Nueva escaramuza diplomática entre EEUU y Zimbabwe a cuenta de George Floyd

Una de las protestas en Washington, ante el Capitolio, sede del Congreso de Estados Unidos, por la muerte de George Floyd. Foto: Greenpeace
Una de las protestas en Washington, ante el Capitolio, sede del Congreso de Estados Unidos, por la muerte de George Floyd. Foto: Greenpeace

Tan alto como es, si continúa haciendo eso lo echaré del país», tronó en 2008 el entonces presidente de Zimbabwe, Robert Mugabe. Su rabia apuntaba al embajador de Estados Unidos, James McGee, después de que el diplomático cuestionó los resultados de las elecciones generales del país ese año.

No era la primera vez que el gobernante, destituido en 2017 tras 30 años en el poder y fallecido dos años después, amenazaba  a un diplomático estadounidense. En 2005, Mugabe amenazó con la expulsión al antecesor de McGee, Christopher Dell, diciéndole que «podría irse al infierno» tras la crítica del representante de Washington a su gobierno.

Pero ahora, con un nuevo presidente  al frente de este país del sur de África, parece que las relaciones se mantienen igualmente gélidas entre Harare y Washington, aunque con matices, según coincidieron especialistas contactados por IPS.

La por ahora última escaramuza bilateral comenzó después que un alto funcionario estadounidense acusó a este país de ser uno de los promotores de las manifestaciones y disturbios que se extienden por todo Estados Unidos, a raíz del asesinato del afroamericano y desarmado George Floyd, el 25 de mayo, en una brutal acción de un policía blanco, Derek Chauvin.

El asesinato de Floyd hizo explotar una ola de protestas dentro y fuera de Estados Unidos bajo los lemas de “No puedo respirar”, las últimas palabras de la víctima, y “Las vidas de los negros importan”.

A principios de junio, el gobierno de Zimbabwe convocó al embajador estadounidense Brian Nichols para «discutir» unos comentarios del asesor de Seguridad Nacional de la administración de Donald Trump, Robert O’Brien, quien calificó a Zimbabwe como un «adversario extranjero».

Ello pese a que el presidente zimbabuense,  Emmerson Mnangagwa, ha evitado cuidadosamente el tono belicoso de Mugabe con Washington.

Pero su ministro de Asuntos Exteriores, Sibusiso Moyo, dijo en un comunicado tras su reunión con Nichols que los comentarios de O’Brien eran «falsos y profundamente perjudiciales” para unas relaciones ya complicadas por años de “diplomacia del megáfono” y “sanciones económicas” contra este país.

En 2003, Estados Unidos impuso por primera vez restricciones financieras y de viaje a Mugabe, su círculo íntimo y varias compañías estatales vinculadas a abusos contra los derechos humanos, que siguieron con acciones más duras contra su régimen hasta su destitución.

Moyo agregó que Zimbabwe había tomado nota de «las medidas implementadas por las autoridades de Estados Unidos para hacer frente a los desafíos que actualmente enfrenta”. “Al mismo tiempo, recordamos las duras críticas y la condena de Estados Unidos a nuestra propia respuesta a múltiples casos de violencia civil ilegal y de agitación violenta», añadió.

Los comentarios del ministro llegaron días más tarde de que Estados Unidos y la Unión Europea emitieran una declaración conjunta, en la que criticaron una serie de violaciones a los derechos humanos por el gobierno de Harare, entre ellas la agresión y secuestro de diferentes ciudadanos por efectivos militares y policiales.

Para los analistas políticos locales llevará tiempo restablecer un clima de confianza y respete mutuo en las por décadas glaciales relaciones bilaterales.

«Incluso en la administración de Barack Obama (2009-2017), Zimbabwe fue un ‘objetivo fácil’. Hubo muchos más regímenes autoritarios que el de Mugabe”,  consideró Stephen Chan, profesor de Política Mundial en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres.

Para el especialista con el fin del régimen de segregación racial en Sudáfrica, su vecino Zimbabwe se convirtió para Washington en “un tema ‘blanco y negro’, un apartheid al revés”. Para Estados Unidos, dijo Chan en entrevista con IPS,  “se transformó en un país fácil de criticar porque los temas complejos podían presentarse de manera tan clara y sencilla».

«Los últimos embajadores de Estados Unidos, Johnnie Carson y el actual, Brian Nichols, son negros, por lo que es problemático presentarlos como demasiado críticos (por Harare). En Zambia, al embajador estadounidense se le consideraba  ‘ofensivo’ y como era blanco  fue retirado del mercado a pedido del gobierno de Zambia», puntualizó.

Pese a este mal clima diplomático y a la nueva brecha con Washington y Bruselas, el gobierno zimbabuense realiza esfuerzos de relaciones públicas destinados a mejorar su maltrecha imagen internacional.

Una mala imagen que “está respaldada por abusos contra los derechos humanos, por la represión, por silenciar a grupos masivos”, aseguró  a IPS el director para África del Sur de la organización Human Rights, Dewa Mavhinga.

Consideró que el gobierno “espera que la propaganda y las relaciones públicas limpien su manchada imagen internacional”, por lo que mientras sigue manteniendo los abusos contra sus críticos.

«El gobierno de Zimbabwe gasta grandes sumas en pagar a las compañías de relaciones públicas en Washington con la esperanza de que esas compañías ayuden con los problemas de imagen”, añadió Dewa.

Pero, a juicio del activista humanitario,  “el gobierno de Zimbabwe debe detener los abusos y comenzar a respetar los derechos humanos. Nadie en la comunidad internacional respetará a un país que permite secuestros, torturas y violaciones descontroladas de mujeres».

El portavoz del gobierno, Nick Mangwana, aseguró  a medios locales que Zimbabwe no pretende ser un enemigo de Estados Unidos. Chan acotó a IPS que la realidad es que el gobierno no puede permitirse el serlo.

«Zimbabwe necesita desesperadamente mantener unas relaciones  tan buenas como sea posible con Estados Unidos”, subrayó.

La razón, adujo, es que “el país está básicamente en bancarrota”, lo que le impide poder darse el lujo de enfrentarse con la potencia americana.

También por eso, a su juicio, el gobierno de Mnangagwa no ha caído en la tentación de expulsar a embajadores estadounidenses “entrometidos”.

Si Zimbabwe  retirase al actual embajador estadounidense,  Nichols, Estados Unidos probablemente respondería con el retiro, al menos temporal, de los diplomáticos de este país en Washington, o reduciendo la presencia diplomática en Harare hasta que Mnangagwa avanzase de manera significativa en las reformas políticas y económicas, dijo Nathan Hayes, analista de la Unidad de Inteligencia Económica, con sede en Gran Bretaña.

«En última instancia, sería un juego en que Zimbabwe no  ganaría», dijo en entrevista con IPS.

De hecho, el embajador  Nichols emitió su propia declaración, tras ser convocado por el ministerio zimbabuense.

«El compromiso inquebrantable del pueblo estadounidense con el bienestar del pueblo de Zimbabwe nos ha mantenido como el mayor donante de asistencia», recordó.

En 2019 el país norteamericano proporcionó 318 millones de dólares en ayuda a Harare, según informó en enero. Y ello, según recordó el gobierno estadounidense, “a pesar de las prácticas antidemocráticas y represivas en curso por parte del gobierno de Zimbabwe que continúan afectando la relación bilateral”.

De hecho, Washington se mantiene como el mayor proveedor de salud y asistencia humanitaria y la Agencia de Ayuda Internacional de Estados Unidos (Usaid, en inglés) ha indicado que desde su independencia en 1980 se ha entregado a este país en asistencia al desarrollo más de 3200 millones de dólares.

«Zimbabwe debe tener cuidado de morder la mano que lo alimenta», dijo Piers Pigou, consultor sénior de Crisis Group para África del Sur.

«La peculiar posición y las acusaciones del gobierno dirigidas a los sucesivos embajadores de Estados Unidos, reflejan invariablemente una postura ideológica torpe”, planteó el especialista a IPS.

«Estados Unidos y Zimbabwe mantienen abierto antagonismo. Hay un ostentoso choque de ideologías políticas», dijo  William Mpofu, analista político e investigador de la Universidad de Witwatersrand en Sudáfrica.

«Bajo Mugabe, la ideología era un radicalismo panafricanista ostentoso. Estados Unidos ha fingido democracia y liberalismo. Estas dos retóricas tienen un antagonismo natural pero son falsas y fundamentalistas”, analizó para IPS

Pero sea como sea, la realidad, concluyó, es que “Estados Unidos pueden prescindir de Zimbabwe, pero  Zimbabwe no puede sobrevivir sin Estados Unidos».

T: MF

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