Reconocimiento y políticas piden mujeres rurales latinoamericanas
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Reconocimiento y políticas piden mujeres rurales latinoamericanas

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Yolanda Flores, una indígena aymara, habla a otras mujeres dedicadas a la pequeña agricultura, congregadas en la plaza de su aldea, en las alturas del sur andino de Perú. Ella está convencida de que participar en los espacios locales de decisión es fundamental para las mujeres rurales salgan de la invisibilidad y se reconozcan sus derechos. Crédito: Cortesía de Yolanda Flores

Yolanda Flores, una indígena aymara, habla a otras mujeres dedicadas a la pequeña agricultura, congregadas en la plaza de su aldea, en las alturas del sur andino de Perú. Ella está convencida de que participar en los espacios locales de decisión es fundamental para las mujeres rurales salgan de la invisibilidad y se reconozcan sus derechos. Crédito: Cortesía de Yolanda Flores

LIMA, 11 oct 2018 (IPS) - Las mujeres rurales de América Latina son determinantes en metas como un desarrollo sostenible en el campo, la seguridad alimentaria y la reducción del hambre en la región. Pero se mantienen entre invisibles y vulnerables y requieren reconocimiento y políticas públicas para salir de la situación de abandono.

Suman alrededor de 65 millones y configuran una amplia diversidad por sus orígenes étnicos, los territorios que ocupan, y por las actividades y roles que desempeñan, los que sin embargo carecen de valoración por parte de los Estados, en una deuda que  resalta cuando se celebra el Día Internacional de las Mujeres Rurales, el 15 de octubre.

“Ellas cumplen roles claves, producen y trabajan mucho más que los hombres. En las huertas, en las cosechas, en las siembras, hacen los cultivos, ven los animales, después cargan desproporcionadamente con el trabajo de la casa, de los niños, etcétera, pero no ven un peso”: Julio Berdegué.

“El Estado, sea gobernante local o nacional, nos tiene abandonadas, en su cabeza está sembrar fierro y cemento, no entienden que vivimos de la agricultura y que somos las mujeres las más afectadas porque nos encargamos de la alimentación y de la salud de nuestras familias”, manifestó a IPS la aymara Yolanda Flores.

Perteneciente a Iniciati, una aldea de unas 400 familias indígenas y campesinas en el sureño y andino departamento peruano de Puno, situada a más de 3.800 metros sobre el nivel del mar, Flores se dedica desde siempre a “hacer la chacra”.

Eso significa cultivar en su parcela, heredada de sus padres, papa, habas y granos como quinua y cebada que lava, muele con batán (utensilio de piedra de uso ancestral) y coloca como alimento cotidiano en su hogar. El remanente lo comercializa en forma comunitaria.

“Cuando hacemos la chacra hablamos con nuestros productos, a cada papa abrazamos, le decimos qué ha pasado, por qué te has flojeado, por qué este gusano te ha entrado. Y cuando está grande le felicitamos, uno por uno, así nuestro alimento tiene mucha energía cuando comemos. Pero no entienden esa forma de vida de nosotros y se olvidan de la pequeña agricultura”, dijo.

Así como Flores, los millones de mujeres rurales de América Latina enfrentan la falta de reconocimiento a su trabajo productivo, así como el que realizan para mantener el hogar, atender a la familia, criar a los hijos o cuidar a las personas enfermas y ancianas.

Por esta situación, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) urge incentivar en la región compromisos de los Estados para revertir las históricas desventajas que enfrentan e impiden su acceso a los recursos productivos, el disfrute de sus beneficios y el logro de su autonomía económica.

“Dependiendo del país, entre dos tercios y 85 por ciento de las horas que trabajan las mujeres rurales, es trabajo no remunerado”, aseguró a IPS el representante regional de la FAO para América Latina y el Caribe, Julio Berdegué.

Mujeres que se dedican a la agricultura de sobrevivencia a más de 3.300 metros sobre el nivel del mar en las alturas de del sur del departamento de Cusco, en los Andes de Perú, en el municipio de Cusipata. Con el apoyo de organizaciones no gubernamentales han instalado invernaderos o fitotoldos que les permite producir hortalizas diversas venciendo las inclemencias climáticas. Crédito: Janet Nina/IPS

Mujeres que se dedican a la agricultura de sobrevivencia a más de 3.300 metros sobre el nivel del mar en las alturas de del sur del departamento de Cusco, en los Andes de Perú, en el municipio de Cusipata. Con el apoyo de organizaciones no gubernamentales han instalado invernaderos o fitotoldos que les permite producir hortalizas diversas venciendo las inclemencias climáticas. Crédito: Janet Nina/IPS

El también subdirector general del organismo deploró que no reciban pago por el duro trabajo que desempeñan en la agricultura y que se incrementa cuando son jefas de familias, de sus unidades productivas o durante la temporada de cultivo.

Políticas públicas contra discriminación

María Elena Rojas, a cargo de la representación de FAO en Perú, indicó a IPS que si las mujeres rurales en los países latinoamericanos accedieran a la tenencia de la tierra, servicios financieros y asistencia técnica al igual que los hombres, incrementarían el rendimiento de sus parcelas entre 20 y 30 por ciento, y la producción agrícola mejoraría entre 2,5 y cuatro por ciento.

Ese incremento contribuiría a disminuir el hambre entre 12 y 15 por ciento.
“Eso demuestra el rol y aporte de la mujer rural y la necesidad de tener políticas públicas asertivas para lograrlo y que tengan oportunidades para ejercer sus derechos. Ninguna debe quedarse sin estudiar, sin alimentación sana y salud de calidad. Son derechos y no algo imposible”, expresó.

“Ellas cumplen roles claves, producen y trabajan mucho más que los hombres. En las huertas, en las cosechas, en las siembras, hacen los cultivos, ven los animales, después cargan desproporcionadamente con el trabajo de la casa, de los niños, etcétera, pero no ven un peso”, remarcó desde Santiago de Chile, sede regional de la FAO.

“Decimos: queremos que las mujeres se queden en el campo.  ¡Por Dios!, ¿por qué se quedarían?, trabajan para el padre, después trabajan para el marido o el compañero.  ¡No se vale, no se vale!”, exclamó Berdegué, para luego incidir en la necesidad de desterrar la justificación del trabajo no remunerado de las mujeres rurales, pues impide el logro de su autonomía económica.

Explicó que no tener ingresos propios, o que los generados con el fruto de su trabajo sean luego manejados por los varones, las coloca con menos poder en sus familias, en la comunidad, en el mercado y en la sociedad.

“Imagínense que fuera al revés, que a nosotros, alos hombres, nos dijeran: ustedes trabajan, pero no van a recibir ni un peso. Ya hubiéramos hecho la revolución.  Pero nos hemos acostumbrado que para la mujer rural eso está bien porque es el hogar, es la familia”, planteó Berdegué.

El representante regional hizo un llamado a los países a tomar conciencia de esa realidad y a afinar políticas para corregir esa situación de discriminación.

Una carga global de trabajo mayor que la de los hombres, la inseguridad económica, el reducido acceso a recursos como tierra, agua, semillas, créditos, capacitación y asistencia técnica son algunos de los problemas comunes que enfrentan las mujeres rurales de América Latina ya sean agricultoras, recolectoras o asalariadas según el  Atlas de las Mujeres Rurales ALC, publicado en 2017 por la FAO.

Aun en esas circunstancias, ellas son protagonistas de cambio como ocurre con el impulso de la organización sindical de mujeres rurales en los sectores de agroexportación.

La afrodescendiente Adela Torres, secretaria general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria Agropecuaria (Sintraingro), en la región bananera de Urabá, en el departamento colombiano de Antioquía, sentada en primer plano en el suelo con camiseta blanca, durante un encuentro de mujeres afiliadas. Crédito: Cortesía de Sintrainagro

La afrodescendiente Adela Torres, secretaria general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria Agropecuaria (Sintraingro), en la región bananera de Urabá, en el departamento colombiano de Antioquía, sentada en primer plano en el suelo con camiseta blanca, durante un encuentro de mujeres afiliadas. Crédito: Cortesía de Sintrainagro

Con la mayor venta de productos no tradicionales a los mercados internacionales como flores, frutas y hortalizas, las mujeres han engrosado este sector, indica otro estudio regional, aunque muchas veces en condiciones de precariedad y con normas que no aseguran el trabajo decente.

Sindicalización contra explotación

Existen , sin embargo, experiencias de sindicalización para que las mujeres no sean explotadas, como la que protagoniza la afrodescendiente colombiana Adela Torres.

Desde la infancia y siguiendo la tradición familiar, ella trabajó en una finca bananera en el municipio de Apartadó, en Urabá, una región productora de banano para la exportación ubicada en el caribeño departamento de Antioquia.

Ahora, con 54 años, dos hijas y dos nietas, Torres es la secretaria general del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Industria Agropecuaria (Sintraingro) que agrupa 268 fincas, desde donde promueve la inserción de mujeres rurales, en un sector de rostro masculino.

“Cuando las mujeres ganan su propio dinero y lo administran, pueden mejorar su calidad de vida”, dijo a IPS en diálogo telefónico desde Apartadó.

Considera que la participación de las mujeres en la producción del banano debe ser equitativa y que su desempeño merece el mismo reconocimiento.

“Hemos conseguido que cada finca contrate a por lo menos dos mujeres más y entre los logros ya obtenidos están su contrato laboral, igualdad salarial, seguridad social e incentivos para educación y vivienda”, explicó.

A su juicio, las mujeres rurales pasan muchas dificultades, muchas no terminan la escolaridad básica,  son madres demasiado temprano y jefas de hogar, no tienen formación técnica y no cuentan con apoyo del Estado.

Pero pese a ese contexto, Con su trabajo ellas ganan seguridad para sacar adelante a sus hijos y superarse ellas mismas y contribuir a la seguridad alimentaria.

Dar el salto a los espacios de visibilidad, es también un desafío que Flores ha asumido en las alturas altoandinas de Puno para que sus propuestas y necesidades se escuchen.

“Tenemos que ganar espacios de decisión y entrar como autoridades, esa es la lucha ahora, hablar por nosotras mismas. Yo estoy decidida y estoy animando a otras mujeres para hacer ese camino”, planteó.

Ante la indiferencia de los Estados, más acción y más presencia es la filosofía de Flores, tal como le enseñó su abuela, que le repetía: “No seas floja y siempre trabaja”. “Ese es el mensaje y lo llevo en mi mente, pero quisiera hacerlo con más apoyo y más derechos”, dijo.

Con el aporte de Orlando Milesi desde Santiago de Chile

Edición: Estrella Gutiérrez

 


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