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El agua incita la disputa por tierras en el Nordeste de Brasil

Luis Alves Maia en el puesto de la feria agroecológica donde vende cada sábado sus frutas y verduras en Apodi. Él forma parte de los campesinos afortunados, que no se han visto afectados por la pertinaz sequía en el Nordeste de Brasil, gracias a la disponibilidad de agua. Crédito: Mario Osava/IPS

Luis Alves Maia en el puesto de la feria agroecológica donde vende cada sábado sus frutas y verduras en Apodi. Él forma parte de los campesinos afortunados, que no se han visto afectados por la pertinaz sequía en el Nordeste de Brasil, gracias a la disponibilidad de agua. Crédito: Mario Osava/IPS

APODI, Brasil, 13 ene 2017 (IPS) - El uso de las aguas del embalse Santa Cruz intensificó en el municipio de Apodi la disputa por tierras irrigables, que se ha ido diseminado por muchas partes del Nordeste de Brasil y que contrapone dos visiones del desarrollo y dos modos de vida.

El conflicto se contuvo porque el gran Proyecto de Irrigación Santa Cruz de Apodi, aprobado por el gobierno brasileño en 2011 para establecer un polo de fruticultura de exportación, aprovechando las aguas del reservorio, avanzó poco y se paralizó desde fines de 2014.

Pero sigue como una amenaza contra exitosas experiencias de agricultura familiar, desarrolladas  en la región las últimas décadas. El proyecto afectaría directa o indirectamente a más de 1.600 familias de 55 comunidades campesinas del municipio, aseguraron a IPS los responsables locales del Sindicato de Trabajadores y Trabajadoras Rurales (STTR).

“Al caballo lo bañamos con agua mineral”, se jactó Luis Alves Maia, para subrayar su privilegio de vivir en el valle del río Apodi, hasta ahora eximido de la escasez hídrica que hace cinco años agobia al semiárido interior del Nordeste por una pertinaz sequía.

Un pozo a 30 metros del río y una bomba le permiten irrigar su huerto y sus frutales, cuya producción vende cada sábado en la feria agroecológica de la ciudad de Apodi, cabeza del municipio, junto con una treintena de agricultores familiares. “Con el pie puedo excavar un pozo”, bromeó, para destacar que el agua está casi en la superficie.

Con 62 años y dos hijos ya adultos que trabajan con él, Maia exhibe su entusiasmo entre  grandes papayas, batatas (boniatos) y bananos que vende a la mitad o un tercio de su precio en ciudades al sur, como Río de Janeiro. “Alcanza para vivir y sobra”, aseguró a IPS en su puesto.

“Vendemos todo temprano, a las nueve de la mañana ya vendimos casi todo, porque la gente prefiere nuestras verduras sin agroquímicos, ya que duran más, una semana dentro del refrigerador sin deteriorarse”, sostuvo su vecina en la feria, Aldivana Marinho, con 40 años y cuatro hijos.

“El veneno agrícola enferma”, sentenció el profesor de primaria Raimundo Neto, de 51 años, un asiduo comprador en ese mercado desde hace siete años.

El agua incita la disputa por tierras en el Nordeste de Brasil

El embalse de Santa Cruz, reducido de agua tras cinco años de sequía, con parte del valle de Apodi, a la izquierda, donde se concentra la actividad agrícola del municipio. El uso de las aguas del reservorio enfrentan dos modelos productivos y dos formas de vida en el Nordeste de Brasil. Crédito: Mario Osava/IPS

El  embalse, inaugurado en 2002, evitó que el río Apodi quedase seco durante la sequía de cinco años actual, como ocurrió en 1983, cuando otra situación similar azotó la ecorregión del Semiárido, comparan los campesinos de más edad.

Pero el control del caudal río abajo beneficia una minoría de las familias que viven en el valle. Aelza Neves, con 53 años y cuatro hijos, vive lejos del río y depende del pozo de un vecino, en un poblado a 13 kilómetros de Apodi. Sin poder sembrar, sobrevive haciendo jalea y dulces de papaya, coco y otras frutas.

El embalse Santa Cruz, el segundo mayor reservorio del estado de Río Grande do Norte, podría ofrecer agua por gravedad, por lo tanto a bajo costo, a miles de campesinos en el valle, fortaleciendo más aún la agricultura familiar, propone Agnaldo Fernandes, presidente del STTR de Apodi.

Modelos enfrentados

Pero el plan del gobierno es destinar su agua a un llamado “perímetro (módulo) irrigado” para monocultivos de frutas, un modelo que se extendió en el Nordeste desde fines de los años 60 en la cuenca del río São Francisco, principal recurso hídrico de la región, que cruza su parte meridional.

El agua incita la disputa por tierras en el Nordeste de Brasil

Antonia de Souza Oliveira en medio de un campo de algodón irrigado con agua tratada en Asentamiento Milagre, donde los campesinos experimentan en forma comunitaria diferentes métodos para mejorar su productividad agrícola en la región semiarida del Nordeste de Brasil. Crédito: Mario Osava/IPS

La fruticultura por irrigación tiene su polo más productivo más al sur, en Juazeiro y Petrolina, municipios separados tan solo por ese río, fomentado por la estatal Compañía de Desarrollo de los Valles del São Francisco y del Parnaíba. La uva y el mango son sus principales productos de exportación.

En otras áreas los perímetros están a cargo del Departamento Nacional de Obras contra las Sequías (DNOCS), agencia pública fundada en 1909 para construir embalses, carreteras y otros proyectos destinados a atender a los castigados por las sequías, como los 37 perímetros de irrigación ya establecidos.

Manejos ejemplares

Los campesinos de la meseta de Apodi no esperan por el agua del embalse.

Un ejemplo es el del Asentamiento Milagre, donde además de excavar pozos se reutiliza el agua. Un alcantarillado recoge el agua servida de sus 28 familias y la lleva a un sistema de tratamiento.

Con el agua tratada, se irrigan siembras experimentales de algodón y palma forrajera en frecuencias y mezclas variadas con desechos, para estudiar la mejor forma de reaprovechar el agua en la agricultura, explicó Antonia de Souza Oliveira, tesorera de la asociación comunitaria local.

El de Apodi sería el número 38, con irrigación de 9.000 hectáreas. Las tierras se ubican en una meseta, a cerca de 80 metros de altura sobre el punto de captación de las aguas del embalse de Santa Cruz, río abajo.

Una pequeña presa en el río, canales de captación y distribución de agua, el esqueleto de una estación de bombeo y tuberías abandonadas recuerdan el gran proyecto frustrado del DNOCS.

El embalse, de todas formas, sería insuficiente para irrigar las más de 3.000 hectáreas planteadas, según un dosier elaborado por 20 investigadores de siete universidades.

Además de la inviabilidad hídrica, el proyecto podría destruir avances singulares de la agricultura familiar local, su producción diversificada y sin los llamados agrotóxicos, técnicas de convivencia con el clima semiárido, incluso de irrigación, y organización comunitaria, destacó el estudio.

Gracias a ello, el municipio de Apodi mantiene en su área rural la mitad de su población, de 34.763 habitantes según el censo de 2010. De sus 55 comunidades rurales amenazadas, 20 son asentamientos de la reforma agraria, sumando más de 700 familias, según datos del STTR.

El perímetro irrigado invertiría esa lógica, con monocultivos, explotación empresarial y abuso de agrotóxicos, en desmedro del ambiente, la salud y el agua, según sus críticos.

El agua incita la disputa por tierras en el Nordeste de Brasil

Esqueleto abandonado de la estación de bombeo del agua del paralizado proyecto de irrigación del embalse de Santa Cruz, que iba a dirigir las aguas del río Apodi a 9.000 hectáreas dedicadas a la producción intensiva de frutas para la exportación, en el estado de Rio Grande do Norte, en Brasil. Crédito: Mario Osava/IPS

El DNOCS, sin embargo, anunció que solo 30 por ciento del área se destinará a las empresas y que estas solo tendrán 60 hectáreas de tierra irrigada. La mayor parte se destinaría a parcelas de ocho hectáreas para pequeños agricultores.

Sea como sea, el espíritu difiere. Se habla de generar de 12.000 a 13.000 empleos directos, de exportar frutas por los puertos ubicados a pocos centenares de kilómetros. Nada sobre una producción diversificada de alimentos, la seguridad alimentaria o la participación femenina.

La suprema contradicción es expulsar campesinos para incorporar otros en el perímetro irrigado.

Vicente de Freitas Neto, 58 años, se queja de que le expropiaron 133 hectáreas para el perímetro, con la promesa de pagarle 700 reales (217 dólares) por cada hectárea. “Es muy poco, el japonés paga tres veces más”, comentó a IPS sobre un hacendado vecino que produce melones.

“Además no recibí aún el pago ni sé cuándo lo tendré”, con el proyecto paralizado, lamentó. “Me quedé con solo 24 hectáreas para 25 herederos”, acotó.

Freitas no es contrario al monocultivo de frutas a gran escala. Dos de sus cuatro hijos trabajan en Agrícola Famosa, la mayor empresa exportadora de frutas en Brasil, que en parte produce en una hacienda de 1.700 hectáreas incrustada entre comunidades campesinas de la meseta de Apodi.

La empresa, fundada en 1995, cultiva 27.000 hectáreas en 19 haciendas en dos estados del Nordeste, donde produce principalmente melones y sandias, de las que exporta 75 por ciento. Llegó a Apodi en 2015, atraída por sus acuíferos como solución para la sequía.

Su irrigación se hace con agua de pozos que llegan a tener centenares de metros de profundidad.

Genival da Silva, viudo de 50 años y con tres hijos, también trabaja en Agrícola Famosa  hace 16 meses y defiende el uso de pesticidas. “Solo se aplican venenos de noche y con el trabajador protegido”, arguyó a IPS.

Pero “si vuelven las lluvias, volveré a cultivar mi tierra”, dijo determinado.

Editado por Estrella Gutiérrez

 


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