que el país trabaje en la implementación de la Convención de La Haya sobre la Protección de Menores y la Cooperación en materia de Adopción Internacional, de 1993, que llama a los estados a considerar soluciones nacionales antes que la adopción internacional.

Burungi señaló que el gobierno quiere revivir la cultura de “tratar a cada niño como propio”. La Comisión Nacional para la Infancia trabaja con la organización HHC para reintegrar a los residentes de Gisimba con su familia.

Un equipo psicosocial capacitado por la Comisión está en las últimas etapas de la reintegración.

Gisimba se transformará en una escuela primaria para los niños y las niñas de la zona, según Birungi. El 10 de julio, HHC anunció que ya se mudaron los primeros cinco niños de Home of Hope, otra institución de asistencia de Kigali.

La directora de HHC en Ruanda, Claudine Nyinawagaga, dijo que había numerosos servicios de atención alternativa disponibles para los niños del país, incluso “atención familiar”, que es cuando un joven queda a cargo de una familia extendida, vecinos o amigos.

Pero el proceso nacional de adopción todavía está por implementarse completamente, y desde que el HCC comenzó el cierre de la primera institución de Ruanda, un solo niño lo completó. Las pautas redactadas por la Comisión el trámite nacional e internacional esperan la aprobación del gabinete ruandés.

Por ahora, Deborah sigue bajo tutela institucional.

“Me gusta cantar y la batería”, respondió al ser consultada por las actividades que le gusta realizar en su tiempo libre. “Tenemos un pequeño coro en el que participo”, indicó.

A pesar de las dificultades, es ambiciosa y se proyecta hacia el futuro “para trabajar en la industria y hacer jugo de fruta y yogur”, añadió.

 

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