Haití y América del Sur
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Haití y América del Sur

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Juan Gabriel Valdes, primer jefe de la Minustah, examina en la localidad de Cap Haitien armamento de uno de los contingentes de paz de las Naciones Unidas en Haití. Crédito: Minustah

Juan Gabriel Valdes, primer jefe de la Minustah, examina en la localidad de Cap Haitien armamento de uno de los contingentes de paz de las Naciones Unidas en Haití. Crédito: Minustah

SANTIAGO, 27 abr 2018 (IPS) - Se puede decir que en una buena medida, Haití redescubrió América del Sur a partir de la Minustah, la Misión de Estabilización de Naciones Unidas en Haití.  

Desde el 2004 en adelante, fueron  miles de soldados argentinos brasileños, chilenos, ecuatorianos, peruanos y uruguayos, los que reconectaron a la isla del Caribe con unos países con los cuales Haití no había tenido más contacto que el de Francisco de Miranda con Jean-Jacques Dessalines en 1806, y aquel posterior de Simón Bolívar con Alexandre Pétion, cuando Haití prestó un pequeño ejército para liberar la Gran Colombia.

En la presencia por más de una década de estos contingentes militares de Naciones Unidas en suelo haitiano, precedidos por la enorme popularidad del fútbol sudamericano en el país, radica, al menos en parte, la evidente atracción del pueblo haitiano hacia los países de origen de las tropas.

Día a día, miles de personas en las principales ciudades de Haití observaron desde los muros de los cuarteles militares a soldados que desplegaban sus banderas y cantaban loas a sus virtudes nacionales.

En poco tiempo, decenas de miles de haitianos comenzaron a vislumbrar que sus perspectivas de trabajo y estudio no estaban solo en República Dominicana y Estados Unidos, países hacia los cuales habían emigrado tradicionalmente, sino que en Brasil, Argentina, Uruguay y Chile, naciones que parecían ofrecer un destino, que a diferencia de los anteriores, veían revestido de una pátina de solidaridad.

Estas percepciones se vieron dramáticamente reforzadas con el terremoto de enero de 2010, en el que murieron 310.000 personas, hubo 350.000 heridos y 1.500.000 damnificados y se incrementó gravemente la pobreza y el abandono en el que subsiste parte importante de la población.

Sin embargo, mientras la Minutah, con sus luces y sombras, conseguía atraer haitianos hacia los países de sur continental, estos últimos no lograron nunca involucrarse realmente en el desarrollo de Haití.

Limitados por restricciones de las misiones de paz que descartan la participación de contingentes militares en planes de infraestructura ajenos a su misión de seguridad, el apoyo de los gobiernos latinoamericanos al desarrollo haitiano fue esporádico, con destellos de entusiasmo, pero sin persistencia.

Sin desmerecer algunos aporte de las agencias de cooperación de los países del sur en beneficio de la infancia o del desarrollo agrícola, así como el compromiso de algunas de sus organizaciones no gubernamentales con programas de salud y vivienda, hay que reconocer que al final, el principal aporte sudamericano a Haití fue la provisión de tropas a la misión de Naciones Unidas.

Hoy, sin embargo, los lazos de América Latina con Haití se han hecho irreversibles. Cerca de 150.000 haitianos han emigrado a Argentina, Brasil y Chile siendo este último el que durante el año pasado recibió una cantidad mayor de ciudadanos de ese país.

Buscan trabajo y en buena parte lo consiguen, pero se encuentran con  políticas de asistencia a la migración que son primarias o inexistentes. Deben insertarse además en sociedades que desconocen su historia y les ven como los más pobres entre los pobres, lo que no necesariamente es verdad.

No es el momento para que los países del sur se vayan de Haití. La Minustah ha terminado, pero es necesario que los países de la región que la conformaron, mantengan su relación estrecha con la isla del Caribe.

La inmigración descontrolada no le conviene a nadie, menos que a todos a Haití, que necesita a sus sectores medios para su propio desarrollo.

Pero se hace necesaria una colaboración estrecha de los gobiernos receptores de la emigración con el gobierno haitiano, un esfuerzo más ambicioso que el que establece una relación diplomática formal.

Al final, el único control efectivo para una inmigración masiva es el desarrollo de ese país y la generación de oportunidades de empleo a su población.

Juan Gabriel Valdés fue representante del secretario general de la ONU en Haití entre 2004 y 2007 y primer jefe de la Misión de Estabilización de Naciones Unidas en Haití, entre 2004 y 2006. Valdés también ha sido, entre otros cargos diplomáticos, canciller de Chile (1999-2000) y embajador de su país ante Estados Unidos (2014-marzo de 2018).

 

TT: jg_valdes

 


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