COLOMBIA: La conveniente desaparición del paramilitar Carlos Castaño Por Constanza VieiraBOGOTA, 30 abr (IPS) - En la desaparición del jefe paramilitar colombiano
Carlos Castaño ”tiene que haber algún grado de responsabilidad de la fuerza
pública”, dijo a IPS Eduardo Carreño, jurista de derechos humanos del
Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo.
Castaño salió de escena el viernes 16, luego de una balacera en Urabá,
noroccidente de Colombia, y hasta ahora se desconoce su paradero aunque
este viernes tomó fuerza la versión de que habría sido asesinado.
”Lo importante es determinar quién y en qué circunstancias realizó el
ataque, pues Urabá es una región totalmente militarizada y
paramilitarizada”, dijo Carreño respecto de la presencia simultánea de
ejército y derechistas paramilitares, aglutinados en las Autodefensas
Unidas de Colombia (AUC).
”Los indicios que señalan una coordinación constante (entre
paramilitares y fuerzas de seguridad del Estado) son abrumadores”, dijo la
semana pasada la organización de derechos humanos Amnistía Internacional.
Carlos Castaño, uno de los hombres más cercano a esos vínculos, se
esfumó seis días antes de que la Corte Suprema de Justicia iniciara el
estudio de su extradición a Estados Unidos, donde se lo reclama para
juzgarlo por narcotráfico.
El territorio colombiano es escenario de una guerra civil en la que se
enfrentan guerrillas izquierdistas, en armas desde hace cuatro décadas,
derechistas paramilitares y Fuerzas Armadas. En los últimos años, el
combustible principal del conflicto pasó a ser el narcotráfico.
La desaparición de Castaño ”es sumamente grave”, considerando los
crímenes que reconoció haber cometido en el libro ”Mi confesión”, publicado
en 2002, sostuvo Carreño.
Castaño admitió la autoría intelectual de gran cantidad de asesinatos,
atentados y masacres, y los justificó ”diciendo que se trataba de
combatientes de la guerrilla. Pero en los procesos está demostrado que las
ejecuciones fueron contra personas en total indefensión, que eran civiles”,
dijo Carreño a IPS.
EL CASO MAPIRIPAN
Un botón de muestra fue la masacre de la sudoriental localidad
de Mapiripán, en julio de 1997, que estudia la Corte Interamericana de
Derechos Humanos desde fines de enero. Carreño, por el Colectivo de
Abogados, representa a la parte civil en ese proceso.
Luego de un fallido intento, el 20 de abril (por inasistencia del
defensor de un paramilitar involucrado en el caso), la justicia colombiana
citó nuevamente para este lunes al general retirado Jaime Alberto
Uscátegui, entonces comandante de la 7 brigada del ejército, acusado de
falsedad intelectual y, por omisión, de homicidio agravado y secuestro
agravado.
La matanza ocurrió en una aldea por entonces de 1.000 habitantes en lo
que era el epicentro cocalero del sudoriente, en la región de Orinoquia,
con presencia histórica de las izquierdistas Fuerzas Armadas
Revolucionarias de Colombia (FARC), alzadas en armas cuatro decenios atrás..
Doscientos paramilitares de las AUC -unos 50 enviados en avión por
Castaño desde Urabá- tomaron Mapiripán y, entre el 15 y el 20 de julio,
clausuraron los accesos por río y tierra y, lista en mano, arrancaron de
sus casas a civiles desarmados. De los 49 muertos, sólo han sido
identificados ocho.
Leonardo Cortés era por entonces juez de Mapiripán y la única autoridad
estatal que permaneció en el pueblo, pues todos los funcionarios de la
administración local se habían marchado con sus familias ocho días antes.
Desde su ventana vio cómo varios vecinos eran conducidos por los
paramilitares a las instalaciones del matadero municipal y escuchó los
gritos y súplicas que emanaban de ese lugar, convertido en centro de torturas.
Las víctimas eran colgadas vivas de los garfios destinados a las reses,
y allí les cortaban las extremidades con una motosierra.
La seguridad de esa región estaba a cargo de Uscátegui, quien alega
inocencia y dice haber descubierto cómo sucedieron las cosas, pero pide un
precio por guardar silencio: que la fiscalía allane pronto un final del
juicio que le sea favorable.
Una advertencia equivalente han repetido los jefes paramilitares ante
los intentos del presidente Alvaro Uribe de desarmar a los grupos que
dirigía Castaño: ”Ni un día de cárcel, ni en Colombia ni en el exterior”,
pues varios de ellos tienen pendientes procesos en Estados Unidos por
narcotráfico.
Las investigaciones demostraron que se facilitó el paso y se ayudó
logísticamente a los paramilitares para que llegaran a Mapiripán. Castaño
fue condenado en ausencia a 40 años de prisión a mediados de 2003.
Por coordinar la operación, también fue de 40 años la condena contra el
coronel Lino Sánchez, entonces comandante de la brigada móvil 2 del
ejército, con asiento en San José del Guaviare, a cuatro horas por
carretera de la aldea. El sargento Juan Carlos Gamarra recibió una pena de
22 años de prisión y otro suboficial, 32 años.
El día en que comenzó la matanza, el juez Cortés logró comunicarse por
teléfono con el entonces mayor Hernán Orozco, comandante del batallón
Joaquín París, quien además fue informado por la Inteligencia de su fuerza.
Orozco solicitó a su superior, Uscátegui, que protegiera a los
habitantes con la brigada móvil 2, dotada de helicópteros artillados,
centenares de soldados comandados por el coronel Lino Sánchez, y a cinco
minutos de vuelo de Mapiripán.
El refuerzo nunca llegó, y más tarde Orozco fue ”amenazado por el
paramilitarismo y por los oficiales de la fuerza pública que son
responsables de estos hechos”, afirmó Carreño.
Ahora, Orozco está exiliado y protegido por la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos, mientras el juez, blanco de advertencias para que
alterara las denuncias, también optó por el exilio.
Según Castaño, sus hombres habían matado guerrilleros. Pero el abogado
Carreño asegura que las víctimas eran opositores del alcalde y su equipo,
que habían denunciado su corrupción.
”Las personas ejecutadas eran liberales o de la Unión Patriótica”,
mientras la administración local pertenecía al Partido Conservador, precisó.
En Barrancón, 35 kilómetros al oeste de Mapiripán, está la Escuela de
Fuerzas Especiales del Ejército.
Mientras se perpetraban las muertes, transcurrían allí las sesiones
finales de un curso sobre planificación y toma de una decisión militar en
la infantería liviana, dictado por boinas verdes del grupo 7 de las Fuerzas
de Operaciones Especiales estadounidenses. El coronel Sánchez actuaba como
alumno aplicado.
Pero tres semanas antes de la masacre, Sánchez había propuesto al
comandante de la Base Antinarcóticos que facilitara el acceso de los
paramilitares al Guaviare, pues ”luchaban contra un enemigo común y tenían
la posibilidad de dar una lección a la guerrilla” de las FARC, señala la
sentencia condenatoria del coronel.
Antinarcóticos se negó a cooperar con Sánchez, pero sólo denunció la
propuesta seis meses después, por presión de los investigadores.
Los despavoridos sobrevivientes ”salieron de Mapiripán por río, por
carretera y por avión”, relató Carreño, reconstruyendo los hechos para IPS.
Nadie regresó. Según Carreño, la aldea es habitada hoy por ”gente que no es
de la región”.
LO QUE SABE USCATEGUI
En una conversación cuyo contenido fue filtrado el 29 de marzo a la
revista bogotana Cambio, Uscátegui, ahora detenido, manifestaba a un
interlocutor no identificado que era inocente, que no pensaba quedar solo
como responsable de la matanza y que, si hablaba, sería el peor escándalo
del país, y podría llevar al cese de la ayuda militar estadounidense a
través del Plan Colombia antinarcóticos.
La justicia ha mantenido en secreto información ”porque no conviene que
salga a la luz pública”, agregaba Uscátegui.
Gamarra, uno de los condenados en 2003, era jefe de inteligencia del
batallón Joaquín París. Uscátegui fue mucho más explícito que la sentencia
al describir el contenido de 300 archivos digitales cifrados y guardados en
un computador del sargento, ahora preso.
”Los panfletos que entregaron las autodefensas en la masacre de
Mapiripán los hicieron en ese computador, en el batallón París. Igual
hicieron con los panfletos que entregaron ocho meses después en Puerto
Alvira” en la misma región, donde se cometió una matanza similar, afirmó
Uscátegui.
En el computador ”también estaban las planillas de pago mensuales, las
nóminas de todo el frente Guaviare de las AUC, que eran 93 hombres y
mujeres con los alias, sus cargos y lo que devengaban”, añadió el general
retirado.
Uscátegui mencionó en su conversación telefónica un elemento clave: ”el
vínculo con los paramilitares no sólo era en el Guaviare, sino que venía
desde el Urabá antioqueño”, bajo jurisdicción del general Rito Alejo del
Río cuando gobernaba Antioquia el ahora presidente Uribe.
Uscátegui reveló que, tras la matanza, la brigada móvil 2 y el batallón
París no persiguieron a los asesinos. Y la brigada hizo ”una operación
gigantesca, aplastó a las FARC y colocó un colchón de aire o de seguridad
para que se salieran los 'paras'” (paramilitares) de la zona.
”El Ejército no sólo tiene vínculos, no sólo no los combatió, sino que
combatió a las FARC para que no golpearan a los paras por habérseles metido
en su territorio”, aclaró el militar. ((FIN/2004) Envíe sus comentarios al editor |