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La sociedad argentina abre su puerta a los refugiados sirios

El sirio Hatem Badwan, en el restaurante de comida árabe que montó en 2016 en el barrio de Villa Crespo, en Buenos Aires. Llegó en 2012 a Argentina, donde ya vivía su hermano, con su esposa y tres de sus cuatro hijos, huyendo de la guerra en su país. Crédito: Daniel Gutman/IPS

El sirio Hatem Badwan, en el restaurante de comida árabe que montó en 2016 en el barrio de Villa Crespo, en Buenos Aires. Llegó en 2012 a Argentina, donde ya vivía su hermano, con su esposa y tres de sus cuatro hijos, huyendo de la guerra en su país. Crédito: Daniel Gutman/IPS

BUENOS AIRES, 24 may 2017 (IPS) - Hatem Badwan no entiende los problemas que alteran el humor de los argentinos, como la inflación, la inseguridad o el desempleo. Hace cuatro años dejó atrás Siria, su país, y hoy es dueño de Alfares, un restaurant árabe, en un barrio de clase media de la capital.

“Llegué con 20 dólares y mire lo que tengo hoy. Este es un gran país”, dijo a IPS parado en el medio de su negocio, de escasa decoración y ninguna formalidad, que instaló en lo que alguna vez fue una casa familiar en el barrio de Villa Crespo y que por la calidad de su comida de elaboración casera ya empieza a hacerse conocido.

Badwan es uno de los 1.600 ciudadanos sirios que llegó a Argentina desde 2012, el año siguiente al que estalló en su país la guerra que, según las Naciones Unidas, ha dejado al menos entre 340.000 y 450.000 muertos, 1,5 millones de heridos, cinco millones de refugiados y entre seis y ocho millones de desplazados internos.

"Es complicado sumar 3.000 inmigrantes que no saben el idioma, que no tienen trabajo y a cuyos hijos hay que escolarizar. El gobierno facilita el ingreso, pero hace falta mucho más. No hay presupuesto estatal para facilitar la adaptación”: Marcos Peñaloza.

El dato de los sirios acogidos en Argentina es de la Dirección Nacional de Migraciones, donde un portavoz detalló a IPS que ellos se han radicado en la capital y en las provincias de Buenos Aires, Córdoba, Salta, Mendoza, La Rioja, Santiago del Estero, Tucumán y San Luis, todas ubicadas en el centro y el norte del país.

Fue en 2014 cuando Argentina institucionalizó su voluntad de colaborar con la que es la mayor crisis de desplazados del mundo, mientras la Unión Europea y Estados Unidos restringían sus políticas migratorias.

Ese año entró en vigencia el llamado Programa Siria, que creó un régimen especial de visas humanitarias. Así, se facilitaron los trámites para los afectados por el conflicto que contaran con un familiar en Argentina o demostraran que tenían lazos con algún residente en el país.

El año pasado esa política se profundizó, al eliminarse el requisito de contar con un familiar o un conocido en el país.

Desde entonces, se abrió la puerta para que se convirtieran en “llamantes” o “requirentes” todos los habitantes de este país sudamericano que, aun sin ningún vínculo previo con Siria, estuvieran dispuestos a hacerse responsables de recibir a una familia que tuviera la voluntad de dejar Medio Oriente e instalarse en  Argentina.

“En la Unión Europea, una visa puede tardar dos o tres años. En ese tiempo ya estás muerto”, dijo Badwan, quien cuenta que obtuvo su documentación para residir y trabajar en Argentina en menos de tres meses.

“Toda la gente ayuda aquí. Una vez, una persona que vino a comer a mi restaurante, sin conocerme, lavó platos para colaborar conmigo. Y otra persona me regaló 20 sillas y cinco mesas”, agregó el hombre, quien llegó a Buenos Aires, donde ya vivía uno de sus hermanos, con su eposa, Terez Al Badwan, y tres de sus cuatro hijos.

Badwan, quien tenía un restaurante cerca de Damasco y ganó su primer dinero en Buenos Aires como pintor, está fascinado con la libertad que encontró  en su nuevo país para desarrollarse.

“Tengo un hermano que consiguió irse a Alemania. Pero allí todo es mucho más difícil. Hasta que no aprenda el idioma no puede trabajar y pueden pasar años”, contó en un castellano voluntarioso.

El argentino Mauro Jaliff (izquierda), junto a la familia Abdulnour, tras recibirla a comienzos de mayo el aeropuerto de la ciudad de Mendoza. El matrimonio y los dos hijos, procedentes de la ciudad siria de Alepo, se instalaron en la ciudad de General Alvear, en la norteña provincia de Mendoza. Crédito: Cortesía de Refugio Humanitario Argentino

El argentino Mauro Jaliff (izquierda), junto a la familia Abdulnour, tras recibirla a comienzos de mayo en el aeropuerto de la ciudad de Mendoza. El matrimonio y sus dos hijos, procedentes de la ciudad siria de Alepo, se instalaron en General Alvear,  una urbe de la central provincia de Mendoza. Crédito: Cortesía de Refugio Humanitario Argentino

En septiembre, el presidente Mauricio Macri dio un paso más en la política de acogida cuando asistió en Nueva York a la Cumbre de Líderes sobre Refugiados, convocada por el entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama (2009-2017).

En ese encuentro se comprometió a que Argentina recibiese 3.000 refugiados sirios, “privilegiando a grupos familiares con niños”.

“No seamos indiferentes y actuemos como nos propone el papa Francisco; brindemos nuestro apoyo a la población que más sufre” dijo en esa oportunidad Macri, quien anunció que los sirios “tendrán permiso de residencia y los mismos derechos civiles que los argentinos; van a poder acceder a un trabajo y recibir educación para sus hijos”.

El anuncio generó reconocimiento a nivel internacional, aunque también despertó algunas  críticas internas, de los que creen que el país no está preparado para el desafío.

Marcos Peñaloza, abogado de la Fundación Comisión Católica Argentina de Migraciones, señaló a IPS que “Argentina tiene una situación social y delicada y una crisis de falta de viviendas”.

“En ese contexto, es complicado sumar 3.000 inmigrantes que no saben el idioma, que no tienen trabajo y a cuyos hijos hay que escolarizar. El gobierno facilita el ingreso, pero hace falta mucho más. No hay presupuesto estatal para facilitar la adaptación”, admitió.

Dado ese escenario, lo que está sosteniendo económica, social e incluso emocionalmente la llegada de familias sirias al país es la solidaridad de muchos argentinos comunes.

Uno de ellos es Mariano Winograd, un ingeniero agrónomo, nieto de judíos polacos, quien el año pasado llamó al entonces embajador argentino en Siria, que había sido su compañero de universidad, para que lo conectara con familias que quisiera huir del conflicto armado.

Así, Winograd recibió el 27 de junio del año pasado en el aeropuerto internacional de Ezeiza, que sirve a Buenos Aires, a Majed y Madlen, un contador y una profesora de historia que se habían casado apenas 17 días antes en Sweida, una ciudad siria de 140.000 habitantes cercana a la frontera con Jordania.

Divorciado y con tres hijos ya adultos, Winograd le dejó a la pareja su casa en San Fernando –un suburbio al norte de Buenos Aires- y se mudó durante seis meses al departamento de su novia.

En el camino, creó la red de voluntarios Refugio Humanitario Argentino, cuyo objetivo es conseguir llamantes para las familias sirias y también personas dispuestas a colaborar de cualquier manera, ya sea con la asistencia médica o con la enseñanza del idioma a los recién llegados.

Winograd contó a IPS que “ya hemos acordado la recepción de 50 familias sirias a la Argentina, de las cuales llegaron las primeras 20. Y somos 200 o 300 personas en la red”.

“Por supuesto que a mí me cambió un poco la vida con esto. Todo empezó cuando vi por televisión el trato que se les daba a los refugiados sirios en Europa, al mismo tiempo que (el desde enero presidente estadounidense Donald) Trump hacía campaña electoral con su discurso xenófobo”, explicó.

“Pensé que los sirios estaban recibiendo el mismo trato que recibieron nuestros abuelos en la Europa fascista”, agregó.

La colectividad sirio-libanesa tiene una extraordinaria tradición en la Argentina. Registros oficiales indican que entre 1850 y 1950 llegaron dese Medio Oriente al país más de 100.000 inmigrantes, a quienes muchos argentinos llamaban y todavía llaman “turcos”, debido a que la región estuvo bajo la dominación del Imperio Otomano hasta la Primera Guerra Mundial (1914-1918).

Aunque no hay datos confiables, se estima que hoy entre tres y cuatro millones de argentinos tiene algún antepasado sirio-libanés u originario de otros países árabes. Uno de ellos es Carlos Menem, presidente del país entre 1989 y 1999.

Editado por Estrella Gutiérrez

 


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