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Sociedad civil exige investigación del avión derribado en Ucrania

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Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la OTAN, se dirige al público en Austin, Estados Unidos. Crédito: DVIDSHUB/Fuerzas Militares de Texas/Foto del sargento Eric Wilson/CC-BY-2.0

Anders Fogh Rasmussen, secretario general de la OTAN, se dirige al público en Austin, Estados Unidos. Crédito: DVIDSHUB/Fuerzas Militares de Texas/Foto del sargento Eric Wilson/CC-BY-2.0

NUEVA YORK, 2 sep 2014 (IPS) - Resulta paradójico que en este momento de la historia cuando tantas personas y países conmemoran el centenario del gran y desafortunado tropiezo que tuvo el planeta con la Primera Guerra Mundial (1914-1918), las grandes potencias y sus aliados una vez más provocan nuevos peligros en que los gobiernos parecen semidormidos en el camino a reanudar viejas batallas de la Guerra Fría. 

Los distintos medios nacionales y nacionalistas difunden un aluvión de información contradictoria con versiones alternativas de la realidad que provocan y avivan enemistades y rivalidades través de las fronteras nacionales.

Además, el inquietante ruido de sables de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) favorecerá la guerra y las hostilidades sin fin.

El mundo poco puede permitirse los billones de dólares en gasto militar y los billones de neuronas perdidas en la guerra cuando nuestro planeta está bajo presión y necesita la atención crítica de nuestras mejores mentes.

El secretario general de la OTAN, Anders Rasmussen, anunció que la organización desplegará sus tropas por primera vez en Europa oriental desde que terminó la Guerra Fría, con la construcción de un “plan de acción para la preparación” que aumentará la capacidad militar de Ucrania.

“En el futuro verán una presencia más visible de la OTAN en el este”, advirtió Rasmussen, a la vez que retiró la invitación a Rusia para asistir en septiembre a la reunión de la agrupación en Gales.

Estados Unidos y Rusia poseen más de 15.000 de las 16.400 armas nucleares del mundo. La humanidad no puede darse el lujo de mantenerse al margen y permitir que estos puntos de vista conflictivos de la historia y evaluaciones opuestas de los hechos provoquen una confrontación militar del siglo XXI entre las grandes potencias y sus aliados.

Aunque reconocemos con tristeza el trauma que sufrieron los países de Europa oriental tras años de ocupación soviética y comprendemos su deseo de protección de la alianza militar de la OTAN, debemos recordar que Rusia perdió 20 millones de personas en la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) por la embestida nazi y, por lo tanto, exhibe un recelo comprensible ante la expansión de la OTAN hasta sus fronteras en medio de un entorno hostil.

Esto a pesar de la promesa que se le hiciera al exmandatario soviético Mijaíl Gorbachov (1985-1991) de que la OTAN no se extendería hacia el este, más allá de la incorporación de Alemania Oriental a esa alianza oxidada de la Guerra Fría, cuando el muro de Berlín cayó de manera pacífica y la Unión Soviética puso fin la ocupación de Europa oriental que comenzó tras la Segunda Guerra Mundial.

Rusia perdió la protección del Tratado de Misiles Antibalísticos (1972), que Estados Unidos abandonó en 2001, y observa con recelo las bases de misiles que se extienden como un cáncer por los nuevos estados miembros de la OTAN hacia sus fronteras, mientras que Washington rechaza los reiterados intentos de Moscú de negociar un tratado para prohibir las armas en el espacio, así como su solicitud de ingreso a la OTAN.

¿Por qué existe la OTAN todavía? Esta reliquia de la Guerra Fría se utiliza para avivar las hostilidades y divisiones entre Rusia y el resto de Europa.

La sociedad civil exige que una investigación internacional independiente se encargue de revisar los acontecimientos que condujeron en Ucrania al derribo del vuelo de Malaysia Airlines MH17 y de los procedimientos que se utilizan para revisar las consecuencias catastróficas, incluso esta última serie de acciones hostiles por parte de la OTAN.

De hecho, Rusia ya solicitó una investigación de los hechos en torno a la caída del avión de Malasia. La investigación internacional debe determinar fácticamente la causa del accidente y hacer que los responsables respondan por sus actos ante las familias de las víctimas y los ciudadanos del mundo que desean fervientemente la paz y la solución pacífica de los conflictos existentes.

Más importante aún, se debe incluir una presentación justa y equilibrada de lo que llevó al deterioro de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia tras la caída del muro de Berlín, y a la postura hostil y polarizada en la que ambos, junto con sus aliados, se encuentran ahora que la OTAN amenaza con una mayor militarización y provocaciones contra Moscú en Europa oriental.

El Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, con el acuerdo de Estados Unidos y Rusia, aprobó la Resolución 2166 con respecto al avión de Malasia, que exige que los responsables respondan por sus actos, el acceso pleno al sitio del siniestro y el cese de la actividad militar, algo que lastimosamente se incumplió en varias ocasiones desde el incidente.

Una de las disposiciones de la Resolución 2166 señala que el Consejo “apoya los esfuerzos encaminados a establecer una investigación internacional completa, exhaustiva e independiente del incidente de conformidad con las directrices de aviación civil internacional”.

Además, el Convenio sobre el Arreglo Pacífico de Controversias Internacionales, adoptado en la Conferencia Internacional de la Paz de La Haya en 1899 y modificado en 1909, se utilizó con éxito en el pasado para resolver problemas entre los Estados y evitar la guerra.

Sin importar el foro donde se reúna y evalúe de manera imparcial la evidencia, el mundo debe conocer todos los hechos y circunstancias relativas a cómo llegamos a esta lamentable situación hoy en nuestro planeta y cuáles podrían ser las soluciones.

Se insta a todos los miembros de la OTAN, junto con Rusia y Ucrania, a poner fin a la interminable carrera armamentista, que solo alimenta al complejo industrial-militar contra el cual advertía el presidente estadounidense Dwight Eisenhower (1953-1961).

Los países deben participar en la diplomacia y las negociaciones, y no en la guerra y las acciones hostiles que los enfrentan.

El mundo poco puede permitirse los billones de dólares en gasto militar y los billones de neuronas perdidas en la guerra cuando nuestro planeta está bajo presión y necesita la atención crítica de nuestras mejores mentes y pensamientos.

La abundancia de recursos que se desvían sin pensar para la guerra debe estar a disposición para enfrentar los retos que nos esperan en la creación de un futuro habitable para la vida en la tierra.

Editado por Kanya D’Almeida / Traducido por Álvaro Queiruga

 

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