Un vagón de tren en Compiègne
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Un vagón de tren en Compiègne

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Los representantes de las fuerzas aliadas y el Imperio alemán, antes de subir al vagón de tren estacionado en el bosque de Compiègne, a 70 kilómetros al noreste de París, donde firmaron el armisticio que representó el fin de la Primera Guerra Mundial, y cuyos efectos persisten 100 años después. Crédito: Dominio público

Los representantes de las fuerzas aliadas y el Imperio alemán, antes de subir al vagón de tren estacionado en el bosque de Compiègne, a 70 kilómetros al noreste de París, donde firmaron el armisticio que representó el fin de la Primera Guerra Mundial, y cuyos efectos persisten 100 años después. Crédito: Dominio público

GINEBRA, 10 nov 2018 (IPS) - ¿Qué nexo une la actual guerra civil en Siria, la política de austeridad impuesta por Alemania durante la última crisis económico-financiera o el conflicto árabe-israelí? Pues su origen, que radica en el mundo que nació hace 100 años, en un vagón de tren en Compiègne, al noreste de París.

Y es que el 11 de noviembre de 1918 se firmaba, en ese vagón de tren, el armisticio entre las potencias aliadas y el Imperio alemán. Este hecho significaba de facto el fin de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), un conflicto que cambió el mundo, al que hoy todavía proyecta su sombra.

Seguirían la Conferencia de Paz de París, los tratados de paz de Versalles, el de Sèvres y otros. El nacimiento de la Sociedad de Naciones, la política de “reparaciones” o la disolución de los Imperios austrohúngaro, alemán y otomano, y en parte del ruso.

Hechos muchos de los que hoy, todavía, están presentes en la agenda política internacional y marcan la vida de millones de personas.

Oriente medio, Kurdistán y Siria

La disolución del Imperio otomano, por vía del tratado de Sèvres, de agosto de 1920, abrió una caja de Pandora que hoy todavía nos esforzamos para cerrar. Tres ejemplos: el conflicto palestino-israelí, la guerra civil en Siria y en el Kurdistán.

Manuel Manonelles. Crédito: Cortesía del autor

Empezamos por el último, el tratado mencionado preveía la celebración de un referéndum para decidir su futuro, un referéndum que nunca se llevó a cabo.

El golpe de Estado de Kemal Atatürk en Turquía, la guerra que le siguió y el tratado de Lausana (1923) fueran la principal causa, pero la desunión entre los kurdos que podríamos llamar “pragmáticos” y los partidarios de un gran Kurdistán también influyó.

Igualmente, el hecho de que Sèvres previera incluir dentro del territorio de un eventual Kurdistán libre la provincia petrolera de Mosul (que los británicos ambicionaban) ayudó a inclinar la balanza a favor de los intereses turcos.

Otra desgraciada herencia es, en parte también, el actual conflicto civil en Siria.

Es bien sabido que el origen de la guerra civil está vinculado a la eclosión de la primavera árabe, la resiliencia del régimen de Bashar al Asad, la infiltración de los grupos radicales de matriz yihadista, y los juegos de intereses regionales de muchas potencias.

Pero parte del ensañamiento de la actual guerra es fruto de un Estado resultante del fin de la primera guerra mundial, hecho con tiralíneas que mezclaron y dividieron, sin pudor, grupos y colectivos étnicos y religiosos diversos para satisfacer, exclusivamente, los intereses coloniales franceses y británicos. Y todo en base a un acuerdo secreto franco-británico pactado durante la misma guerra, el acuerdo Sykes-Picot de 1916.

Y la guinda de todos los conflictos, el conflicto árabe-israelí; cuyo origen muchos ven en la declaración Balfour (1917) anterior al fin de la Gran Guerra, pero asumida por la Conferencia de San Remo (1920), vinculada también a la Conferencia de Paz de París, en el marco de los complejos movimientos de las potencias y de influyentes grupos de poder en los momentos de redefinición de las fronteras del levante postotomano.

Las herencias en política financiera

En otro orden de cosas, uno de los principales elementos que definió también los tratados resultantes de la Conferencia de Paz de París, y en especial del Tratado de Versalles, fue la política de “reparaciones”, por la que los países perdedores de la guerra debían hacer frente al pago de elevadísimas sumas para indemnizar los aliados, los vencedores.

Esta política, tan agresiva, provocó la dimisión de un joven economista de la delegación británica en la Conferencia de Paz, un tal John Keynes, que avisó de las consecuencias desestabilizadoras en el ámbito económico y financiero que esto podía tener.

Y de hecho esta fue una de las principales causas de la crisis híperinflacionista alemana de los años 1920-1923, en la que una barra de pan llegó a costar billones de marcos alemanes. Es conocida la influencia de esta crisis en el descrédito de la República de Weimar y el consecuente ascenso del nazismo.

Esta secuencia de hechos está en la base de la animadversión casi patológica de los economistas alemanes a la inflación. Desde el establecimiento de la República Federal de Alemania, la política económica y financiera oficial alemana ha estado siempre condicionada a un control estricto de la inflación: percibida y vivida como la madre de todos los males posibles e imaginables.

Y esta fue la política que la canciller Angela Merkel impuso, no solo en Alemania sino también en Europa, durante la última crisis económica y financiera; una política restrictiva del gasto que alejara el supuesto peligro de una inflación que se pudiera desembocar… con las consecuentes políticas de austeridad y sus secuelas…

Y todo esto, y más, comenzó en un vagón de tren en Compiègne, al noreste de París, este 11 de noviembre hace 100 años.

 


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