MUJERES-PAKISTÁN: Susurros contra el Talibán Por Zofeen EbrahimKARACHI, Pakistán, ago (IPS) - Para las mujeres del
norteño valle pakistaní de Swat salir de sus
casas sin haberse calzado antes la burqa
constituye un acto extremo de supervivencia.
"'Burqa, burqa' era todo lo que nos decían
(los milicianos del Talibán), pero cuando
corríamos era imposible cubrirse y quedamos a la
vista de todo el mundo", explicó una mujer de
esta conflictiva zona que logró escapar y ahora
vive en un campamento de desplazados.
Ese angustiante relato deja al descubierto
las difíciles condiciones de las mujeres en el
valle de Swat, en la Provincia de la Frontera
Noroccidental, donde se desarrolla desde mayo el
conflicto entre esa milicia islamista y tropas del gobierno.
La burqa, una túnica que cubre el cuerpo
desde la cabeza a los pies, es la vestimenta
tradicional femenina en algunas sociedades
islámicas, como señal de respeto a la "purdah",
la práctica de impedir que los hombres vean a las
mujeres y que el Talibán ha impuesto con mano de hierro.
La prenda se ha convertido en el símbolo de
la opresión que este movimiento fundamentalista
ha ejercido sobre la población femenina a los dos
lados de la frontera, en Afganistán y en Pakistán.
El breve relato de la mujer fue escuchado por
una activista que visitó 22 campamentos creados
por el gobierno para los desplazados en el
distrito de Swabi, limítrofe con Swat. La
parlamentaria Bushra Gohar, del Partido Nacional
Awami --que ha formado gobierno en la
provincia--, hizo circular la grabación de su testimonio a través de Internet.
Célebre por sus bellos paisajes que fueron
alguna vez imán para los turistas, Swat es
sacudido por los incesantes enfrentamientos entre
las fuerzas del gobierno y los insurgentes del
Tehrik-e-Talibán Pakistán (TTP), organización del
movimiento Talibán que opera en territorio paquistaní.
A raíz del conflicto han huido de Swat tres millones de personas.
Al principio, el TTP intentó ganarse la
confianza femenina. Maulana Fazalullah, líder del
grupo en Swat, utilizaba radioemisoras no
autorizadas en frecuencia modulada para llegar a
los hogares de la zona y conquistar los corazones
y las mentes de las mujeres encerradas todo el día.
"Él hablaba sobre el Islam, sobre rezar cinco
veces al día, sobre ir a la madrasa (escuela
islámica) y estudiar el Corán. Todas pensábamos
que era un buen hombre", explicó la refugiada.
Pero en los últimos dos años, el TTP causó
miserias indecibles a la población de Swat,
especialmente a las mujeres, en nombre del Islam.
No se admite ningún tipo de oposición. Una
viuda se quitó el pañuelo que cubría su cabeza
para mostrarle a la activista visitante que el
Talibán le había rasurado la cabeza, además de
quedarse con sus joyas, como castigo por reclamar
que le devolvieran a su hijo de 12 años que estaba desparecido.
Cualquier desobediencia motiva castigos, como
decapitaciones y matanzas, según las fuentes.
Luego, los restos de las víctimas son exhibidos públicamente.
No sorprende, entonces, que las mujeres que
hoy habitan los campamentos de Swat se sienten en
silencio, sin nadie que las consuele, dijo la
activista, transmitiendo las lamentaciones de muchas que hablaron con ella.
Buscando por primera vez una voz colectiva,
las mujeres desplazadas juntaron coraje para
hablar, aunque más no fuera en susurros, sobre
los sufrimientos que les infligió el Talibán. En
la visitante, que pidió no revelar su identidad,
hallaron oídos dispuestos a escuchar sus
experiencias, reunidas en una gran tienda de campaña.
Las historias de esas mujeres incluyen
violaciones y mutilación de senos. Y también el
dolor de las madres por sus hijos pequeños,
reclutados a la fuerza por los miembros del TTP
para sumarlos a la "yihad" (guerra santa) y cuyo paradero se desconoce.
Muchas dijeron haberse enterado más tarde que
sus hijos eran carne de cañón para cometer atentados suicidas.
Otras madres testimoniaron sobre las muertes
de hijos e hijas en sus propios brazos y bajo el
indiscriminado fuego de morteros del ejército.
Las embarazadas relataron que no sólo tuvieron
que soportar largas caminatas hacia los
campamentos de desplazados, sino dar a luz
prematuramente. Y los enfermos y ancianos eran
forzados a subir a camiones "como animales".
"Cada vez que las organizaciones islamistas
quieren aplicar su interpretación de la shariá
(ley islámica), lo hacen con el cañón del arma y
su primer objetivo, luego de los opositores,
siempre son las mujeres", dijo la prestigiosa
novelista Zahida Hina, resumiendo la situación de
la población femenina de Swat.
El portavoz del TTP, Muslim Khan, replicó en
una entrevista telefónica que "la shariá dará a
las mujeres su lugar correcto en la sociedad".
Es la misma respuesta que esa fuente ha dado
en anteriores conversaciones telefónicas cada vez
que se le preguntó sobre el trato que su organización reserva a las mujeres.
Khan argumentó que la visibilidad de las
mujeres ha promovido la vulgaridad en la sociedad.
El portavoz se ha mantenido en la
clandestinidad desde que comenzó el operativo
militar, el 5 de mayo. El gobierno ofreció una
suma inicial de 10 millones de rupias (120.000
dólares) por su captura vivo o muerto, además de
la de otros 19 comandantes del Talibán.
La situación de las mujeres de Swat es muy
similar a la que tuvieron que soportar las
afganas entre 1996 y 2001, dijo por correo
electrónico el pacifista Pervez Hoodbhoy. Se
refería al periodo en que el movimiento Talibán
controló buena parte de Afganistán.
El TTP siguió al pie de la letra las pautas de sus pares afganos.
Impidió la asistencia a la escuela de las
niñas mayores de 13 años. Bombardeó casi 200
locales escolares, la mayoría de ellos para niñas
y sólo cedió luego de que el gobierno local y la
dirección escolar garantizaron que las niñas
usarían la burqa. Las mujeres fueron obligadas a
dejar sus empleos en oficinas, fábricas y
organizaciones no gubernamentales, y las que se
desempeñaban en el campo de las artes fueron prohibidas.
Buena parte de la violencia perpetrada por
los insurgentes en el valle de Swat buscó
erradicar el ya muy restringido espacio público
de las mujeres, según activistas por los derechos humanos.
"Éramos prisioneras en nuestros propios
hogares, dado que no podíamos salir sin nuestros
hombres", señaló la mujer desplazada. El ejército
y el gobierno, cuya ayuda buscaron
desesperadamente, hicieron la vista gorda ante lo que ocurría, aseguró.
Incluso la sociedad civil pakistaní, y en
ella las organizaciones femeninas, permanecieron
en silencio, sostuvieron algunos observadores. Prácticamente no hubo protestas.
Según Saba Gul Khattak, director del
Instituto de Políticas para el Desarrollo
Sustentable, con sede en Islamabad, los hombres
también tienen la culpa. "¿Por qué los hombres no se manifestaron?", preguntó.
Hoodbhoy consideró el silencio masculino
"condenable", y producto del "miedo y el oportunismo".
(FIN/2009) Envíe sus comentarios al editor |