HAITÍ: Una cuesta imposible de subir Por Darío Montero, enviado especialPUERTO PRÍNCIPE, 1 jun (IPS) - En sentido contrario a las ”favelas” de Río
de Janeiro, la capital haitiana nace en la montaña con escasas y
amuralladas mansiones para caer a borbotones hacia el mar, en una escalera
de casuchas cada vez más paupérrimas y frágiles a medida que se acuesta
sobre la costa.
”Yo me voy con ustedes. ¿Cuándo nos vamos?”, preguntan a los
periodistas uruguayos los niños que frecuentan la puerta de la base del
batallón conjunto Uruguay 1 en Puerto Príncipe, en busca del desayuno o de
otros alimentos y, especialmente, del trato acogedor que se les presta.
Su español elemental termina allí o en algún que otro latiguillo que
usan los militares uruguayos que conforman el segundo mayor contingente de
la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (Minustah, por
sus siglas en inglés), después del brasileño.
Uruguay, a 5.000 kilómetros de distancia, puede parecer a estos niños
más accesible que las cimas de las colinas que rodean Puerto Príncipe y a
las que sólo se asciende con poderosas camionetas de doble tracción o con
automóviles lujosos de vidrios oscuros.
El desfile matinal de miles de niños y niñas --idénticos a los que se
acercan a las bases uruguayas de Puerto Príncipe y de otros puntos del
sudoeste del país--, impecablemente vestidos con uniformes escolares de
colores que identifican a cada colegio, puede engañar al extranjero, pues
se contradice con una proporción de analfabetismo de 50 por ciento.
Las familias haitianas hacen un verdadero culto de la escuela para sus
hijos, no correspondido por el Estado, que sólo cubre 30 por ciento de la
oferta educativa y deja el resto en manos privadas, sin control ni
programas coherentes y estructurados, muy lejos de la educación paga tanto
de países del Norte rico como del Sur pobre.
El Estado está ausente en la educación como en otros aspectos de la
vida haitiana. Aquí todo es estimado grosso modo, no hay datos estadísticos
ni cifras confiables, pero los males son mayores que los números.
Cualquiera puede abrir una escuela privada, sin necesidad siquiera de
presentar un certificado de estudios ni justificar estructura alguna. El
resultado es, en general, una enseñanza ficticia que al poco tiempo suma
más analfabetismo, dijo a IPS el francés Guillaume Devars, uno de los
asesores electorales de la Minustah.
Se trata de una educación lineal sin ninguna capacidad crítica. No se
enseña a razonar. No hay comprensión del idioma escrito, se hace sólo a
través de la simple lectura y la repetición, sin método de elaboración del
lenguaje, explicó Devars, quien llegó a Haití hace más de dos años como
integrante de una organización no gubernamental católica de su país.
De ese modo caen los primeros peldaños de la escalera de ascenso
social, a los que luego seguirán otros pasos en el vacío, como la casi
imposible inserción laboral en una economía en vías de extinción, sólo
colgada de la supervivencia a toda costa.
Haití está bajo una administración interina y ocupado por una fuerza
internacional de paz desde el 29 de febrero de 2004 --cuando un golpe de
Estado derrocó al presidente constitucional Jean-Bertrand Aristide--, tiene
una población de 8,5 millones de habitantes, de los cuales al menos 80 por
ciento son pobres.
La solución de la crisis perenne, pero cada vez más terminal, pasa por
reducir la brecha entre esa población y los contados dueños de las colinas,
afirman autoridades interinas, un dictamen tan viejo como inútil a juzgar
por la miseria endémica a la vista.
La venta callejera, que cruza la capital en los cuatro rumbos, es la
herramienta de subsistencia más próxima para los habitantes, cuatro
millones en Puerto Príncipe. El pescado frito se ofrece, rociado de
insectos, en recipientes metálicos colocados al borde de canaletas por las
que corre agua contaminada.
Junto a otra variada y similar muestra de alimentos de poca higiene, la
oferta incluye ropa, colgada en largas paredes, relojes de desconocida
procedencia y algún que otro artículo tan brilloso como inútil, expuestos
sobre mesas, debajo de las cuales mujeres y niños pequeños esperan algún
cliente.
Las angostas veredas, que recorren en largas caminatas hombres y
mujeres de orgullosa elegancia o en las que esperan las ”tap tap”
(camionetas cubiertas con toldo y con bancos que ejercen de transporte
público) son a la vez un gran muestrario comercial de intercambio entre los
propios transeúntes.
Ese mar humano no parece inmutarse al paso de la caravana de vehículos
blancos con la inscripción UN (por Naciones Unidas en inglés), en la que
viaja IPS como parte de la delegación de periodistas uruguayos llegados a
Haití el sábado en una visita organizada por el ejército de ese país
sudamericano.
Los reporteros se trasladan en un confortable minibús con aire
acondicionado, escoltado por camionetas pertrechadas a guerra, que se abren
camino en el caótico tránsito capitalino, librado a la mano del destino.
Las calles empinadas, muchas de ripio, tienen dos estrechísimas vías y
doble sentido.
El universo que viborea por la ciudad tampoco parece reaccionar al
proceso electoral, cuya promoción brilla por su ausencia pese a que las
autoridades se han propuesto empadronar en tres meses a la mitad de la
población, cuyo promedio de edad no supera los 18 años.
El cronograma electoral prevé comicios locales el 9 de octubre y
generales el 13 de noviembre.
Haití se parece mucho a una gran feria donde los milagros son de
supervivencia. El arte de la venta se muestra como el único desarrollado en
la capital y en el interior (Les Cayes, Jeremie o Port Salut, en el
sudoeste), en especial si es ostensible el aspecto extranjero del potencial
comprador.
De la reconstrucción tan señalada por los planes trazados por la
comunidad internacional, nada aparece a la vista del observador. El símbolo
más patético de lo inconcluso son las viviendas, semidestruidas la mayoría,
otras en pie por inercia, o de paredes sin terminar y aberturas en las que,
algún día, debería colocarse una ventana o una puerta.
Gran parte del problema es la prometida asistencia financiera
internacional que no llega, a menudo porque los donantes no encuentran
instituciones a las que entregarla o no confían en quienes deben administrarla.
En 2004, el gobierno interino, con ayuda de expertos internacionales,
estableció en 1.300 millones de dólares el monto de la cooperación más
urgente destinada a reconstrucción e institucionalización del país, con un
plazo de dos años.
Los donantes internacionales, encabezados por Estados Unidos, se
comprometieron a entregar los fondos en una conferencia celebrada en
Washington en julio de 2004. Casi un año después, en marzo, sólo se habían
desembolsado 250 millones.
Los países ricos volvieron a prometer unos 1.000 millones de ayuda en
una segunda conferencia celebrada ese mes en Cayena, Guayana Francesa.
Lo que ni siquiera está en construcción es la red de saneamiento y de
agua potable, ausencia ancestral que ha hecho del país una enorme cloaca.
El problema es especialmente grave en Puerto Príncipe, cuya población
se duplicó en los últimos 20 años por la migración rural que abandonaba la
agricultura del arroz, arruinada por la apertura del mercado al producto
subsidiado estadounidense.
El agua potable existente, especialmente si es envasada, se encarece a
grados superlativos a medida que trepa las serranías capitalinas, otro palo
en la rueda del temerario que pretenda subir los peldaños sociales.
Por eso, a diferencia de la brasileña Río de Janeiro, aquí los pocos
privilegiados se cuelgan de las alturas, poniendo distancia entre ellos y
las costas del mar Caribe, en las que se apiña la mayoría.
(FIN/2005) Envíe sus comentarios al editor |