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Muerte de líder socialista devuelve a verdes tercera via brasileña

Eduardo Campos y Marina Silva,  una fórmula para las elecciones presidenciales de octubre que debe recomponer el Partido Socialista Brasileño tras la muerte del candidato en u accidente aéreo. Crédito: Agência de Brasil /EBC

Eduardo Campos y Marina Silva, una fórmula para las elecciones presidenciales de octubre que debe recomponer el Partido Socialista Brasileño tras la muerte del candidato en u accidente aéreo. Crédito: Agência de Brasil /EBC

RÍO DE JANEIRO, 15 ago 2014 (IPS) - La muerte de Eduardo Campos, candidato socialista a la Presidencia de Brasil, abre una oportunidad inesperada para que la lideresa ambientalista Marina Silva vuelva con renovada fuerza a luchar por gobernar Brasil, como una tercera via en una campaña muy polarizada.

Silva, exministra de Medio Ambiente entre 2003 y 2008, cuenta con el capital electoral de haber logrado 19,6 millones de votos en los comicios presidenciales de 2010, 19,3 por ciento del total, y de tener una imagen vinculada con la renovación de la política brasileña.

Los sinuosos caminos, poblados de tragedias, que la llevaron a la posición formalmente subalterna de candidata a la vicepresidencia en la fórmula de Campos, pueden devolverle ahora al primer plano en condiciones más favorables.

Además de conservar gran parte del apoyo popular conquistado en 2010, las encuestas apuntan que la más favorecida entre los líderes políticos por las multitutidanarias protestas que se produjeron en las grandes ciudades brasileñas en junio y julio de 2013, en rechazo a la política tradicional.

En cualquier caso, analistas no descartan la posibilidad de una segunda vuelta electoral entre dos mujeres y exministras de Lula. Pero falta conocer hasta dónde llega la capacidad de renuncia de los dirigentes del PSB a sus idearios.

La conmoción nacional provocada por la muerte de Eduardo Campos, en un accidente aéreo el miércoles 13, ayudaría también a dar nuevo empuje a una candidatura que busca romper el bipartidismo brasileño.

La disputa por la Presidencia, cuya primera vuelta electoral se celebrará el 5 de octubre, se dirime, según todos los sondeos, entre los aspirantes del Partido de los Trabajadores (PT), que gobierna Brasil desde 2003, y el Partido de la Socialdemocracia Brasileña (PSDB), que lo hizo entre 1995 y 2002.

Marina Silva comenzó su carrera política en el pequeño estado nororiental de Acre, en la Amazonia, donde nació en 1958. Solo se alfabetizó a los 16 años, después que dejó los bosques para cuidar de su salud, afectada por hepatitis, malaria y leishmaniosis.

La estrecha colaboración con Chico Mendes, líder sindical de los extractores de caucho natural en Acre convertido en mártir del ambiente amazónico al ser asesinado en 1988, impulsó sus primeros triunfos electorales.

Senadora desde 1994, era una de las principales dirigentes del PT, que conquistó el poder con el presidente Luiz Inacio Lula da Silva (1 de enero 2003-1 de enero 2011).

Fue su ministra de Medio Ambiente hasta que en 2008 renunció, al discrepar con la política de Lula en lo que calificó como “crecimiento material a cualquier costo”, en desmedro de los pobres y el ambiente.

Un año después dejó el PT y se afilió al pequeño Partido Verde (PV) para disputar las elecciones presidenciales de 2010, en que triunfó Dilma Rousseff, del PT. Quedó en tercer lugar, pero con un caudal de votos sorprendente.

Luego dejó también el PV, refractario a sus propuestas de cambios, e intentó junto con sus colaboradores crear una agrupación política de nuevo tipo, la Red Sustentabilidad. Pero la Justicia Electoral la rechazó por insuficiencia de firmas de electores en el pedido de registro.

Para no ser excluida de la contienda, Silva se afilió al Partido Socialista Brasileño (PSB) presidido por Campos, en una alianza coyuntural que se tradujo en la fórmula con Campos para la presidencia y ella para la vicepresidencia.

Con la muerte de Campos, ella aparece como sustituta natural, pero le toca al PSB nombrar su nuevo candidato presidencial en un plazo de 10 días, que concluye el 23 de agosto.

Abjurar de esa salida, presentaría al PSB como coadyuvante al bipartidismo que gobierna el país hace 20 años y le haría perder relevancia en otros niveles del poder, como parlamentos y ejecutivos estaduales. En ese objetivo, Campos resulta “insustituible”, reconoció un parlamentario socialista.

El dilema para el PSB es que aceptar a Silva como candidata es otra especie de suicidio, por la pérdida de identidad. Son numerosas las discrepancias entre la ambientalista y las políticas desarrolladas por el partido.

El PSB, que nombró los ministros de Ciencia y Tecnología durante los dos gobiernos de Lula, favoreció proyectos de energía nuclear y siembras transgénicas, rechazados por los ambientalistas, incluida Silva.

Campos fue uno de esos ministros en el bienio 2004-2005 y reforzó su popularidad como gobernador de Pernambuco entre 2006 e inicios de 2014, gracias al acelerado crecimiento económico y desarrollo industrial que condujo en su estado, ubicado en el Nordeste, la región más pobre de Brasil.

Megaproyectos, como el complejo industrial del Puerto de Suape, el trasvase del Rio São Francisco para llevar agua al interior semiárido del Nordeste y el ferrocarril Transnordestina, fueron decisivos para que Pernambuco tuviera el mayor crecimiento económico entre los estados brasileños durante los últimos años.

Son planes a los que los ambientalistas contraponen numerosas restricciones y que componen una política desarrollista que contradice en muchos aspectos la sustentabilidad pregonada por la Red de Silva.

Se trata de proyectos iniciados o reanudados la pasada década por Lula, de que Campos fue un importante y fiel aliado. Su PSB rompió con el gobierno del PT y la presidenta Rousseff solo el año pasado.

Campos, con una popularidad de más de 70 por ciento en Pernambuco, se presentó entonces como alternativa al poder acaparado por laboristas y socialdemócratas. Pero preservaba la administración de Lula y concentraba sus críticas al período de Rousseff.

Esa distinción pudo obedecer a cálculos electorales, porque la popularidad de Lula sigue alta, pero también a la afinidad. Campos fue heredero político de Miguel Arraes, su abuelo y un mito de la izquierda brasileña que gobernó Pernambuco en tres períodos, pero también fue un discípulo de Lula.

Igual que Lula, fue un maestro del diálogo, de la construcción de alianzas incluso entre opuestos, acercándose tanto a empresarios como a comunidades pobres, atendiendo a fuerzas del mercado y promoviendo políticas sociales. Rousseff perdió apoyo en el empresariado por su política económica.

Campos tuvo que redoblar su esfuerzo por ganar el apoyo de grandes agricultores y ganaderos, ante el rechazo de ese sector a su compañera de fórmula, cuyo ambientalismo se encara como un obstáculo a la expansión del llamado agronegocio.

Pese a sus contradicciones, la unión de Campos y Silva fortaleció la tercera via en las elecciones brasileñas. La desaparición del primero puede contrariar la aritmética e incrementar los votos de esa alternativa, ya que ella comienza con una base electoral más amplia y se beneficia del cansancio de los brasileños ante la política tradicional.

En julio, según el último sondeo de Instituto Data Folha, Rousseff tenía 36 por ciento de la intención de voto, Aecio Neves, del PSDB, 20 por ciento y el fallecido Campos ocho por ciento.

Pero estos días se subrayan dos puntos débiles de Silva. Uno es alejar a sectores productivos con su discurso ecológico, y por ende las donaciones para su campaña. Otro es su exhibida pertenencia a la Iglesia Pentecostal, que le genera apoyo entre los crecientes fieles evangélicos, pero rechazo entre los de la mayoritaria Iglesia Católica.

En cualquier caso, analistas no descartan la posibilidad de una segunda vuelta electoral entre dos mujeres y exministras de Lula. Pero falta conocer hasta dónde llega la capacidad de renuncia de los dirigentes del PSB a sus idearios.

Editado por Estrella Gutiérrez

 

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