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Indígenas del Pacífico necesitan fondos para luchar contra VIH/sida

Doris Peltier,  indígena y coordinadora de CAAN, se enteró de que era portadora del VIH a los 44 años. Crédito: Neena Bhandari/IPS.

Doris Peltier, indígena y coordinadora de CAAN, se enteró de que era portadora del VIH a los 44 años. Crédito: Neena Bhandari/IPS.

SYDNEY, Australia, 29 jul 2014 (IPS) - A Marama Pala, originaria de Waikanae, en la costa occidental de la isla Norte de Nueva Zelanda, le diagnosticaron VIH a los 22 años. La noticia se propagó como reguero de pólvora en su muy cerrada comunidad maorí.

Era 1993, pero aun ahora, observó, hay una actitud de “avergonzar y culpar” en relación con el VIH (virus de inmunodeficiencia humana), causante del sida (síndrome de inmunodeficiencia humana), que impacta enormemente en las poblaciones indígenas.

“Si eres portador del VIH, te ven ‘sucio’, como si fueras un drogadicto o una prostituta. Nuestra población no busca ayuda por el estigma, la discriminación y la criminalización, sino por el temor a ser acusado, perseguido o encarcelado”, explicó Pala, quien junto a su esposo (también seropositivo) se ocupan de la Fundación para VIH/sida INA (indígenas maorí del Pacífico sur).

La Fundación tiene un enfoque cultural para crear conciencia sobre el VIH/sida, educar, prevenir e intervenir.

“No podemos pretender que el VIH/sida existe aislado. El problema de la justicia social es sistémico. Tenemos que ser capaces de presionar sobre mecanismos internacionales de derehos humanos para que los países asuman su responsabilidad”: Trevor Stratton.

“En los últimos cinco años, aumentaron las nuevas infecciones en Nueva Zelanda y, en especial, entre los maoríes, porque nos hacemos el análisis tarde. Las personas que tienen comportamientos de riesgo no suelen hacerse el análisis sino hasta que ya están muy enfermas”, explicó Pala, quien tiene dos hijos.

“Nuestras mujeres mueren porque tienen miedo de tomar la medicación, lo que en parte se debe al estigma y a la discriminación. Los antirretrovirales están disponibles en nuestro país y no deberían morir en esta época ni a esta edad”, se lamentó Pala, quien integra la junta de directores del Consejo Internacional de Organizaciones con Servicio contra el Sida (Icaso, en inglés).

“Hay 130 indígenas con VIH en Australia, pero aparte de mí, hay una sola mujer que habla abiertamente sobre el sida”, aseguró Michelle Tobin, quien contrajo el virus a los 21 años.

Ella se ennovió con un hombre con VIH. Pero “fui ingenua y creí que no me pasaría a mí”, reconoció. “A los seis meses me diagnosticaron el virus. Tuve una hija y toda mi atención se concentró en ella”, relató en entrevista con IPS.

“A principios de los años 90, en Melbourne, no nos ofrecían tratamiento tras el diagnóstico. Perdimos a mucha gente, incluso a mi marido”, recordó Tobin, quien pertenece a la nación yorta yorta.

Algunas personas de su comunidad piensan que todavía contagia y no quieren estar de cerca de ella, pero la lucha hizo que Tobin se volviera una férrea defensora de las indígenas con VIH/sida.

“Las aborígenes son una minoría dentro de la minoría con VIH. Necesitamos más recursos y fondos para que las mujeres puedan hablar de prevención, tratamiento, aislamiento, confidencialidad, vivienda y otra gran variedad de asuntos que nos afectan”, explicó Tobin, presidenta de la Alianza Nacional Anwenekenhe de VIH e integrante del comité de la Red de Indígenas e Isleños del estrecho de Torres Positivos (Pastin, en inglés).

Además de apoyar los objetivos de la Declaración Política de las Naciones Unidas sobre VIH y Sida, Australia también adoptó el Plan de Acción Eora sobre VIH 2014, que se fija objetivos estratégicos para concentrar la atención en la prevención, incluida una mejor atención clínica para indígenas y comunidades insulares del estrecho de Torres.

La última Preconferencia Internacional de Indígenas sobre VIH y Sida, organizada por el Grupo Internacional de Trabajo de Indígenas sobre VIH y Sida (IIWGHA, en inglés) en asociación con la Comisión Organizadora de Isleños del estrecho de Torres e Indígenas Australianos (AATSIOC), realizado en Sydney del 17 al 19 de julio, se llamó: “Nuestra historia, nuestro tiempo, nuestro futuro”.

En el encuentro se subrayó la necesidad de aumentar los datos epidemiológicos con énfasis en grupos indígenas, pues la falta de información complica el diseño de estrategias de tratamiento como prevención.

“En Canadá, tenemos pruebas de que la población indígena contrae VIH tres veces y medio más rápido que la población en general”, indicó Trevor Stratton, coordinador del IIWGHA para la Red Canadiense Aborigen sobre Sida (CAAN), en entrevista con IPS.

“Creemos que es una tendencia mundial, pero no tenemos datos epidemioloógicos. Buscamos esa información porque es lo que necesitamos para que las culturas dominantes nos reconozcan como una población clave con mayor riesgo de contraer VIH/sida, junto con hombres homosexuales y trabajadores sexuales, para que el gobierno libere fondos y podamos buscar soluciones”, remarcó.

A Stratton, de 49 años y originario de Mississaugas de la Primera Nación de New Credit, en Ontario, descendiente de inglés y ojibwe, le diagnosticaron VIH en 1990.

Él cree que las poblaciones indígenas son particularmente vulnerables por la “colonización, el neocolonialismo, la extracción de recursos y la asimilación, entre otras cuestiones similares” que los colocan en lo más abajo de la clasificación según indicadores sociales como la salud.

Según la Oficina de Estadísticas de Australia, la tasa de diagnósticos de VIH entre pobladores originarios e isleños del estrecho de Torres fue sustancialmente mayor que entre las australianas no indígenas (1,5 comparado con 0,4 cada 100.000 habitantes).

Entre 2004 y 2014, hubo 231 aborígenes e isleños del estrecho de Torres diagnosticados con VIH. En 2013, la tasa de nuevas infecciones fue mayor en la población indígena (5,4 cada 100.000 habitantes), que en la australiana no originaria (3,9 cada 100.000 habitantes).

“No podemos pretender que el VIH/sida existe aislado”, remarcó Stratton. “El problema de la justicia social es sistémico. Tenemos que ser capaces de presionar mecanismos internacionales de derehos humanos para que los países asuman su responsabilidad”, añadió.

“Tenemos que alentar a los estados nación a seguir las recomendaciones de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas y el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, que se refiere a la participación de los indígenas”, concluyó.

El mandato del IIWGHA y su plan estratégico se basa en la “Carta de Toronto: Plan de Acción de los Pueblos Indígenas” que reconce el derecho de los aborígenes a la autonomía, la justicia social y los derechos humanos.

Doris Peltier, indígena y coordinadora de CAAN trabaja con mujeres pobres, algunas de las cuales perdieron a sus hijos tras recibir el diagnóstico positivo.

A ella le diagnosticaron el virus a los 44 años, cuando era una activa consumidora de drogas en Toronto. Peltier asegura que problemas como el temor a perder a su hijo, se transforman en barreras que impiden que la gente hable sobre su situación.

“Un sistema social que se supone que está para ayudar a las mujeres, es el que les crea barreras”, dijo a IPS.

Cuando decidió volver a su hogar y recuperar los vínculos con su familia y su comunidad en Wikwemikong, Ontario, algunos la apoyaron, pero otros se mostraron reticentes a recibirla.

 

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