La doble moral del Norte ante las bombas de racimo
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La doble moral del Norte ante las bombas de racimo

Ta Doangchom, víctima de una bomba de racimo, al lado de las prótesis caseras del Centro Nacional de Rehabilitación – Empresa Cooperativa de Ortopedia y Prótesis, en Vientiane, Laos. Crédito: Irwin Loy/IPS

Ta Doangchom, víctima de una bomba de racimo, al lado de las prótesis caseras del Centro Nacional de Rehabilitación – Empresa Cooperativa de Ortopedia y Prótesis, en Vientiane, Laos. Crédito: Irwin Loy/IPS

NACIONES UNIDAS, 10 sep 2015 (IPS) - La Convención sobre Municiones en Racimo (CMR) prohibió el uso de estas armas mortales porque liberan pequeñas bombas en áreas extensas, lo que genera riesgos más allá de la zona de guerra, y dejan explosivos sin estallar que matan a civiles, mucho después del cese de los conflictos.

Hasta agosto, 117 países habían adherido a la CMR, con 95 Estados parte, que firmaron y ratificaron el tratado, y 22 signatarios, que aún no lo han ratificado.

"La protección de los civiles debe ser apolítica. Al elegir cuándo quiere condenar el uso de las bombas de racimo, Gran Bretaña está haciendo política con la protección de la población civil": Thomas Nash.

En la Primera Conferencia de Examen de la CMR, que comenzó esta semana en Dubrovnik, Croacia, tres Estados parte – Australia, Canadá y Gran Bretaña – expresaron reservas ante un proyecto de declaración sobre el uso de las municiones de racimo.

Los tres países argumentaron que no podían aceptar o aprobar un texto que condene todos los tipos de empleo de las municiones en racimo porque interferiría con su capacidad para llevar a cabo operaciones militares conjuntas con los Estados ajenos a la CMR.

Gran Bretaña, que condenó el uso de las bombas de racimo en Siria, Sudán y Ucrania este año, se negó a censurar el uso de las mismas armas por la coalición liderada por Arabia Saudita en Yemen.

No es de extrañar que Arabia Saudita sea un multimillonario mercado para las armas fabricadas en Gran Bretaña, que le ha vendido modernos aviones de combate, misiles y bombas guiadas de precisión al rico país petrolero.

Según Steve Goose, de las organizaciones Human Rights Watch y la Coalición contra las Municiones de Racimo , para que la CMR tenga éxito, los Estados parte deben condenar el uso absoluto de estas armas, sin importar el responsable o el lugar.

“Los Estados parte no pueden ser selectivo en su condena, según la relación que tengan con el infractor, o según el tipo de munición en racimo utilizada”, subrayó.

Si un Estado parte guarda silencio sobre el uso confirmado de estas armas se puede argumentar que, en los hechos, está aceptando ese uso y, por lo tanto, incumple sus obligaciones en virtud de la CMR, señaló.

La Coalición contra las Municiones en Racimo cree que los cambios en la Declaración de Dubrovnik que pretenden Australia, Canadá y Gran Bretaña son contrarios a los objetivos de la CMR, y serían un revés para los esfuerzos de estigmatizar este tipo de armas y evitar su uso en el futuro.

Esos cambios podrían aumentar el número de víctimas y otros daños a la población civil, agregó Goose.

Thomas Nash, director de la organización británica Article 36, dijo a IPS que su país intentó impedir que la comunidad internacional condenara estas armas prohibidas en una reunión de los Estados parte de la CMR.

Gran Bretaña se niega a condenar el uso de las bombas de racimo en Yemen por las fuerzas lideradas por Arabia  Saudita, recordó.

“La protección de los civiles debe ser apolítica. Al elegir cuándo quiere condenar el uso de las bombas de racimo, Gran Bretaña está haciendo política con la protección de la población civil”, denunció Nash.

“Los intentos británicos de diluir la condena internacional de las bombas de racimo exhiben un cruel desprecio por el sufrimiento humano que causan estas armas”, sostuvo.

De acuerdo con Article 36, antes de la firma de la CMR en 2008, Gran Bretaña empleó bombas de racimo durante la guerra de las Malvinas (1982), en Kosovo (1998-1999) y en Iraq (1991-2003).

Gran Bretaña también le vendió estas bombas a Arabia Saudita antes de 2008, pero no está claro si entre ellas se encontraba el tipo de municiones de racimo utilizadas en Yemen.

Nash dijo a IPS que Londres no quiere condenar el empleo de las bombas de racimo porque podría desalentar que algunos países se sumen al tratado en el futuro. “Pero esto no tiene sentido”, aseguró.

Gran Bretaña tiene la obligación legal de desalentar el uso de las bombas de racimo por parte de cualquier país, y condenar su empleo es la mejor manera de hacerlo, argumentó.

Londres es objeto de un fuerte escrutinio por sus ventas de armas a Arabia Saudita y hay gran inquietud con respecto al cumplimiento de ese país con los derechos humanos y el derecho internacional humanitario.

Más allá de que la negativa de Londres a condenar el uso de las bombas de racimo por la coalición liderada por Arabia Saudita en Yemen esté directamente relacionada a las transferencias de armas británicas a Arabia Saudita, es evidente que la política de Gran Bretaña en este ámbito es muy dudosa, observó Nash.

“La mejor manera para que Gran Bretaña aclare esto es que condene el uso de las bombas de racimo por parte de las fuerzas sauditas en Yemen”, exhortó.

También apuntó que, históricamente, Gran Bretaña ha sido muy influida por Estados Unidos en el tema de las municiones de racimo y, al igual que Arabia Saudita, a Washington no le gustaría que Londres condenara el uso de estas armas por parte de un país cualquiera.

Washington, una vez más, se encuentra del lado equivocado de la historia cuando se trata de las bombas de racimo, y Gran Bretaña, que firmó y ratificó la CMR, tiene que elegir de qué lado quiere estar, manifestó Nash.

Nicole Auger, analista para Medio Oriente de la empresa de investigación del mercado de defensa Forecast International, dijo a IPS que Arabia Saudita sigue siendo un mercado importante para Gran Bretaña.

“Creo que el año pasado Arabia Saudita fue el mayor mercado de importación de armas de Gran Bretaña, con unos 2,400 millones de dólares”, explicó.

Editado por Kitty Stapp / Traducido por Álvaro Queiruga

 


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