Un camino plagado de desgracias aguarda a los rohinyás en su huida
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Un camino plagado de desgracias aguarda a los rohinyás en su huida

Rohinyás huyen de Birmania y descienden en barcas en Shahparir Dip en Teknaf, Bangladesh. Crédito: IPS

Rohinyás huyen de Birmania y descienden en barcas en Shahparir Dip en Teknaf, Bangladesh. Crédito: IPS

COX'S BAZAR, Bangladesh, 19 sep 2017 (IPS) - Abandonados y expulsados de Birmania (Myanmar), decenas de miles de rohinyás luchan por sobrevivir en los distritos fronterizos de Bangladesh en medio de la escasez de alimentos y agua y de la falta de atención médica.

Desesperados por huir de la brutal persecución militar, miles de hombres, mujeres y niños han caminado kilómetros, navegado en barcas peligrosas y vadeado el río Naf, que divide a Birmania de Bangladesh.

“Vi cómo quemaban mi casa y dejamos nuestras pertenencias”, contó Nurul Islam, de 12 años, a IPS cuando llegaba a la frontera con Bangladesh el 13 de este mes. “Mataron a mi padre enfrente nuestro”, acotó.

“Mataron a mi padre enfrente nuestro”: Nurul Islam, de 12 años.

“Para escapar con mi madre y mi hermano menor, caminamos casi una semana para llegar a Bangladesh siguiendo una fila de personas que salían de Rakhine”, añadió.

Islam es uno de los más de 400.000 rohinyás que realizaron la dura y desafiante travesía hasta el vecino país en las últimas tres semanas. Muchos de ellos murieron de un disparo, por la explosión de una mina o ahogados en el río.

Parece no haber final al flujo constante de rohinyás que, con sus pertenencias a cuestas, lo que pudieron rescatar de los incendios, o con niños en sus hombros o regazos, o incluso cargando con adultos mayores a la espalda o en soportes de bambú.

Llegan destruidos, pero felices de seguir con vida, al menos por el momento.

Las organizaciones locales e internacionales que trabajan en la región alertaron de que este país de Asia meridionalm, superpoblado con 160 millones de personas, y muy pobre, está desbordado por el repentino flujo de refugiados.

Sin embargo, la primera ministra de Bangladesh, Sheij Hasina, prometió recibir a todos los rohinyás por razones humanitarias.

La falta de alimentos y de asistencia médica genera una crisis humanitaria, pues la gente llega con problemas nutricionales, malnutrición, y la falta de agua potable y el mal estado del saneamiento podrían derivar en enfermedades derivadas del líquido contaminado.

“Ya detectamos muchos casos de diarrea y enfermedades en la piel”, señaló Ibrahim Molla, médico del hospital de la comunidad de Dhaka, que atiende a los refugiados en Cox’s Bazar, respondió al ser consultado por IPS.

El número de rohinyás refugiados en Bangladesh podría llegar a un millón de personas, informaron en conferencia de prensa conjunta la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) y la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en esa ciudad, el jueves 14 de este mes.

La crisis se agravó en la última semana de agosto tras la brutal represalia del ejército de Birmania contra insurgentes rohinyás que atacaron un puesto de seguridad y dejaron soldados muertos.

Las autoridades birmanas niegan las acusaciones de pueblos incendiados que aparecieron en imágenes satelitales divulgadas por numerosas organizaciones internacionales y corroboradas por los refugiados rohinyás.

Además de los incendios, los refugiados acusan a los soldados birmanos de violar mujeres.

Incluso, el director de Acnur denunció que en el estado de Rakhine, la situación equivale a una “limpieza étnica de manual”.

Esta no es la primera vez que los rohinyás musulmanes sufren discriminación en Birmania, de mayoría budista, donde viven desde hace siglos.

En las últimas décadas, les sacaron el derecho a la ciudadanía, les negaron sus derechos fundamentales y los dejaron apátridas, lo que llevó a la Organización de las Naciones Unidas a calificarlos de “el pueblo más perseguido de la Tierra”.

Muchos países despacharon asistencia, pero los refugiados seguían padeciendo hambre y los voluntarios locales trataron de hacer lo mejor para distribuir la comida y el agua.

En muchos lugares, las personas famélicas rodeaban los camiones cargados con raciones alimentarias, desesperados por comer. La distribución se volvió riesgosa porque los voluntarios sin experiencia tiraban la comida desde el camión a la multitud.

Muchas personas resultaron heridas en las estampidas o golpeadas por los responsables de mantener el orden.

Miles de rohinyás, principalmente mujeres y niños, se ubicaron al costado de los caminos y en otros descampados a cielo abierto. Los que tuvieron suerte consiguieron plásticos para protegerse de las fuertes lluvias que inundaron una tercera parte de Bangladesh en agosto.

El gobierno bangladesí delimitó un área en esta ciudad de Cox’s Bazar para construir un nuevo campamento de refugiados y comenzar el registro obligatorio de los rohinyás antes de concederles estatus legal.

La falta de inodoros para tantas personas, obliga a los refugiados a defecar al costado del camino o de los canales de agua, de donde sacan para beber y otros usos.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef) señaló que unos 200.000 niños rohinyás estaban en riesgo y que cientos de menores sin adultos referentes, separados por la violencia en Rakhine, estaban en Cox’s Bazar y buscaban algún familiar.

Muchos de ellos están impactados por la terrible experiencia que les tocó vivir de asesinatos, incendio de sus pertenencias, así como la propia experiencia de la huida.

La organización Save the Children denunció el 17 de este mes que la escasez de alimentos, refugios, agua y artículos de higiene básicos podría derivar en una catástrofe.

La organización gestiona un campamento médico en Teknaf, indicó Molla, y consiguió permiso del gobierno para abrir un hospital de campaña para los refugiados.

Los hospitales locales de Cox’s Bazar y de la ciudad portuaria de Chittagong están plagados de refugiados rohinyás, muchos con heridas de bala y otros por las minas antipersona.

El agricultor rohinyá Mohammad Alam llegó a Bangladesh en barco tras cruzar el río Naf con su hijo afiebrado y en busca de un hospital, cuando le recomendaron caminar unos kilómetros para encontrar uno.

“Tuve suerte porque sobreviví al igual que toda mi familia”, reconoció Amam, aunque su expresión de preocupación denotaba la inseguridad por su futuro: ¿podrá volver a Birmania y cuándo? ¿Se terminaría la persecución contra su pueblo?

Traducido por Verónica Firme

 

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