Los balseros siguen como herida abierta en Cuba, 20 años después

Cualquier material sirvió a los cubanos que querían salir de la isla para lanzarse al mar en todo tipo de balsas y tratar de llegar a Estados Unidos, en agosto de 1994. Crédito: Creative commons

Lágrimas, silencios y evasivas son las reacciones de los cubanos, al ser preguntados sobre la crisis de los balseros, a dos décadas de un éxodo que no tiene igual en el continente americano que todavía es un tema tabú en esta nación caribeña.

Balseros se acuñó entonces para quienes migran de Cuba en embarcaciones más que precarias rumbo a Estados Unidos, una vía temeraria detectada desde 1961, que se usó en forma masiva en agosto de 1994 y persiste actualmente, aunque la ley migratoria local se hizo más abierta en 2013.

“Aquí no se habla de los balseros en la prensa (toda estatal). La gente que sabe algo es por la antena” (acceso clandestino a televisoras extrajeras), dijo a IPS el habanero de 66 años Frank López, testigo de la última gran diáspora de esta nación insular caribeña.

Según el Servicio de Guardacostas de Estados Unidos, el flujo migratorio desde Cuba por mar es ahora estable. A los dos países les separan apenas 90 millas (167 kilómetros) entre los dos puntos más cercanos, pero ahora se incluyen rutas más complejas con destinos intermedios como México, Islas Caimán y Puerto Rico.

Alrededor de 1.271 balseros fueron interceptados en alta mar durante el periodo octubre 2012-septiembre 2013, frente a los 1.275 regresados a Cuba en el período anterior, en cumplimiento de los acuerdos bilaterales vigentes.

Según la Ley de Ajuste Cubano, vigente en Estados Unidos desde 1966, todo cubano que toca suelo de ese país tiene derecho a residencia permanente, en un punto sensible del conflicto bilateral. La Habana aduce que esa norma alienta la emigración ilegal y Washington riposta que responde al descontento en Cuba por las políticas del gobierno socialista, en el poder desde 1959.

Pero la situación poco tiene que ver con el convulso verano boreal de 1994, cuando más de 36.000 cubanos se lanzaron al mar rumbo al norte en botes de pescadores, balsas rústicas hechas con maderas y neumáticos de camión, a remos o con motores.

Desde comienzos de aquel año aumentaron los cubanos que intentaban cruzar el estrecho de La Florida, mientras se encrespaban las posiciones de los dos gobiernos, que no tienen relaciones diplomáticas formales, a lo que se suma desde 1962 el embargo a Cuba por las sucesivas administraciones de Washington.

Entre julio y los primeros días de agosto, grupos de cubanos secuestraron al menos cuatro naves estatales, en intentos exitosos o fallidos de llegar a Estados Unidos. Además, la situación migratoria fue el telón de fondo de graves disturbios en La Habana el 5 de agosto, conocidos como el “Maleconazo”, los primeros en tres décadas en el país.

El entonces mandatario Fidel Castro (1959- 2008) emplazó al gobierno estadounidense de Bill Clinton (1993-2001) a desalentar la oleada de salidas ilegales o Cuba dejaría de oponerse a ellas. Castro consideraba que era alentada por la acogida y ayudas a los balseros, mientras no se cubrían las 20.000 visas anuales pactadas por los dos gobiernos en 1984.

Solo 11.122 personas recibieron visado estadounidense por esa vía entre 1987 y 1994, de las 160.000 posibles.

El inicio de la crisis de los balseros se marca en el 12 de agosto, cuando Castro ordenó a los guardacostas dejar de impedir y vigilar la salida de migrantes, tras un nuevo incidente con una embarcación. Los controles se retomaron el 13 de septiembre, tras abrirse un primer diálogo entre los dos gobiernos.

Muchos de los que vivieron aquellos días, dicen que los marcaron para siempre.

“Una multitud se reunía en la costa para despedir a los que se iban”, recordó López. “Yo fui al muelle de Cojímar (suburbio de La Habana) para verlo todo y que nadie me hiciera un cuento”, dijo.

Entre lo mucho que le impresionó, citó los carteles de “Se venden balsas” colgados en las viviendas y la llegada constante de vehículos con embarcaciones, algunas inverosímiles, y grupos prestos a navegar las 90 millas que separan las dos orillas.

Clara Domínguez afirmó en una conversación con IPS en la ciudad estadounidense de Miami que “nunca” se arrepintió de haber zarpado, el 21 de agosto de 1994, junto a su esposo y un hijo por la costa habanera, aún sabiendo que todos los balseros serían concentrados en la Base Aeronaval estadounidense de Guantánamo, en el oriente cubano.

Clara Domínguez, una balsera que salió de Cuba el 21 de agosto de 1994, junto a su esposo y su hijo, en la calle de la ciudad estadounidense donde vive ahora. Crédito: Ivet González /IPS
Clara Domínguez, una balsera que salió de Cuba el 21 de agosto de 1994, junto a su esposo y su hijo, en la calle de la ciudad estadounidense donde vive ahora. Crédito: Ivet González /IPS

En esa base e instalaciones similares en Panamá y el campamento de refugiados de Krome, en el estado estadounidense de La Florida, el gobierno de Clinton retuvo a los miles de migrantes para decidir sus destinos, en una especie de limbo que duro dos años.

Cuba aceptó la repatriación voluntaria tras un primer acuerdo bilateral el 9 de septiembre, al que se acogieron algunos balseros. La mayoría apostó por el futuro incierto de las conversaciones entre los dos gobiernos, que cristalizaron en mayo de 1995, cuando Washington pasó a extenderles paulatinamente visas humanitarias.

La crisis concluyó formalmente en enero de 1996, al salir el último refugiado de Guantánamo.

Sin poder contener las lágrimas, Domínguez remarcó que “es un aniversario desgraciado” el del éxodo. “Tuvimos que salir de Cuba por la falta de libertad y de oportunidades”, indicó la mujer de 68 años.

Cuba entró en una depresión económica que se prolonga hasta ahora, a raíz de la extinción de la Unión Soviética, en 1991.

Para Domínguez, lo más positivo del hecho fueron los acuerdos de 1994 y 1995, mediante los que Estados Unidos otorga un mínimo de 20.000 visas anuales y se prioriza la emigración ordenada y segura.

El lado más triste de la migración balsera, a la que se arriesgan también cada año miles de dominicanos y haitianos, son las muertes y desapariciones en las aguas turbulentas e infectadas de tiburones del estrecho floridano, donde operan además redes de tráfico de drogas y personas.[related_articles]

Nancy Reyes, de 74 años, no tiene noticias de su único hijo desde 1992. “Solo supe que se iba para afuera. Vivo con esa incertidumbre”, contó a IPS esta residente de la ciudad de Matanzas, a 87 kilómetros al este de La Habana.

La lucha contra la emigración ilegal y el contrabando de personas es permanente en la agenda de diálogo que, con sus altas y bajas, mantienen desde entonces La Habana y Washington.

“Sería muy difícil que volviera a repetirse una crisis similar”, aseguró a IPS el investigador Antonio Aja.

Las migraciones por vía marítima se comportan en función de dos factores fundamentales: la situación interna de Cuba y el cumplimiento del convenio migratorio por la parte estadounidense, según estudios citados por Aja.

En 2013 se decretó un ajuste a las normas migratorias, que flexibilizaron los trámites para salir y regresar a Cuba. Por su parte, la Oficina de Intereses de los Estados Unidos en La Habana comenzó a otorgar visas de entradas múltiples por cinco años a los visitantes cubanos.

Un año antes, según datos oficiales, en este país de 11,2 millones de personas emigraron 46.662. Pero ahora lo hacen mayoritariamente por avión.

Editado por Estrella Gutiérrez

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