LIBROS-CHILE: El ocaso de una etnia Por Daniela EstradaSANTIAGO, jun (IPS) - Los talentos, penas,
alegrías y miserias de los integrantes del
agonizante pueblo yagán, habitante del extremo
sur de la Patagonia sudamericana, son revividos
por la periodista Patricia Stambuk en el libro
"El zarpe final. Memorias de los últimos
yaganes", publicado por la editorial LOM.
"Lo que yo más valoro del pueblo yagán es su
vida espiritual y la capacidad de sobrevivir,
heroicamente, por muchos años, al impacto del
encuentro con el hombre blanco", comentó Stambuk a IPS.
Pese a su fortaleza, los yaganes "no pudieron
soportar el término de la vida nómada, el uso de
vestimenta y las enfermedades que los diezmaron",
explicó la investigadora que en 1986 escribió su
primer libro sobre esta etnia, "Rosa Yagán, el último eslabón".
El pueblo yagán o yámana es originario del
extremo austral de Chile. Habitaba en los canales
y costas sudoccidentales de la Tierra del Fuego,
entre el Canal de Beagle y el Cabo de Hornos,
actual región de Magallanes, ubicada a más de
3.000 kilómetros al sur de Santiago, y su
presencia se extendía al otro lado de la cordillera de los Andes.
Antes del asentamiento definitivo de los
europeos en la zona, a mediados del siglo XIX, su
población se estimaba en alrededor de 3.000 indígenas.
Dada su condición nómada, las frágiles y
ligeras canoas que utilizaban para pescar y
recolectar mariscos eran un elemento central en
la vida de este pueblo. Se vestían con taparrabos
y pieles para protegerse del viento y se cubrían
el cuerpo con grasa de lobo marino para soportar
las bajas temperaturas de la zona.
Los hombres se dedicaban a la caza de
animales marinos como lobos, nutrias y ballenas y
las mujeres participaban en la construcción de
las chozas, el cuidado del fuego, la preparación
de los alimentos, el abastecimiento de agua dulce
y la recolección de mariscos. Todos se pintaban
la cara con líneas y puntos blancos y negros.
La ya fallecida Rosa Yagán fue la última de
su etnia que nació antes de que una misión
anglicana se estableciera en 1850 en la ciudad
argentina de Ushuaia, en la costa norte del canal
de Beagle. Además de evangelizarlos, los ingleses
los indujeron a modificar su vestimenta y hacerse sedentarios.
Para "El zarpe final...", Stambuk se inspiró
en una fotografía tomada en 1929 por el sacerdote
salesiano Alberto de Agostini, en la que retrató a 32 miembros de esta etnia.
"Esta es la existencia sin censura de los
últimos yaganes que poblaron las tierras
ribereñas del Beagle, cuando ya la colonización y
la evangelización, aun sin quererlo, les habían
quitado sus modos de vida y sus energías para
subsistir en un clima duro y una geografía
soberbia", explica la autora en el prólogo de este libro de 141 páginas.
En 2006, antes de ser publicada, la
investigación recibió el primer premio por obra
inédita en el concurso Escritura de la Memoria,
organizado por el gubernamental Consejo Nacional del Libro y la Lectura.
La escritora se propuso reconstruir la vida
de la treintena de yaganes retratados por De
Agostini, por medio de los recuerdos de las
últimas testigos de esas existencias: las
hermanas Cristina y Ursula Calderón Harban
(fallecida en 2003), a quienes conoció mientras
escribía "Rosa Yagán, el último eslabón".
Desde fines de la década de 1990, la
periodista se reunió periódicamente con ambas
hermanas para registrar sus memorias, llenas de
anécdotas y hechos cotidianos. Ellas quedaron
huérfanas siendo muy pequeñas, por lo que pasaron
de familia en familia observando de cerca el triste declive de su pueblo.
Cristina, de 79 años, es la última
descendiente de "sangre y lengua": su padre y
madre fueron yaganes y todavía domina el idioma
ancestral. En 1995, cerca de 70 mestizos y
mestizas se identificaron como miembros de la
etnia, pero las tradiciones y costumbres prácticamente han desaparecido.
En el libro, por ejemplo, se cuenta la
historia de Carrupakó le kipa, llamada Julia por
los misioneros anglicanos, quien fue obligada a casarse a los 11 años.
"No había llegado aún a la pubertad, pero los
mineros y loberos chilenos y extranjeros
acechaban como animales en celo en casi todo el
territorio de los yaganes, seduciendo, raptando o
violando a esas indias casi desnudas, de piel
firme e impregnada con olor a aceite de foca", escribe Stambuk.
"¿Habrá mayor placer para un hombre
embrutecido por el trabajo y por la soledad
fueguina que estas flores silvestres de la Patagonia?", añade.
En otro capítulo, Cristina relata una
anécdota de su abuela Flora que revela la bella
pureza en la que vivían los yaganes. La anciana,
al recibir ropa de regalo, se colocó por
desconocimiento unos guantes en los pies, en
medio de un coro de risas de sus sobrinas nietas.
Úrsula, por su parte, recuerda la historia de
Capushmúkur kipa, rebautizada como Emilia, quien
se resistió por años a vestirse con ropas de
estilo occidental. Un día, su avergonzado marido
yagán le quitó el amanánuj (taparrabo) y se lo
tiró al fuego, obligándola a usar el vestido que le había comprado.
Asimismo, Úrsula le contó a Stambuk que lo
primero que le leyó su padre yagán, quien "era
inteligente y había estudiado", fue la Biblia.
"Él nos llamaba y nos juntaba para rezar el
Padre Nuestro, leernos la Biblia y enseñarnos.
Desde ese tiempo y hasta ahora yo sé que hay
Dios. Siempre le pido que me ayude, a mí, a toda
mi familia, a los que están enfermos, y sé que me ha hecho milagros", señaló.
La ceremonia de iniciación de los jóvenes a
la vida adulta (chiajaus), que ya no se practica,
también se revive en el libro.
En ella cantaban para distraerse y ahuyentar
al Yetahite, espíritu maligno enemigo de la
realización del chiajaus. También golpeaban palos
y ramas en las paredes del marma (cabaña) para
espantar al espíritu. La danza era muy apreciada
y se dejaba para el final de la noche. Cada baile
recibía el nombre del animal al que imitaba.
Asanuwakipa --llamada Adelaide por los
ingleses-- tenía una obsesión por el aseo. "A
ver, vamos a limpiar todo esto, camas, piso,
cocina, porque de repente pueden pasar los
carabineros (policía uniformada). Aquí ya no
somos puros indios, ahora hay gente blanca", decía la mujer.
"Los yaganes tenían una cosmogonía propia,
explicaban el mundo a partir de sus puntos de
vista. La explicación común de su pasado, a
través de mitos, era lo que les daba su
identidad, lo que los hacía únicos", señaló
Stambuk, hija de un inmigrante croata, nacida en
la austral ciudad de Punta Arenas, en la región de Magallanes.
Actualmente, la periodista se encuentra
trabajando en el libro que llamará "Rapa Nui:
ghetto y lazareto", una investigación de memorias
étnicas sobre la historia reciente de la isla de
Pascua, situada 3.800 kilómetros al oeste de la
ciudad de Valparaíso en el océano Pacífico y una
atracción turística debido a sus moais, gigantescas esculturas de piedra.
"Hoy, al borde de sus 200 años de existencia
como república independiente, Chile recién
comienza a reconocer el valor de sus etnias
originarias y a lamentar el tesoro perdido",
sostuvo Stambuk, también autora del libro
"Chilenos for Export. Relatos de vida", publicado en 2005.
(FIN/2007) Envíe sus comentarios al editor |