Derrumbando muros urbanos de desigualdad en América Latina
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Derrumbando muros urbanos de desigualdad en América Latina

La pavimentación avanza en Villa 31 y con ella se alivia el contraste entre el barrio y los rascacielos del barrio de Recoleta, al fondo, una de las zonas más ricas de Buenos Aires. La mejora de las infraestructuras es parte de la inclusión en la capital argentina del asentamiento precario de 43.000 personas. Crédito: Fabiana Frayssinet/IPS

La pavimentación avanza en Villa 31 y con ella se alivia el contraste entre el barrio y los rascacielos del barrio de Recoleta, al fondo, una de las zonas más ricas de Buenos Aires. La mejora de las infraestructuras es parte de la inclusión en la capital argentina del asentamiento precario de 43.000 personas. Crédito: Fabiana Frayssinet/IPS

BUENOS AIRES, 11 sep 2017 (IPS) - En América Latina, catalogada como la región más desigual del planeta y donde en torno a 80 por ciento de su población vive en ciudades, los gobiernos locales buscan romper los muros de desigualdad en los que quedaron aislados sus asentamientos precarios con políticas de inclusión.

Villa 31,  hasta ahora una villa miseria, como se llama en Argentina a los barrios más pobres, es uno de los símbolos de esa desigualdad y también un ejemplo actual de proyectos de cohesión.

Surgida en 1932, hoy con 43.000 habitantes en 32 hectáreas, está ubicada cerca de  dos de los barrios más ricos de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA),  Recoleta y Puerto Madero. En 2010, el Índice de Necesidades Básicas Insatisfechas alcanzaba  32 por ciento comparado con seis por ciento promedio en toda la capital.

“El resto de Buenos Aires, que está alrededor nuestro, tiene trazado de cuadras, calles, cloacas, tendido eléctrico. Necesitamos urbanización para integrarnos a ellos”, explicó a IPS la residente Dora Mackovik, de la Cooperativa Unión que trabaja en la limpieza del barrio.

“Nosotros somos otra sociedad. Para los otros somos los negritos villeros, ladrones y sucios”, lamentó.

Las investigadoras Valeria Chorny, Bárbara García y Vilma Paura, del Centro de Estudios e Investigación en Políticas Sociales Urbanas, de la Universidad Nacional Tres de Febrero,  lo analizan en un estudio sobre las desigualdades estructurales de la CABA entre 1980 y 2010.

En Buenos Aires, 280.000 de sus 2,89 millones de habitantes que tiene el área más restrictiva de la ciudad, vive en villas, según el censo de 2010.  En total,  el área metropolitana, el llamado Gran Buenos Aires, engloba 13,5 millones de los 43,5 millones de habitantes de Argentina.

“En esos territorios en insularización, la pobreza y la vulnerabilidad concentradas tienen efectos concretos en la subjetividad de sus habitantes, reproduciendo mecanismos que retroalimentan el aislamiento y otras formas de desigualdad”, dijo la investigadora García a IPS.

El Proyecto de Transformación Urbana en el Área Metropolitana de Buenos Aires, de la Secretaría de Integración Social y Urbana del gobierno bonaerense, busca romper ese aislamiento, con el apoyo de un préstamo de  170 millones del Banco Mundial.

“El objetivo  es integrar la Villa 31 a la ciudad, mejorando las condiciones de vida de sus habitantes y brindando oportunidades para su desarrollo; transformando la villa en un barrio más de Buenos Aires”,  explicó a IPS el especialista en temas urbanos del Banco Mundial,  Horacio Terraza. La clave es “eliminar el estigma de vivir en un asentamiento informal”, añadió.

La exclusión de los residentes en Villa 31, en el corazón de Buenos Aires, la acentuaron sus vías sin pavimentar, a solo unos metros de los lujosos edificios de uno de los barrios más acomodados de la capital argentina. Un ambicioso plan financiado por el Banco Mundial busca su cohesión con el resto de la ciudad. Crédito: Fabiana Frayssinet/IPS

La exclusión de los residentes en Villa 31, en el corazón de Buenos Aires, la acentuaron sus vías sin pavimentar, a solo unos metros de los lujosos edificios de uno de los barrios más acomodados de la capital argentina. Un ambicioso plan financiado por el Banco Mundial busca su cohesión con el resto de la ciudad. Crédito: Fabiana Frayssinet/IPS

El préstamo financia obras de infraestructura básica y nuevas viviendas en un terreno adyacente para el reasentamiento de población vulnerable, con el objetivo que la hasta ahora villa se transforme en el “Barrio 31”, un vecindario más de la ciudad, sirviendo de modelo de inclusión para otros asentamientos precarios.

“La integración física con el tejido urbano es clave para que deje de ser una zona aislada de la ciudad.  Esto se conseguirá a través de inversiones en movilidad y espacios públicos que sirvan como nexo dando una continuidad a la trama urbana”, explicitó Terraza.

El gobierno de la CABA contempla también iniciativas para mejorar la educación, salud y acceso al empleo.

En Villa 31, 64 por ciento de los jóvenes no terminan la secundaria, frente a 18 por ciento a nivel de toda la ciudad, con 1,2 millones de personas.

“Mientras algunos se encuentran plenamente integrados por la escuela y/o la inserción en el mercado laboral, participando de los circuitos de consumo, gran cantidad de jóvenes en la ciudad están expuestos a problemáticas y situaciones de riesgo, que los dejan en situación de vulnerabilidad”, analizó la investigadora Chorny a IPS.

Una apuesta importante del proyecto es el traslado a Villa 31 de la sede del municipal Ministerio de Educación, lo que repercutiría no solo a nivel de escolarización sino en el  incremento de la actividad económica del barrio y su inclusión urbana.

En el corazón de la Villa 31 los obreros construyen también una plaza frente a la carnicería de  Reinaldo Barreiro.

Así se veía el entorno del barrio Ramón Amaya Amador antes de pasar a ser beneficiado por el programa de intervención e inclusión social efectuado en la capital de Honduras. Sus calles enlodadas y las dificultades de sus habitantes para transitar, le valió el nombre de “El Pantanal”. Crédito: Thelma Mejías/IPS

Así se veía el entorno del barrio Ramón Amaya Amador antes de pasar a ser beneficiado por el programa de intervención e inclusión social efectuado en la capital de Honduras. Sus calles enlodadas y las dificultades de sus habitantes para transitar, le valió el nombre de “El Pantanal”. Crédito: Thelma Mejías/IPS

“Lo importante no es que la villa  se llame barrio porque seguiremos siendo gente humilde” sino que “se sigan haciendo obras, que quede más bonito, que los chicos tengan más espacio para jugar”, destacó Barreiro a IPS.

En Villa 31 hay 50 por ciento más de desempleo que el promedio de la CABA.  El proyecto contempla  la contratación mínima de 20 por ciento de trabajadores locales. Uno de ellos, es el inmigrante brasileño Nilton Marques.

“Ayuda bastante. Ahora yo estoy trabajando, en la lucha siempre”, dijo satisfecho a IPS.

Pero para la investigadora Paura el reto para integrar la ciudad implica otros debates.

“Deberíamos discutir qué dimensiones de la vida pueden quedar en manos del mercado, qué aspectos de nuestra vida cotidiana pueden depender de que ciertos bienes y servicios se puedan comprar, y qué otras deberían ser garantizadas para todos y todas en tanto seres humanos y miembros de una comunidad”, destacó a IPS.

Además, preservar los espacios públicos que propicien el  encuentro social.  “La escuela pública, por ejemplo, fue la institución clave de los procesos de integración social en la Argentina. Hoy la matrícula privada está en alza en CABA”, lamentó.

La  organización no gubernamental Techo Internacional estima que 113 millones de los más de 640 millones de habitantes latinoamericanos, viven en asentamientos informales.

Incluyendo a los excluidos en Tegucigalpa

La desigualdad, en la región más desigual del mundo, se acentúa en Honduras, su país más desigual, según datos coincidentes de organismos internacionales.

En Tegucigalpa, su capital el gobierno de Honduras, un país con 8,9 millones de personas, impulsa desde el 2013 el Programa de Integración y Convivencia Urbana (PICU), financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo, en nueve colonias (barrios) marginales en riesgo social por la inseguridad provocada por la violencia delictiva de las maras (pandillas).

Cambio radical en el acceso a la colonia (barrio) Ramón Amaya Amador de Tegucigalpa, gracias a la mejora en sus calles y al sistema de escaleras que mejora el tránsito de sus residentes y su comunicación con el resto de la capital de Honduras. Crédito: Thelma Mejías/IPS

Cambio radical en el acceso a la colonia (barrio) Ramón Amaya Amador de Tegucigalpa, gracias a la mejora en sus calles y al sistema de escaleras que mejora el tránsito de sus residentes y su comunicación con el resto de la capital de Honduras. Crédito: Thelma Mejías/IPS

El programa, que coordina el Instituto de Desarrollo Comunitario, Agua y Saneamiento (Idecoas), tiene tres componentes: infraestructura, programa deportivo y valores, y “emprendedurismo”.

“Hemos logrado una buena interacción entre la comunidad al integrarla a procesos de sostenibilidad. La vida ha cambiado en estas zonas, les hemos traído proyectos de agua, alcantarillas, cunetas, calles pavimentadas, calles con gradas, alumbrado público, mejora de canchas deportivas y construcción de salones de usos múltiples, entre otras obras”, dijo a IPS el ministro del Idecoas, Marco Pineda.

Pero “también apostamos a reconstruir el tejido social, hemos incorporado a unos 1.300 jóvenes a otras disciplinas que no solo son fútbol, como tenis de mesa, taekwondo y fisiculturismo. Algunos han ido a Cuba y han traído medallas. ¿Cuándo imaginaron eso? Lo estamos logrando y evitando que se involucren con grupos no amigables (pandillas) que existen por aquí”, acotó.

Una de las colonias (barrios) modelo es la “Ramón Amaya Amador”, al norte de Tegucigalpa.

Fundada hace más de 40 años, sus calles de lodo, sus caminos de herradura, el brote por doquier de las aguas negras, ahora es historia.

Sus calles están pavimentadas, tiene un moderno sistema de alcantarillado, agua potable, alumbrado público, una amplia cancha deportiva donde los niños y jóvenes practican atletismo y otras disciplinas deportivas.

“Antes esta colonia era un montarral (terreno lleno de matorrales), las calles eran caminos herradura (estrechos y accidentados) y por las noches era una oscurana. La necesidad nos obligó a invadir buscando un techo donde vivir, y ahora, esta es otra colonia. Ya no estamos aislados”, dijo orgullosa a IPS una de sus fundadoras, Fátima Vargas.

“Nos decían El Pantanal por  una novela brasileña que así se llamaba y porque aquí era bien lodoso, pero, aquí estamos,  y aquí las mujeres hemos empujado pa´lante”, recordó.

Jason Baisa, de 18 años participa en un  programa de fisiculturismo que promueven docentes cubanos del PICU.

“Antes yo venía aquí a molestar, andaba drogado, tenía malas amistades, bebía. Era un vago que andaba caminando por las calles. Pero los maestros me invitaron a entrar y aquí estoy, llevo seis meses completamente rehabilitado. Me gusta levantar pesas y entreno duro. Esto me enseñó que puedo ser útil, además he dejado los malos amigos”, dijo Baisa  a IPS.

“Aquí he aprendido disciplina y me han inculcado que soy importante, que soy una persona que puede salir adelante”, dijo sonriente.

Éxito de proyectos de cohesión urbana que según resumió a IPS el coordinador de los profesores del PICU, Hugo Rivero, es “la aceptación” comunitaria.

“No estigmatizamos a nadie y la gente lo ve y así lo siente”, explicó.

Con el aporte especial de Thelma Mejías, desde Tegucigalpa

Editado por Estrella Gutiérrez

Este artículo forma parte de una serie especial sobre las ciudades de América Latina, realizada por IPS con el respaldo de la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas (UCCI).

 


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