Odisea de una joven senegalesa, de emigrante retornada a abogada

La estudiante de Derecho, Judia Ndiaye, espera terminar su maestría en la Universidad Cheij Anta Diop (UCAD), de Senegal, en 2019. Ndiaye es una migrante retornada. Crédito: Samuelle Paul Banga/IPS.
La estudiante de Derecho, Judia Ndiaye, espera terminar su maestría en la Universidad Cheij Anta Diop (UCAD), de Senegal, en 2019. Ndiaye es una migrante retornada. Crédito: Samuelle Paul Banga/IPS.

Judia Ndiaye, quien terminará su maestría en Derecho en la senegalesa Universidad de Cheij Anta Diop el año próximo, quiere ayudar a las comunidades locales, como la suya, Hann Bel-Air, donde es raro ver mujeres en la profesión. Pero hubo tiempo en el que no podía ni soñar con ello y se expuso a una terrible experiencia en el extranjero.

Con 24 años, la inteligente y dedicada Ndiaye, quien logró especializarse en derecho notarial y ahora habla con entusiasmo de su futuro, es una emigrante retornada. En 2012, cuando tenía 18 años y llevaba cuatro meses en la Facultad de Derecho, se sintió agobiada.

Ahora cuando cuenta las razones por las que se quiso ir de Senegal, baja la cabeza y se ríe.

“En el primer año de la facultad, éramos 4.000 estudiantes y me subestimé; no creí que pudiera tener éxito en este mundo”, relató a IPS.

Camino a la desilusión

Ndiaye comenzó a buscar otra cosa para hacer con su vida. Siempre quiso trabajar en un centro de atención al cliente, y su primo Pape, quien vivía en Marruecos, le contó que allí pagaban muy bien en ese rubro.

Dejar a la familia y emprender la aventura sin previo aviso es una decisión valiente, incluso surrealista, para una joven de una sociedad profundamente religiosa como la de Senegal.

“No fue fácil tomar la decisión. No le dije a mis padres porque si hubieran sabido, no me habrían dejado ir”, recordó.

Pape la contactó con quienes la ayudarían a llegar a Marruecos sin contar con los documentos en regla. “Me pagué el viaje con el dinero para mis estudios, 200.000 francos centroafricanos (CFA), unos 348 dólares”, relató.

Pero cuando llegó el día de partir a la “tierra prometida”, se decepcionó cuando se dio cuenta de que no viajaba en avión, sino que “terminó subiéndose a un autobús a la fuerza”.

Después de 3.000 kilómetros en un minibus, Ndiaye y otros jóvenes, por fin llegaron a Marrakech. Pero rápidamente, su sueño trabajar en un centro de atención al cliente se convirtió en desilusión.

Nadie le dijo, y probablemente su primo no lo sabía, es que en Marruecos para trabajar en esos centros se exigen dos años de universidad. Vivió un tiempo con su primo y su esposa, pero no fue fácil, aunque la trataban bien.

La joven fue testigo de cómo robaban y atacaban a su primo en la calle y temió que lo mismo pudiera pasarle a ella.

“Marroquíes en un escúter trataron de robarle el teléfono. Él se quiso defender, pero los jóvenes lo apuñalaron. Vi cómo le brotaba la sangre y me traumé”, recordó, con voz temblorosa.

De vuelta a casa para un nuevo comienzo

Finalmente, decidió volver a Senegal, con ayuda de sus padres, quienes le pagaron el pasaje de regreso en avión. Una vez en su país, con ayuda de su familia, Ndiaye pudo seguir estudiando.

“En la universidad, me sentía un poco como en casa. Me daba vergüenza porque la gente sabía que había dejado de estudiar y me había ido a Marruecos”, acotó.

“Mis profesores me ayudaron, en especial una que me daba ánimos cuando lo necesitaba. Ahora trabaja en un tribunal en Dakar”, apuntó

Migrantes como mensajeros

Mientras avanzaba en sus estudios, un amigo, también emigrante retornado, le dio el número de teléfono de Mohamadou Ba, encargado de una comunidad de retornados voluntarios en Dakar.[related_articles]

Ba forma parte de la campaña Migrantes como Mensajeros, impulsada por la Organización Internacional para las Migraciones (OIM).

La campaña capacita a los migrantes retornados a entrevistar, filmar y documentar las historias de otros que pasaron por lo mismo, luego las comparten en Facebook y otras redes sociales, motivando a otros a hacer lo mismo.

Ndiaye se unió a otros y decidieron el mensaje que querían difundir entre los jóvenes, basándose en sus propias experiencias: “lo mejor es quedarse en casa, o si decides viajar, hazlo de forma regular”.

Más que asistencia económica

Ndiaye también está agradecida de la ayuda que recibió de la red de emigrantes retornados a Senegal. “Logramos confianza y esperanza. Y es mucho más importante que la asistencia económica”, explicó.

Yaya Mballo y Ndèye Fatou Sall también son emigrantes retornados, quienes, gracias a la OIM, lograron reintegrarse a la sociedad y fundaron su propio negocio de filmación y video.

Por su parte, Julia Burpee, especialista en desarrollo de medios de la campaña, dijo a IPS: “Cuando comenzamos la capacitación de vídeo y narración, muchos emigrantes que habían retornado de Libia y de otros países eran demasiado tímidos y estaban avergonzados de compartir sus historias”.

“Cuanto más estaban frente a la cámara, y detrás de ella, y veían los beneficios de usar el vídeo como herramienta para sanar y difundir un mensaje, más a animaron a hablar”, comentó Burpee.

“Ahora todos hablan con seguridad y convicción sobre sus experiencias migratorias, deseosos de ayudar a informar a otros sobre los riesgos que encuentran y, en definitiva, salvar vidas”, añadió.

Este martes 18 se conmemora el Día Internacional del Migrante y muchos de los retornados celebrarán con diversas actividades en la capital senegalesa.

Ndiaye, por su parte, está muy interesada en el derecho aplicado a cuestiones de género. De hecho, su disertación para la maestría trata sobre la desigualdad de género en las leyes de sucesión islámicas en este país de África occidental.

“El derecho de sucesión me fascina porque regula la vida cotidiana y también es un hecho del que se escucha hablar mucho”, explicó a IPS.

“Sí, las mujeres podemos”, concluyó.

* Con aportes de Samuelle Paul Banga.

Traducción: Verónica Firme

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