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Cabras y ovejas sostienen la vida rural en el Semiárido de Brasil

Ovejas y carneros logran alimentarse en la Caatinga, vegetación del Semiárido Brasileño, aparentemente seca, tras cinco años de lluvias escasas. Crédito: Mario Osava/IPS.

Ovejas y carneros logran alimentarse en la Caatinga, vegetación del Semiárido Brasileño, aparentemente seca, tras cinco años de lluvias escasas. Crédito: Mario Osava/IPS.

SOBRADINHO, Brasil, 6 ene 2017 (IPS) - “Cuando yo era niño, las lluvias eran regulares, suficientes para la ganadería, que era fuerte acá. No le gustaba a la gente criar cabras y ovejas”, recordó José Neto da Silva Costa, un campesino de 49 años y residente de esta localidad del Nordeste de Brasil.

“Ganado”, para él, quiere decir exclusivamente vacunos. Nada que ver con las cerca de 400 cabras y carneros que, según él, le permiten vivir bien en São João, una comunidad rural del municipio de Sobradinho.

“Tienen mentalidad de hacendado, quieren vacas como patrimonio”: Carlos Campos.

“Ahora llueve bien solo dos años en cada década, el ganado no tiene futuro acá”, sentenció.

El vacuno, introducido en el Nordeste brasileño por los colonizadores portugueses en el siglo XVII, sirvió a una ocupación inadecuada del Semiárido y “hasta hoy no se adaptó a las condiciones climáticas locales”, según el Instituto Regional de la Pequeña Agropecuaria Apropiada (IRPAA), que presta asesoría técnica a comunidades como la de São João.

En sequías como la actual, que ya lleva cinco años en la ecoregión del Semiárido brasileño, los vacunos son las primeras víctimas. Mueren muchos y sus dueños, para evitar pérdidas mayores, se ven obligados a vender los sobrevivientes a ganaderos lejanos, a precios regalados.

Irónicamente, sufren los daños ambientales que ellos mismos provocaron durante tres siglos y medio, como devastación de bosques, degradación del suelo y sedimentación de los ríos, que agravaron los efectos de la irregularidad pluviométrica.

“Por suerte yo cambié mientras crecía, no tengo vocación para el ganado”, celebró Costa, lamentando solo haber perdido 35 cabritos el año pasado. “(Sus madres) abortaron, por la sed”, admitió.

Su mujer, Lelia dos Santos, aprovecha la leche de cabra para hacer quesos, un producto de creciente demanda y considerado muy saludable.

Jose Neto da Silva Costa, en su finca en la Comunidad São João, Brasil, donde cría cerca de 400 cabras y ovejas. Crédito: Mario Osava/IPS.

Jose Neto da Silva Costa, en su finca en la Comunidad São João, Brasil, donde cría cerca de 400 cabras y ovejas. Crédito: Mario Osava/IPS.

La cría de cabras y ovejas “es la única actividad segura y bien adaptada a las condiciones climáticas de gran parte del Semiárido brasileño”, sostiene IRPAA.

Es la garantía permanente de proteínas e ingresos para las familias que aprendieron a almacenar agua y forraje para los períodos de estiaje intenso y prolongado como el actual, iniciado en 2012 y comparable al de 1979-1983, que dejó un millón de muertos, según estimaciones.

“En lugar del forraje seco, preferí en ensilado. Ofrece alimentación fresca, con más humedad, aunque exige cuidados”, detalló Costa, apuntando el silo de hormigón clavado en el suelo y donde almacena cuatro toneladas de sorgo y paja agrícola picados.

El sorgo granífero (Sorghum bicolor L.Moench), que siembra desde 2005, empezó a cultivarse en Brasil en los años de la década de 1970 y se expandió en el Semiárido por su tolerancia a la escasez hídrica y por ser un alimento de buena calidad para el ganado.

Especies nativas de la Caatinga, la vegetación típica y exclusiva del Semiárido, también se incorporan cada vez al forraje.

Pero las técnicas hídricas y forrajeras de “convivencia con el semiárido”, desarrolladas a partir de experiencias locales y difundidas por organizaciones sociales como el IRPAA hace tres décadas, no contemplan grandes animales.

“No recomendamos el ganado vacuno, que agota el ahorro familiar. Muchas veces venden varios carneros para mantener un buey”, señaló André Azevedo Rocha, coordinador de Clima y Agua del IRPAA, que tiene sede en Juazeiro, ciudad del norte del estado de Bahía y a 50 kilómetros de Sobradinho.

Lelia dos Santos empaqueta quesos de leche de las cabra que cría su marido José Neto da Silva Costa. El queso tiene un creciente mercado de consumidores que se disponen a pagar más por productos saludables. Crédito: Mario Osava/IPS.

Lelia dos Santos empaqueta quesos de leche de las cabra que cría su marido José Neto da Silva Costa. El queso tiene un creciente mercado de consumidores que se disponen a pagar más por productos saludables. Crédito: Mario Osava/IPS.

La cría de animales pequeños y medianos es una de las formas de convivencia impulsada por el movimiento que disemina el nuevo paradigma de desarrollo rural, la Articulación Semiárido Brasileño (ASA), que enlaza 3.000 organizaciones no gubernamentales, como IRPAA, instituciones religiosas, sindicales y comunitarias del Nordeste.

El escarmiento de sequías que menudearon su frecuencia desde el siglo pasado fortalece la prédica de ASA, pero muchos campesinos resisten el cambio.

“Tienen mentalidad de hacendado, quieren vacas como patrimonio”, pese a su consumo excesivo de agua y recursos naturales, lamentó Carlos Campos, coordinador de ASA en Piauí, uno de los diez estados brasileños con territorios semiáridos.

“Es difícil romper la tradición”, reconoció Francisco Edilson Neto, de 59 años, expresidente y actual tesorero del Sindicato de Trabajadores Rurales de Apodi, dueño de 30 vacas lecheras con que uno de sus cuatro hijos hace ricota. Los “campesinos solo se sostienen con diversidad productiva”, justificó.

Gildete da Silva, de 47 años y tres hijos, ya se convenció de que “criar chivos y ovejas es mejor. Alimentar una vaca cuesta más que dos ovejas, que además se reproducen en cinco meses, y los chivos crecen rápido”, comparó.

Aún así, “cuando llueva vamos a quedarnos solo con una vaca y pocos becerros para engordar”, vendiendo las restantes siete reses que tiene actualmente, anunció.

Ella cuenta con tres cisternas, una para acopio de agua de lluvia para beber, otra para otros usos domésticos y una tercera, más grande, también para almacenar agua de lluvia, pero destinada a la producción, es decir frutales y animales.

Sus hortalizas se perdieron por la “calentura” del sol, hasta que logró comprar e instalar una tela negra para proteger el huerto de la excesiva radiación solar.

Además recibe agua de un pozo colectivo que abastece a siete familias de la Comunidad Julião, donde vive desde hace 18 años, cerca de la ciudad de Ouricuri. “Los animales beben mucho”, explicó.

Allí se instaló con su familia en una finca de 40 hectáreas, después que sus tierras anteriores fueron inundadas por el embalse Algodão, hoy totalmente seco, a pocos kilómetros de distancia del nuevo hogar.

Su vecino Adelmir Alves da Silva, de 51 años y con cuatro hijos, se arriesga a tener 20 vacunos, pero los distribuye entre sus dos fincas. En la Comunidad Julião cuenta con cuatro cisternas, además del suministro del pozo comunitario, agua suficiente para criar también 55 cabras en un terreno de 76 hectáreas.

En una trinchera cubierta de plástico negro hace ensilaje de capín elefante, la vegetación que logró cosechar. “No es muy nutritivo, pero si abundante, bueno para sobrevivir, no para engordar”, destacó.

Otras alternativas, el sorgo y la palma forrajera (Opuntia ficus-indica Mill y Nopalea Cochellinifera Salm-Dyck, las dos especies más cultivadas) se perdieron por la sequía y una plaga, respectivamente.

El problema con los chivos es la necesidad de cercas fuertes, para que no se vayan, coinciden Alves y su vecina Gildete da Silva. “Solo cuatro hilos de alambre no los aguantan”, dijo ella.

Más de 200 kilómetros al sur, Costa se queja de los parques de energía eólica construidos en montañas cercanas. “Expulsaron las onzas (Panthera onca, mayor felino americano), que bajaron de la sierra y comen nuestros animales”, denunció.

Pero su comunidad necesita menos cercas. La ganadería se hace en la tierra colectiva bajo gestión de la Asociación Fondo de Pasto Agropastoril de São João, que suma 2.463 hectáreas de pastoreo a las 40 hectáreas de propiedad privada de cada una de las 22 familias allí asentadas hace cuatro décadas.

El Fondo de Pasto común es una tradición en más de 1.000 comunidades del estado de Bahía, que campesinos e IRPAA tratan de legalizar. Además de alimentar mejor a los animales, es la mejor forma de preservar la Caatinga, arguye IRPAA.

Editado por Verónica Firme

 

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