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Del huracán a una escuela sostenible en San Vicente

La directora de la Academia Richmond Vale, Stina Herberg, explica cómo se produce el compost utilizando la vegetación, el cartón y el excremento de animales. Crédito: Kenton X. Chance/IPS.

La directora de la Academia Richmond Vale, Stina Herberg, explica cómo se produce el compost utilizando la vegetación, el cartón y el excremento de animales. Crédito: Kenton X. Chance/IPS.

KINGSTOWN, 30 mar 2017 (IPS) - La Academia Richmond Vale, en esta isla caribeña de San Viente, reúne a jóvenes de todo el mundo con problemas derivados de la pobreza y el cambio climático e interesados en hacer algo al respecto, además de poner a prueba varias medidas de adaptación al fenómeno.

“Fue lo que más me abrió los ojos”, aseguró Stina Herberg, directora de Richmond Vale, al recordar el huracán Tomas, que en 2010 golpeó a las Islas de Barlovento y pasó por el norte de San Vicente, donde está ubicada la academia.

“Fue muy impactante y aterrador escuchar la caída de esos enormes árboles (...) me abrió los ojos": Stina Herberg.

En la década de los años 80, se creó en Richmond Vale una institución para jóvenes daneses problemáticos con la esperanza de que la estancia en este lugar les permitiera ver el mundo desde otra perspectiva y sirviera como escuela vocacional para los jóvenes vicentinos.

Por muchas razones, la idea no prosperó, la escuela cerró y se creó la granja en ese distrito agrícola del extremo noroeste de San Vicente.

En 2000 se hicieron los primeros intentos de relanzar la academia, la que funciona en su totalidad desde 2007. La organización sin fines de lucro se había concentrado principalmente en aliviar la pobreza, con un énfasis en el continente africano.

Al referirse a Tomas, Herberg recordó: “Estábamos muy preocupados, por supuesto, pero ese fue mi primer encuentro real con el cambio climático”.

El 30 de octubre de 2010, el huracán se llevó varios techos, y además de los grandes daños causados a las viviendas particulares y a la infraestructura pública, destruyó 90 por ciento de los cultivos de banana, entonces muy importantes para la economía nacional.

En la academia, Herberg, el personal y los estudiantes escucharon cómo el ciclón tropical destruía los enormes árboles que tenían varias décadas. “Fue muy impactante y aterrador escuchar la caída de esos enormes árboles, parecían fósforos parados que se caían”, relató.

La plantación de banana, que llevó tres años de trabajo para lograr los estándares necesarios para poder exportar a Inglaterra, también quedó destruida.

“Tres años de trabajo quedaron destruidos en siete horas”, subrayó Herberg, “pero para otros agricultores, fue una vida de trabajo”, apuntó.

“Eso nos llevó a plantearnos muchas preguntas. Sí, siempre hubo huracanes, ¿pero por qué son más frecuentes? Así nos pusimos a investigar más sobre el cambio climático, la contaminación y vivimos experiencias que nos abrieron los ojos”, añadió.

La investigación dio pie a la Conferencia sobre Compatibilidad Climática de San Vicente 2012-2021, que se propone lograr que San Vicente y las Granadinas sean “compatibles con el clima”, lo que básicamente se refiere a medidas de adaptación.

El programa reúne a estudiantes locales, pero también de Europa, América del Norte y América del Sur, así como de otras partes del Caribe y Asia por un período de uno, tres o seis meses, durante los cuales aprenden sobre el recalentamiento planetario, sus causas y sus consecuencias.

El programa ofrece conocimiento de primera mano porque los estudiantes visitan las comunidades vecinas como Fitz Hughes o la ciudad de Chateaubelair para observar el impacto que los eventos climáticos severos tienen en la vivienda, la infraestructura pública y el entorno físico.

La academia desarrolló sus propios modelos y utilizó su propia granja para probar formas en las que es posible abandonar los combustibles fósiles, que contribuyen al recalentamiento global.

Richmond Vale instaló una planta de biogás que prueba que 1,5 kilogramos de desechos de la cocina con 50 litros de agua pueden producir combustible para contar con cinco horas de energía al día en este país donde el gas licuado de petróleo es el combustible principal para cocinar.

“No podemos construir hidroeléctricas, no podemos construir plantas geotérmicas”, observó Herberg. “Los gobiernos tienen una variedad de planes y tenemos que ver qué podemos hacer nosotros. Aquí promovemos la energía solar y también el biogás”, remarcó, y añadió que la academia ya cuenta con los fondos necesarios para construir cinco plantas de biogás en el oeste de San Vicente.

Es una medida de mitigación “porque es un gas renovable y lo puedes producir tú mismo. No necesitas transportarlo desde China, Venezuela o Estados Unidos o cualquier otro lugar”, explicó.

Además, la producción de biogás deja un lodo que sirve de fertilizante.

“Lo importante es que la gente sepa que hay alternativas. No creo que todo el mundo pueda recurrir al biogás. Pero es importante que nos abramos y veamos que hay opciones”, subrayó Herberg.

Esta isla casi siempre tiene disponibilidad de agua potable, pero las Granadinas tiene problemas hídricos, porque este archipiélago no tiene ríos ni servicio municipal.

Y aun en San Vicente con sus ríos, arroyos y cañadas, la estación seca, de diciembre a mayo, puede ser especialmente difícil para los agricultores, pues solo siete por ciento de ellos tienen sistemas de irrigación.

La academia creó un sistema para recolectar agua de lluvia para lavar, bañarse y usar en el inodoro. Y el líquido que queda se guarda en tanques y se usa para irrigar. El receptáculo tiene peces para evitar que se reproduzcan los mosquitos.

Herberg explicó la relación entre la agricultura orgánica y el cambio climático porque este último hará que en San Vicente y las Granadinas aumenten los períodos sin lluvias, y cuando llueva, estas serán más fuertes y por períodos más cortos.

De a poco, la academia abandonó los fertilizantes químicos, porque “rompen la estructura del suelo, que se pone arenoso y se seca, y luego cuando llueve, y cuando llueve mucho, el agua se lleva el suelo”, explicó Herberg, y añadió que eso genera inundaciones y deslizamientos de terreno.

La mayoría de los agricultores todavía se dedican al monocultivo y usan fertilizantes químicos y “es muy peligroso para el futuro. Si lo ves desde el punto de vista general de la biodiversidad, esta es la que permite que la temperatura se mantenga estable”, precisó.

Por otro parte, Herberg se refirió al problema de la deforestación.

“Necesitamos árboles que nos den sombra, refugio y nos protejan de la fuertes luvias, entonces la agricultura tiene que cambiar para que estemos listos para convivir con el cambio climático. Tenemos que cambiar nuestras prácticas agrícolas. El monocultivo no tiene futuro”, aseguró.

Uno de los debates más importantes en materia de adaptación al cambio climático es hasta qué punto las medidas que dan buenos resultados pueden multiplicarse y ampliarse.

“Soy optimista y creo que en San Vicente y las Granadinas, como es un pequeño país, será fácil lograrlo”, proyectó.

“Hay un consenso de que necesitamos ser más sostenibles, pasarnos a lo orgánico y concentrarnos en las energías renovables. Y creo que va a pasar: nos vamos a pasar a la energía geotérmica, mejoraremos nuestras hidroeléctricas y más personas adoptarán la alternativa solar”, especuló Herberg.

“Así seremos el primer país del Caribe donde casi todo funcionará con energías renovables dentro de un plazo razonable, quizá 10 años”, pronosticó.

“Costa Rica está a la vanguardia en la región, pero San Vicente y las Granadinas es un buen ejemplo en la Comunidad del Caribe, de 15 miembros, de lo que puede hacerse para adaptarse y mitigar el cambio climático”, puntualizó.

“Todavía no estamos a la vanguardia en materia de agricultura orgánica, pero hay algunos ejemplos excelentes”, destacó Herberg.

Traducido por Verónica Firme

 

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