COLUMNA ¿Cuán profundas son las relaciones Azerbaiyán-Israel? Por Eldar Mamedov BAKU, ene (EurasiaNet/IPS) - Mucho se ha especulado sobre las relaciones de Israel con Azerbaiyán,
incluyendo informes sobre el posible uso de bases aéreas militares de
ese último país en un eventual ataque a Irán. Pero la realidad de la
relación bilateral no es tan dramática como pragmática. Ninguno de los dos países es un bien preciado para el otro. Desde el
punto de vista israelí, las relaciones con Azerbaiyán representan la
más reciente encarnación de una "estrategia periférica", bajo la cual
Israel, rodeado por estados árabes hostiles, llega al "anillo
exterior" de "moderados" estados musulmanes no árabes. En décadas
pasadas, la Turquía kemalista y el Irán monárquico desempeñaron este
rol.
Actualmente, las relaciones de Israel con Turquía son tensas e Irán es
su archienemigo. Ahora Azerbaiyán es una pieza en la estrategia
periférica. Pero Baku no puede compensar la pérdida de lo que otrora
fueron bienes estratégicos de Israel.
Azerbaiyán es un país con sus propios embrollos geopolíticos, incluido
el que ha dejado a aproximadamente 20 por ciento de su territorio bajo
ocupación extranjera.
Baku no está en posición de suministrar el tipo de apoyo que sería
relevante para los desafíos de seguridad que se impone Israel,
especialmente de cara a Irán.
Algunos de los aliados neoconservadores de Israel en Estados Unidos
han soñado con atizar el sentimiento separatista en el norte de Irán,
donde hay una alta concentración de miembros de la comunidad azerí.
Pero funcionarios en Baku son cautos en cuanto a provocar a Irán.
Tienen conocimiento de la capacidad de represalia que tiene Irán, por
ejemplo orquestando ataques terroristas contra la infraestructura
energética del país o tomando por blanco a intereses de Estados Unidos
e Israel y movilizando a islamistas radicales dentro de Azerbaiyán.
La dirigencia de Azerbaiyán claramente no quiere una guerra en su
puerta, con todas sus consecuencias impredecibles. Tampoco quiere una
plena normalización de las relaciones con irán. Prefiere buscar una
tensión manejable, que permita a Baku autoclasificarse como aliado
crucial de Occidente contra los "mulás locos" y desviar la atención
que pueda centrarse en su deteriorada situación en materia de derechos
humanos.
En cuanto a las relaciones con Irán, Baku seguirá sus propios
cálculos, que bien pueden continuar divergiendo de los de Israel.
Desde la perspectiva de Azerbaiyán, las relaciones con Israel son
valiosas, dado que los funcionarios del Estado judío no están sujetos
al embargo impuesto por Estados Unidos y la Unión Europea a las ventas
de armas a Azerbaiyán.
De ahí que Israel represente una importante fuente de armas en medio
de los esfuerzos de Baku por recuperar el control sobre el territorio
de Nagorno-Karabakh. De hecho, Israel ha vendido sofisticada
maquinaria militar y conocimientos a Azerbaiyán, permitiendo a Baku
producir su propio avión no tripulado.
Pero no es probable que una escalada militar garantice el objetivo
estratégico de Azerbaiyán en el enclave de Karabakh. Si alguna vez
Baku gobierna efectivamente el territorio, tendrá que convencer a los
armenios de esa región de que su futuro será mejor dentro de
Azerbaiyán, no como entidad separada o como parte de Armenia.
Las probabilidades de que eso ocurra ya son escasas. Y la producción
de aviones teledirigidos no alienta a los armenios de Karabakh a
aceptar el control azerbaiyano del territorio.
Otro factor importante detrás de los esfuerzos de Azerbaiyán por
cultivar vínculos con Israel es el deseo de muchos funcionarios de
acceder al potente grupo de presión proisraelí en Washington. Esto
tiene sentido desde la perspectiva de Azerbaiyán, dado que ese país
busca contrarrestar lo que ve como una influencia indebida del lobby
armenio sobre la política de Estados Unidos en el sur del Cáucaso.
Pero las expectativas de Baku a este respecto son poco realistas.
Nagorno-Karabakh no es un tema de debate para los judíos
estadounidenses ni para los israelíes. Y una considerable porción de
los partidarios de Israel en Washington no están dispuestos a
confrontar al lobby proarmenio, especialmente cuando el aliado
estratégico de Azerbaiyán, Turquía, es ahora un antagonista tanto para
Armenia como para Israel.
Azerbaiyán, a vez, no puede darse el lujo de alienar a países
musulmanes, específicamente a Turquía. Es por esto que Baku votó en
la Organización de las Naciones Unidas a favor de concederle el
estatus de observador a Palestina.
Cabe destacar que a la mayoría de los azerbaiyanos no les entusiasman
los vínculos de su país con Israel.
Cuando funcionarios israelíes como el exministro Efraim Sneh en 2010,
o, más recientemente, Michael Lotem, exembajador en Baku, elogiaron a
Azerbaiyán como "ícono del progreso en el mundo musulmán", eso
meramente alimentó el resentimiento entre muchos azerbaiyanos, que
están descontentos con el alto nivel de corrupción y la falta de
libertades individuales en su país.
Esto no quiere decir que las relaciones entre Azerbaiyán e Israel no
tienen futuro.
Afortunadamente, Azerbaiyán está en gran medida libre del tóxico
antisemitismo que prevalece en buena parte del mundo musulmán. Pero es
necesaria una evaluación sobria y realista de ambas partes para
maximizar el potencial de las relaciones bilaterales.
Por ahora, las agendas diplomáticas de ambos países divergen de modo
significativo, y ninguno de los dos parece estar dispuesto a modificar
esas prioridades para profundizar los lazos bilaterales.
* Eldar Mamedov es asesor político del grupo de socialistas y
demócratas del Parlamento Europeo, y escribe a título personal. Este
artículo fue publicado originalmente en EurasiaNet.org.
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