AGRICULTURA: Invertir en la gente, la lección brasileña MARIO OSAVA entrevista a KANAYO NWANZE, presidente del FIDANOVA RUSSAS, Brasil, jul (IPS) - El nigeriano
Kanayo Nwanze eligió Brasil para su primera
visita oficial en su carácter de presidente del
Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola
(FIDA). Quedó plenamente satisfecho: fue la
ocasión oportuna para confirmar en persona el
compromiso del presidente Luiz Inácio Lula da
Silva con la agricultura familiar.
Además de dialogar con miembros del gobierno
en Brasilia, Nwanze conoció la realidad de los
campesinos pobres y las transformaciones que
alientan dos proyectos apoyados por el FIDA en el
Nordeste, región donde se concentra la pobreza rural de este país.
La política de cooperación agrícola que
comienza a desarrollar Brasil, especialmente con
África, también interesa mucho al FIDA, agencia
de la Organización de las Naciones Unidas (ONU)
especializada en la pequeña agricultura y la lucha contra el hambre.
Nwanze concedió esta entrevista a IPS en su
visita a una comunidad de agricultores familiares
en Nova Russas, municipio pobre de 30.000
habitantes en el interior semiárido de Ceará, un estado del Nordeste.
IPS: ¿Qué espera el FIDA de Brasil en
términos de transferencia de tecnología y de conocimientos a África?
KANAYO NWANZE: En primer lugar, establezcamos
un criterio básico: la inversión en la
agricultura minifundista familiar es la más
crucial, la que da beneficios seguros, tanto en
Brasil como en la mayor parte de África subsahariana.
Estas inversiones son de dos a cuatro veces
más efectivas para reducir la pobreza que
cualquier otra. Hoy, en Brasil, la agricultura
minifundista representa 70 por ciento de los
agricultores. En África subsahariana, son cerca
de 80 por ciento: a razón de cinco personas por
hogar, estamos hablando de unos 400 millones de
personas. Esto es más de la mitad de la población
de África subsahariana, y produce 80 por ciento de los alimentos de la región.
Los éxitos que hemos visto aquí, la capacidad
de los agricultores de organizarse a sí mismos,
la estructura social que han instalado, el
enfoque dirigido hacia el mercado, todo eso es
fácilmente replicable en el contexto africano.
Representantes sudafricanos vinieron a Brasil
en noviembre pasado. Los brasileños irán a
Sudáfrica este mes. El FIDA cumple un papel como
facilitador del intercambio de conocimientos que
se han acumulado en Brasil y que pueden
transferirse a cualquier parte del mundo.
Espero que los gobiernos africanos se den
cuenta de la importancia de los compromisos
políticos al más alto nivel, y el presidente Lula
es ejemplar en ese sentido. Él mismo nos dijo
personalmente, cuando lo visitamos en Brasilia,
que invertir en la gente y en el minifundio
agrícola logra tejer la más sustentable de las redes de seguridad social.
IPS: ¿Qué puede decir del concepto brasileño
de agricultura familiar? ¿Usted ha adoptado ese concepto en el FIDA?
KN: No es un concepto: es una simple
práctica. En Brasil se la llama agricultura
familiar, y eso equivale a minifundio agrícola, a
agricultura de pequeña escala.
IPS: Pero el hecho de que en Brasil se hable
de agricultura familiar y no de agricultura de
pequeña escala da una idea de comunidad.
KN: Es lo mismo. Las pequeñas granjas
africanas están ubicadas unas junto a las otras.
Y eso les da mayores posibilidades de éxito,
porque no se trata de granjeros individuales. En
ese esfuerzo comunitario se integran los valores
familiares, y en el proceso también se percibe la
agricultura como negocio, como creadora de
empleos, como productora de riqueza económica. No
es una mera fuente de alimento para la familia.
IPS: ¿Qué lecciones deja la crisis económica
en el plano de la seguridad alimentaria?
KN: La primera, y espero que el mundo la haya
aprendido, es que no se puede reducir la
inversión en la agricultura. Con la carestía de
2007, hubo disturbios en todo el mundo, de Egipto
a Haití. Y eso fue consecuencia de la
desinversión, tanto a nivel internacional como de los gobiernos nacionales.
El porcentaje de la asistencia oficial al
desarrollo destinado a la agricultura cayó de 20
por ciento en 1980 a menos de cinco por ciento en
2007. La inversión de los gobiernos nacionales
cayó de 14 por ciento a menos de cuatro por
ciento. Mientras, se encarecían el petróleo y los
fertilizantes. Los agricultores no tenían acceso
a los insumos, que son caros. Así vino la crisis.
La agricultura está en las últimas páginas de la
agenda, y todo demuestra que es, en realidad, la
columna vertebral del crecimiento económico de cualquier nación.
IPS: Entonces, ¿la prioridad debe ser la
pequeña agricultura o la agricultura en general?
KN: Ambos. Debemos invertir en agricultura.
En las comunidades donde hay minifundios, debemos
invertir en ellos. Es preciso crear oportunidades
para ellas, vincularlas con el sector privado.
Debemos hacer con los pequeños agricultores lo
mismo que hacemos con los grandes establecimientos.
Las inversiones en la agricultura no pueden
detenerse, porque todo continúa creciendo. No
podemos dejar de invertir en la agricultura
porque bajen los precios y creamos que no necesitamos producir más alimentos
Me parece que el mundo se dio cuenta de que
la inseguridad alimentaria puede derivar en inseguridad internacional.
IPS: ¿Cuál es el rol de las negociaciones de
la Organización Mundial del Comercio (OMC)? ¿Debe
haber acuerdo? ¿Eliminar los subsidios sería bueno para los países pobres?
KN: Por supuesto, las negociaciones deben
concluir. Con comercio justo, con el
levantamiento de las barreras internacionales al
intercambio… A la mayoría de los países en
desarrollo se les dice que no subsidien a sus
agricultores, pero sabemos, al mismo tiempo,
cuánto gastan los países ricos en subsidios para sus productores.
¿Por qué la dicotomía? Los subsidios son
buenos para Europa, son buenos para África, son
buenos para Brasil. Pero los subsidios exitosos
son los pequeños. Los subsidios inteligentes.
Como hizo Malawi con el maíz: el gobierno ayuda a
los agricultores y les facilita el acceso al
mercado y a la tecnología como incentivo al crecimiento económico.
IPS: ¿Hay conflicto entre biocombustibles y alimentos?
KN: ¿Por cuánto tiempo ha estado Brasil
produciendo biocombustibles? ¿Veinticinco años?
IPS: Treinta años.
KN: Treinta años. ¿Hay conflicto? No. No
puede decirse que nada sea malo en sí mismo. El
problema es cómo se hace. Si un predio donde se
cultivan alimentos, maíz, por ejemplo, se lo
comienza a usar para producir biocombustibles, se
reduce el acceso al grano. Se provoca un
encarecimiento artificial. Cuando en tierras
agrícolas de países pobres se comienza a producir
biocombustibles, sus gobiernos saldrán a mendigar
comida afuera y sobrevivirán sólo mediante la asistencia.
Lo que también está en cuestión es la
viabilidad económica. Brasil, por ejemplo,
cultivó caña azucarera en tierras que hasta
entonces no eran agrícolas. Eso resultó
económicamente viable y el precio del azúcar no
se vio afectado. Es distinto si Europa decide
aumentar 10 por ciento su producción de
biocombustibles, pues producirá un litro con un
gasto de agua 10 veces superior a lo que insume
producir un litro de combustibles fósiles.
Por eso, los biocombustibles no son un error,
pero sí puede ser erróneo el contexto en el que se invierte en ellos.
IPS: La agricultura familiar adopta cada vez
más lo que en Brasil se denomina agroecología.
¿Qué piensa de esta modalidad productiva?
KN: Básicamente, el término agroecología, tal
como se lo emplea en Brasil, significa
agricultura orgánica, aquella que se practica sin
usar pesticidas o insecticidas químicos. ¿Por qué
debería usarlos una comunidad si carece de
recursos para comprarlos dado su elevado costo?
Pero debemos ubicar los argumentos en su debido contexto.
Si existe la posibilidad, sea en Brasil o en
África, de producir alimentos orgánicos a través
de la agricultura familiar y de obtener buenos
precios, dada la demanda del Norte, ¿por qué no
hacerlo, generando así riqueza económica?
Es simple: el precio de los fertilizantes y
de los insecticidas químicos es alto, el del
combustible sube. ¿Quién pagará el costo en una
comunidad agrícola familiar? Para estos
campesinos, es más eficiente cultivar sin productos químicos.
Pero en un país donde sólo dos por ciento de
los habitantes son agricultores y los salarios no
son altos, se necesitarán otros enfoques para producir alimentos.
IPS: Hablemos de cultivos genéticamente modificados…
KN: Hay cierta confusión en el uso de ese
término. Cuando transferimos genes de una especie
a otra --de un animal a un vegetal, por
ejemplo--, hablamos de organismos transgénicos. Es una cosa distinta.
No olvidemos que la medicina ha usado
organismos genéticamente modificados para
producir vacunas durante mucho tiempo. Mi cuerpo
y su cuerpo tienen estos organismos por razones sanitarias.
La agricultura tiene problemas que no han
podido resolverse con enfoques tradicionales.
Existen áreas con sequías frecuentes cuyos
agricultores no pueden producir cultivos que las
resistan. En esos casos, la única posibilidad es
apelar a los transgénicos: hay un problema y,
para solucionarlo, la tecnología es la única herramienta.
Ahora bien, ni cinco por ciento de las
tierras agrícolas de África han sido irrigadas, y
la mayoría de ellas se encuentran en Egipto, no
en la región subsahariana. Los agricultores
africanos usan ocho kilogramos de fertilizante
por hectárea, cuando los asiáticos usan apenas
1,2 kilogramos. Si no explotaron tecnologías
sencillas, que ya existen, ¿por qué tendrían que recurrir a los transgénicos?
Pongamos el caballo delante del carro, no al
revés. Allí donde el único recurso posible es el
uso de organismos genéticamente modificados… sí,
usémoslos. Pero no son la solución para la crisis
alimentaria, sino para un problema particular: el
de las pestes que se han vuelto totalmente
resistentes a los pesticidas químicos.
(FIN/2009) Envíe sus comentarios al editor |