Sector agropecuario en Cuba, un desafío permanente
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Sector agropecuario en Cuba, un desafío permanente

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El sector agropecuario en Cuba siempre ha sido un desafío permanente, pero el escenario 2020, con el azote del coronavirus, coloca al país nuevamente frente a varios interrogantes

La joven Adriana Cosmé usa una máscara de protección mientras adquiere algunos bananos en un mercado de La Habana, en medio del aumento de la preocupación de la población sobre la propagación de la enfermedad de covid-19 en Cuba. Foto: Jorge Luis Baños/IPS

LA HABANA, 3 abr 2020 (IPS) - En lo tocante al desarrollo, el sector agropecuario tiene varias funciones importantes que cumplir, entre ellas: proveer de alimentos a la población, abastecer de materias primas a la industria procesadora, generar divisas a través de las exportaciones y liberar divisas a partir de la sustitución de importaciones. Además, es un sector que genera empleos y que permite el desarrollo de las comunidades donde tiene lugar.

En Cuba, tradicionalmente el foco de atención estuvo centrado en la agroindustria azucarera, que desde la neocolonia se convirtió en la principal actividad económica de Cuba.

El país se consolidó como exportador de azúcar e importador de otros alimentos. Primeramente, se exportaba a España, luego a Estados Unidos y posteriormente a la antigua Unión Soviética y el resto del campo socialista. Con relación a la dependencia de las importaciones, a finales de la década de los 50, estas representaban aproximadamente la quinta parte de las importaciones totales, 47% de la energía alimentaria y 53% de la proteína que se consumía en el país.

Entre 1959 y 1989, las estrategias económicas se plantearon como propósito secundario la producción de alimentos. Se dotó al sector de medios e insumos que superaban la media de los países de América Latina y el Caribe, e incluso a América del Norte en el caso de los fertilizantes. Aun en estas condiciones, los rendimientos agrícolas permanecieron muy por debajo de estas regiones.

Betsy Anaya Cruz. Foto: Cortesía de la autora

Betsy Anaya Cruz. Foto: Cortesía de la autora

En estos años, además, se crearon más de 40 centros de investigación aplicada a la agricultura, y se avanzó en la integración agroindustrial, pero en un grupo reducido de productos, destacando la agroindustria azucarera. No obstante, se mantuvo la dependencia de las importaciones siendo de origen externo, en 1989, 57% de las calorías y 62% de las proteínas que se consumían en el país.

La crisis que sobrevino, impuso un cambio en el paradigma tecnológico ante el brusco recorte de las importaciones. Esta realidad hizo que afloraran muchas lecciones del período anterior:

  • Contar con recursos suficientes no garantiza de por sí, una agricultura eficiente con elevados rendimientos.
  • La dependencia externa, hace muy vulnerable al sector.
  • El modelo agrícola basado en grandes explotaciones de tierra es menos manejable y eficiente que el que se sustenta en explotaciones de menor tamaño.
  • El manejo de asignación de recursos por demás centralizado, es ineficiente. Los actores requieren autonomía para la gestión de su actividad.
  • Temas como la organización del proceso productivo, el estímulo a los productores, la articulación entre la producción y la industria resultan claves para el éxito del sector.
  • El acopio y los servicios asociados (como el transporte, por ejemplo) también son importantes para que mayores producciones se conviertan en incrementos del consumo.
  • Se requieren espacios de mercado para que los campesinos canalicen producciones y obtengan ingresos estimulantes.

En la década de los 90, se implementaron un grupo de transformaciones importantes buscando una mayor soberanía alimentaria.

Hubo incrementos productivos, sobre todo en algunos rubros (como la carne de cerdo) para los cuales se diseñaron programas especiales de desarrollo. Casi dos décadas más tarde, en 2007, el presidente Raúl Castro llamó la atención sobre la inconsecuencia entre la existencia de tierras ociosas y la dependencia de las importaciones de alimentos, cuya factura ronda aproximadamente 2000 millones de dólares cada año (cifra que se mantiene en la actualidad).

Una vez más, un paquete de medidas fue diseñado para estimular la producción de alimentos, sin que hasta hoy haya mostrado resultados verdaderamente significativos.

Siendo así, ¿qué ocurre con la producción de alimentos en Cuba? ¿Dónde radica la imposibilidad de nuestra agricultura de alimentar en mayor medida a la población a pesar de que este objetivo aparece como una prioridad del país en todo momento? ¿Es un problema de factores de producción? ¿Es que la calidad de los suelos no nos acompaña, por ejemplo? ¿Es un asunto de propiedad como señalan algunos autores? ¿Es que no contamos con recursos materiales suficientes? ¿Es que el bloqueo no nos lo permite?.

Mientras nos detenemos en la respuesta a esas interrogantes, el escenario en 2020 nos pone en una encrucijada. Como diría el ministro de Economía, Alejandro Gil, no sabemos qué va a ocurrir con nuestras importaciones con el azote del coronavirus a nivel mundial, ¿seguirán exportando los países productores en este contexto? ¿Cómo mantener un consumo tan dependiente de las compras externas?

Si hasta el momento, las transformaciones aplicadas (que tienen bastante similitud en los diferentes períodos de transformación) no han resultado suficientes, es hora de aplicar alternativas diferentes, más efectivas y novedosas, con menos eslóganes y más objetividad.

Considero que algunos caminos en los que hay que actuar con celeridad, aún en medio de esta situación, son:

Aplicar los múltiples hallazgos de la ciencia a la esfera productiva; igualar las condiciones de actuación de todas las formas de gestión (estatal, cooperativa y privada); estimular la articulación entre actores de diversas áreas (producción, acopio, beneficio, industria, prestadores de servicio); introducir esquemas de prefinanciamiento por parte de la industria u otros eslabones; reducir la burocracia que comienza en la propia estructura del sistema de la agricultura e invertir los esfuerzos y los recursos en la fase productiva y otros eslabones clave de la cadena; eliminar todos los obstáculos a la producción; permitir la formación de cooperativas de segundo grado para el acopio y otras actividades; y sobre todo, flexibilizar y dar autonomía a quienes producen (estatales y no estatales) permitiéndoles participar en el diseño de soluciones diversas a esta problemática tan compleja y acuciante.

RV: EG

 


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